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Noticia: Cardiología, la especialidad más demandada por los diez mejores MIR

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Las puertas del ministerio se abrían para recibir a los opositores más ilustres del año, quienes habían viajado desde diferentes partes de la Península (o de lugares aún más lejanos) para realizar una de las elecciones que marcarían el resto de sus vidas.

Tras años de trabajo y estudio encerrados en facultades, bibliotecas o habitaciones de estudio, alejados del mundo y sus maravillas, habían superado la prueba final, sin lugar a dudas la más dura, un incansable entrenamiento de estudio que poco difería de una auténtica maratón.  Millares de páginas de un temario abierto se amontonaban en sus torturadas mentes, preparadas para ser escupidas durante las 5 horas de examen; un cuestionario donde muchas veces acertar la respuesta era obra del azar o la fortuna y no la recompensa al estudio. Pero eso ya había quedado atrás y ahora, caminaban en busca de la recompensa de su esfuerzo.

Marta avanzaba nerviosa por los pasillos del ministerio, siguiendo al pelotón que la precedía. El corazón palpitante y el alma en vilo. Había repasado sus opciones una vez tras otra. Sabía lo que quería, cuál era el sueño que la había impulsado a arrojarse en ese agujero de exigencias desmedidas, de esfuerzos muchas veces sin recompensa, de horas sin descanso hasta perder las fuerzas y a veces la razón. Pero las noches de llanto y frustración se diluían con la emoción que suponía alcanzar aquella plaza que deseaba, aquella especialidad a la que profesaba tanto amor y dedicación.

Pero alcanzar esa meta no dependía únicamente de su esfuerzo, sino, por desgracia, de la elección del resto. Las quinielas estaban hechas, pero siempre se producían sorpresas. Con el número que poseía tenía opciones para lograrlo, pero únicamente con que varias personas delante de ella deseasen lo mismo, su ansiado sueño fracasaría.

Tras recibir los credenciales llegaron a un imponente salón de actos. Las butacas se fueron llenando por orden y ella se sentó en la décima fila, justo al lado del pasillo. Tres ordenadores presidían la mesa en el estrado, dos para consultar plazas, otro para firmar sentencia. Los funcionarios les dieron la bienvenida y explicaron las normas de la elección.

Los licenciados fueron subiendo de diez en diez, por orden de calificación. Cada vez que una plaza iluminaba la pantalla, su corazón daba un brinco, unas veces aliviado y otras temeroso, pues veía que sus opciones se acababan.

Cuando llegó su turno solo quedaba una plaza en el hospital que deseaba. Solo una y ante ella cinco electores. Suplicó al cielo que le concediese su deseo, mientras ascendía las escaleras y se aproximaba a ese ordenador que forjaba un futuro incierto.

Los pasos y el sonido de sus latidos resonaban en sus oídos, impidiéndole escuchar nada más. Sintió que la sangre se amontonaba en su garganta y que algo oprimía su pecho. La boca se le secó y sus manos temblaron como nunca lo habían hecho ante un examen.

Dio el último paso. Era su turno.

—¿Qué eliges?

Ni siquiera había sido capaz de escuchar las elecciones de sus compañeros de grupo, no sabía si la plaza seguía o no disponible. Su mente amenazaba con bloquearse y sus lágrimas por aflorar a la superficie, pero consiguió vencer a la presión y con voz temblorosa, pronunció.

—Cardiología en La Paz, Madrid.

El funcionario tecleó la plaza elegida y ella pulsó el deseado “aceptar”. Su nombre y su nuevo destino aparecieron en la gran pantalla y la sala entera aplaudió.

Bajó del estrado mientras sus nervios se liberaban y las lágrimas que habían intentado contener con tanto esfuerzo, intentaban abrirse camino despacio.

Medio aturdida salió de la sala, un desconocido la abrazó. Rompió en llanto y sus lágrimas escaparon salvajes, como la cascada de una montaña.

Lo había conseguido. Un nuevo camino comenzaba. Su camino.

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