Cris regresa de un destierro personal para intentar aliviar la culpa y encontrar un nuevo sentido a su vida tras la pérdida de un ser querido.

Relato participante en “Inventízate II” del mes de abril de la red social LiterUp (antes ELDE – El Libro del Escritor)

Requisitos:

a. El/la protagonista debe pasar por, como mínimo, 1 de las 5 fases del duelo durante el tiempo presente del relato.

b. El/la protagonista debe ser enterrador/a

c. Debe aparecer la frase: “No me lo esperaba”.

d. Límite: 500 palabras.

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—Nos alegra que hayas vuelto —dijo Miguel entregándole su ropa de trabajo.

Cris asintió con media sonrisa y se alejó de la oficina para entrar en el camposanto.

Muchos meses habían pasado, pero el cementerio lucía como siempre, aprisionando secretos tras cada lápida, historias enterradas en dolor y lágrimas.

Tras acabar la jornada, sus pasos la llevaron hasta el lugar que había pospuesto durante demasiado tiempo. Conforme se acercaba, los recuerdos la asaltaron, pero siguió caminando.

Al vislumbrar la tumba, un dolor punzante despertó en su pecho. Estuvo tentada de dar media vuelta, pero se había prometido vencer su cobardía.

Las letras áureas resplandecían en aquel dulce epitafio que ella misma había compuesto. El hombre que descansaba en aquel lugar había tomado el lugar de padre por voluntad propia. La había cuidado desde niña. La había hecho ser la persona que era.

Las lágrimas afloraron al recordar su rostro.

—Tu marcha fue tan repentina… No me lo esperaba. ¿Quién iba a pensar que aquel día saldrías y nunca regresarías?

La culpa la había torturado por no acompañarle, por no haber sostenido su mano mientras su corazón se detenía a causa de ese infarto. Se culpaba por no haber atesorado cada momento a su lado, cada efímero instante que le regalaba con su presencia.

—El día que te fuiste, una parte de mí murió contigo. Quedé atrapada en aquel día tachado del calendario y vivir comenzó a ser un cruel castigo.

La pena se adueñó de su corazón, desgarrado por el dolor más abyecto. La obligó a abandonar su trabajo como sepulturera, porque saber que ya no estaba la ahogaba por dentro, pero ver su nombre esculpido en mármol la adolecía hasta el delirio.

—Estabas tan cerca y tan lejos. Sentía que te perdía una y otra vez. No pude soportarlo.

Las lágrimas bañaron su rostro.

—Creí que el tiempo me ayudaría, que mitigaría la pena, diluiría el dolor del recuerdo y ese agujero en mi pecho acabaría por rellenarse, pero no lo hizo. Tu pérdida pesaba amarga, sin consuelo. Deambulaba cada día disfrazada de normalidad, fingiendo que mi pecho no ardía con cada latido, enfrentando un mundo que se diluía ante mi mirada, brumoso, congelado, distante. Un mundo en el que tú ya no estabas.

Conforme hablaba, aquella pesaba carga empezó a aliviarse.

—Nadie lo entendía, pues la gente te mira compasiva al principio, pero olvida que el dolor permanece aunque tus lágrimas ya se hayan secado.

Inspiró hondo, acariciando la lápida.

—Pero hoy he decidido ser valiente, como tú me enseñaste. He decidido perdonarme y retomar mi vida, compartir cada minuto con quienes me importan, porque nunca sabré cuándo será el último. ¿Ves? Incluso ahora sigues enseñándome valiosas lecciones —dijo enjuagándose la última lágrima, que caía suave, expiatoria—. Gracias por todo, tío.

Se marchó despacio, con el corazón henchido por el perdón, bañada por un sol amable y un viento compasivo.

«Te marchaste de nuestro lado, pero nunca de nuestro corazón», rezaba la lápida que quedaba atrás.

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