Hace poco participé en una divertida iniciativa llamada #ProyectoRemolacha a cargo de nuestra querida @diarioberenjena

El ejercicio consistía en escribir un relato basado en una escaleta concreta y después comparar dicho relato con otras dos personas que debían construir el suyo con la misma escaleta. De esta forma se podían comparar estilos y aprender a identificar nuestra propia voz.

La experiencia me resultó muy divertida y enriquecedora y los relatos de mis compañeras @mariagozu y @LindaRavstar, una auténtica delicia.

Estos son los datos de la escaleta que debía utilizar: Escaleta 8 realizada por @LAlighierina

Este es el hilo donde se encuentran los relatos: Proyecto Remolacha: Escaleta 8

Así pues aquí os dejo mi relato.

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El reloj de arena gobernaba el centro de la sala circular, sobresaliendo de la laguna de aguas tranquilas, bajo la atenta mirada de todos. Un nuevo ciclo lunar llegaba a su fin, una vez más, el prístino reloj vaciaría su contenido mientras los habitantes de la cueva designaban al elegido de la misión más importante, la de abandonar su resguardo y explorar el mundo.

Todos esperaban con el alma en vilo. Algunos con expectación, la mayoría con miedo. Pies Descalzos era de los que temía la decisión tomada por la asamblea. Temía volver a despedirse de uno de sus hermanos. La última vez había tardado meses en superar la pérdida, no quería volver a hacerlo.

En medio de un silencio casi sagrado, el jefe pronunció un nombre a la tribu. La decisión estaba tomada.

Un escalofrío helado recorrió el cuerpo de Pies Descalzos. Su nombre había salido de la boca del líder de la tribu.

No. Era imposible. No podía ser él.

Una presión despertó en su pecho, como si algo le impidiera respirar. Todo su pueblo le miraba sin pronunciar palabra. Sus miradas pesaban,  clavándose como estacas.  Sintió náuseas y una ansiedad creciente.

Se levantó tambaleante, mientras la razón gritaba órdenes que su corazón no pensaba obedecer. Echó un vistazo a su alrededor. Todos los túneles convergían en aquella sala, podía escapar por cualquiera de ellos. Su instinto ganó y sus pies raudos le alejaron hacia ellos, a evadir su responsabilidad, a buscar refugio, como un niño asustado.

Huyó, sintiendo el contacto con el terreno arenoso que arañaba su piel, como intentando castigarle por su decisión cobarde.

Pero cuanto más se alejaba, más seguro estaba de ello. Él no era un buen candidato, jamás podría hacerlo. No abandonaría el cobijo de los túneles, de su hogar, de sus seres queridos. No renunciaría a todo lo que conocía, aunque el jefe hubiera pronunciado su nombre, aunque sus leyes dictaran que debía acatar la decisión. No, no podían obligarle, a menos que le atraparan, y no estaba dispuesto a que eso ocurriera mientras sus pies siguieran corriendo.

Esa idea alentadora le acompañó mientras ascendía por los túneles superiores, aquellos construidos con los imponentes colmillos de los grandes mamuts, formando arcos nacarados de gran resistencia y belleza. Siguió corriendo mientras sentía cómo sus pulmones ardían, cómo sus músculos gritaban de dolor, cómo el esfuerzo coartaba su respiración y desvanecía sus fuerzas; hasta que sus pasos le llevaron al único lugar al que no quería ir: el pasillo exterior.

Y entonces lo comprendió. No podía huir. No podía hacerlo en un laberinto de túneles finitos de arena y piedra que le conducían hacia dos únicos destinos: la sala principal donde todo el mundo aguardaba y el mundo exterior, aquel al que tanto temía.

Entonces su mundo se desmoronó y cayó al suelo, presa del cansancio y el desánimo. Se encogió, ovillándose, envuelto en un torrente de lágrimas que no cesaba.

Sabía que no podía escapar de su destino, pero le aterraba emprender ese viaje de no retorno. Muchos habían salido de los túneles antes que él. Ninguno había vuelto. No podía ser casualidad. El mundo fuera de la cueva era peligroso. Durante veinte ciclos lunares había escuchado historias, historias aterradoras, todas sobre los peligros que aguardan al otro lado. Había crecido con la idea  de que solo en el interior de la cueva podría llevar una vida tranquila y feliz, y ahora le obligaban a renunciar a ella.

El sonido de unos pasos interrumpió sus pensamientos. Alguien se acercaba a él. Probablemente los soldados venían a castigarle por su comportamiento, había desobedecido la ley.

Levantó la mirada y se encontró un rostro sereno, sin atisbo de ira ni cordialidad, carente de emoción alguna. Era Guanarterme, el jefe de la tribu, el causante de su infortunio.

Se quedaron mirándose, sin pronunciar palabra, mientras intentaban ahondar en los pensamientos del otro. Pies Descalzos intentaba  entender por qué le había elegido y cuán defraudado debía sentirse por su reacción. Guanarterme probablemente buscaba otra cosa. Finalmente, Guanarterme rompió el silencio y extendió su mano para ayudarle a levantarse.

—Ven conmigo —ordenó con voz autoritaria, pero suave. No había atisbo de reproche en su voz, tan solo fuerza.

Pies Descalzos desanduvo sus pasos tras Guanarterme, de vuelta a la sala del reloj. Le sorprendió encontrarla vacía. El jefe le guio hasta la gran laguna y se quedó a su lado, mientras ambos contemplaban su reflejo.

Pies Descalzos miró las aguas y contempló su tez pálida, contrastando con su rostro ojeroso y su melena oscura recogida en un pequeño moño, junto al imponente rostro de su líder, de facciones endurecidas y señal de una vieja cicatriz. Su complexión parecía aún más menuda junto a la musculatura del jefe, tan formidable.

Guanarterme al fin habló, confesándole que antaño él también había sido un chiquillo enclenque y temeroso. Le habló de sus miedos y de cómo se había enfrentado a ellos. Después le habló de la importancia de su tarea y le explicó por qué le había elegido. Confiaba en sus posibilidades. Cierto era que ninguno había vuelto antes, pero ningún candidato era como él. Todos habían sido valientes guerreros, impulsivos, y tal vez estúpidos. Él era precavido e inteligente. Él no cometería los errores de sus predecesores. Él triunfaría donde otros habían caído.

Inspirado por sus palabras, Pies Descalzos empezó a desterrar sus miedos y a pensar que, quizás, tuviera una remota oportunidad de conseguirlo. Si no le quedaba más remedio que acatar la decisión del líder, al menos intentaría hacerlo con confianza en sí mismo.

Salió de la gran sala y recorrió los túneles, esta vez con la cabeza bien alta, con paso decidido, escoltado por los soldados de la tribu, que debían ayudarle a aprovisionarse bien para su partida.

Le entregaron armas y provisiones mientras le conducían al pasillo exterior. Allí sus compañeros aguardaban, aquellos a quienes consideraba hermanos. Todos le despidieron con su mejor sonrisa, con palabras de aliento, incluso algunos le ayudaron entregándole sus mejores tesoros, cosas que podrían serle de utilidad en su viaje o amuletos que le protegieran. Así llenó sus bolsas con machetes, puñales, cuerdas, ropa gruesa, herramientas para hacer fuego, víveres y agua de la laguna.

Uno a uno, se despidió de todos, mientras avanzaba por aquel pasillo, cubierto de puertas que se cerraban a su paso. Todo quedaba atrás, aguardando a su regreso.

Arribó al último tramo, el que le conducía a una realidad desconocida. A pesar de las palabras del líder, avanzó tembloroso, mientras el sudor bañaba su piel. Un resplandor anunciaba el fin del camino, uno mucho más vivo que el de cualquiera de sus antorchas, uno con un tinte… distinto. Su corazón golpeó su pecho con intensidad, haciendo acopio de un valor que le costó reconocer como propio.

Pies Descalzos cruzó el final del túnel para recibir un resplandor que le obligó a cerrar los ojos. Era demasiado intenso, tanto que tuvo que cubrirse con los brazos mientras impregnaba su cuerpo. Una calidez le abrazó, le acarició con ternura, dándole la bienvenida. Pestañeó una y otra vez, hasta que sus ojos comenzaron a acostumbrarse a tal intensidad.

Antes de haberse acostumbrado a esta nueva sensación, otra le embriagó. Algo meció su cabello recogido y acarició su rostro, refrescándolo. Le recordó a sus batallas de soplidos con Ojos Pardos, pero esto resultaba mucho más intenso, más refrescante, más puro.

Decidió inspirar con fuerza para intentar absorberlo, para sentir cómo el aire limpiaba y purificaba su pecho.

El joven aventurero avanzó un poco más, maravillado por esta amalgama de sensaciones desconocidas. Pronto su vista comenzó acostumbrarse a su nueva situación y una multitud de siluetas y colores cobraron forma frente a él, formaciones que se elevaban tan alto que no alcanzaba a ver el final.

Pero entonces su mente empezó a formular mil preguntas, todas con un mismo comienzo. ¿Por qué?

¿Por qué vivir en la cueva? ¿Por qué encerrarse en los túneles, alejados de todo cuanto ofrecía el mundo? ¿Por qué esconderse en aquel agujero? ¿Por qué nadie había vuelto?

Entonces se estremeció.

Nadie había vuelto…

No porque hubiera hallado la muerte al atravesar los túneles, sino porque habían hallado la vida. Es porque habían descubierto la verdad, se habían liberado.

Una duda más sombría asoló su mente: ¿Nadie había vuelto? ¿O no le habían dejado volver?

¿Y si les habían hecho creer que no habían vuelto porque no interesaba lo que tenían que contar? ¿Y si les habían encerrado? O peor aún, ¿les habían matado?

Pero, si de verdad habían vuelto y habían silenciado sus hallazgos, ¿para qué seguir enviando candidatos año tras año? Aquello no tenía sentido.

Mil pensamientos se debatían en la atormentada mente de Pies Descalzos. ¿Qué debía hacer? ¿Agradecer la elección y la oportunidad de liberarse de aquella atadura, de aquella sociedad falsa que les engañaba o volver y avisar a sus hermanos?

Deambuló por los alrededores de la cueva, meditando cada opción, hasta que decidió que solo había una cosa por hacer: seguir adelante.

Sus pies descalzos se pusieron de nuevo en camino, adentrándole en esa nueva realidad maravillosa, alejándole de aquel agujero donde ha vivido toda la vida, un espejismo de protección que disfrazaba una jaula.

Lo había decidido. Iría en busca de los que salieron antes que él, así hallaría respuesta y consejo. Tal vez ellos le explicarían toda la verdad y algún día pudiera regresar a la cueva, no como un cobarde, sino como un héroe, un libertador.

El viento ululó tras él y le acompañó en su travesía.

Su nueva vida comenzaba.

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