Reto 12: Combina estos tres personajes a modo de secundarios: ‘el hombre de hojalata’, ‘un dragón enamorado’ y un ‘ogro’ para hacer con ellos una narración fantástica.

Imagen: Alynspiller (deviantart)

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La Ciudadela Violeta celebraba el regreso de su princesa, tras haber escapado de la prisión del Conde del Pantano gracias a la ayuda de tres singulares personajes, que habían unido fuerzas de forma inesperada.

Todo había comenzado semanas atrás, cuando los secuaces del Conde del Pantano secuestraron a la princesa Irene mientras visitaba los campos de orquídeas. Con malas artes envenenaron sus sentidos y la encerraron en el interior de una jaula de oscuridad, que la había mantenido dormida mientras recorrían el largo camino hasta su prisión.

Irene despertó confundida y asustada, en el interior de una mazmorra húmeda y gris, impregnada con el hedor de la condena y el olvido. Habían robado su sello real y no podía comunicarse con los soldados de la corte. Desconocía cuánto tiempo habían viajado, si se encontraba en las lindes de su reino o de algún otro, encerrada en un lugar hostil, a merced de los oscuros propósitos del conde, que de seguro pretendía utilizarla como intercambio para obtener el control de su reino.

Cuando las lágrimas de impotencia y miedo dejaron de difuminar su mirada, la princesa echó un vistazo a su alrededor. Se encontraba en una celda pequeña, iluminada por dos antorchas que contenían llamas de color cetrino. No había fuego así en su reino, por lo que pensó que se encontraba en las Tierras del Oeste, donde la hechicería se practicaba con regularidad, alimentándose de la corrupción de sus habitantes.

Exploró un poco más. La celda carecía de ventanas y sus paredes eran tortuosas, como excavadas en la propia tierra. Probablemente se encontraba en algún lugar profundo, en una cueva escondida en las entrañas de una montaña. Los barrotes parecían de hierro negro, pero estaban impregnados por una sustancia humeante, que desdibujaba su contorno. Extendió su mano para tocarlo y fue presa de su poder como castigo. Cayó al suelo, temblando, mientras las sombras consumían su mente.

—Están recubiertos de pesadillas —dijo una voz tras la pared. Al parecer había alguien más encerrado allí.

—¿Quién eres? —preguntó la princesa minutos más tarde, cuando los efectos de la visión cesaron.

—Nadie. Una sombra, un recuerdo, un cuerpo maldito.

—¿Y por qué estás aquí?

—Me capturaron mientras vagaba por los campos, no opuse resistencia. —Su voz sonaba vacía—. Este sitio es como cualquier otro. Nadie me espera fuera. No tengo ningún sitio a dónde ir.

La voz misteriosa se quebró entre lamentos. Varios chirridos se unieron al llanto, como si alguien estuviese empujando algún artefacto oxidado.

—¿Qué es eso? ¿Las bisagras de tu celda ceden?

—¿Qué? No, no… Es mi cuerpo… —Y entonces un brazo de hojalata emergió entre los barrotes de la celda contigua. La princesa le miró asombrada.

—Pero, ¿cómo…?

—Fue una maldición. Yo era un herrero que construía enseres del día a día: herraduras, piezas para los carros del ganado, utensilios de cocina… Un hombre de oscuras intenciones me encargó fabricar una espada, pero me negué, pues nunca quise fabricar armas. Se presentó una noche en mi casa acompañado de una anciana que resultó ser bruja. Transformó mi cuerpo en hojalata, convirtiéndome en un monstruo. De eso hace ya más de cien años…

La princesa no supo qué decir. Había oído hablar de las maldiciones de las brujas, pero nunca había presenciado ninguna. Quería ayudarle, aunque no supiera cómo.

—El tiempo fue el peor castigo. Mi cuerpo no envejece, a diferencia del de mis seres queridos. Ya no me queda nadie… Nadie que me espere, ningún lugar al que regresar.

La princesa vio la oportunidad en aquellas últimas palabras.

—Podrías hallar un nuevo hogar en mi reino, es un lugar sin prejuicios donde todos tienden una mano amiga —dijo Irene con tono compasivo y esperanzador—. Podrías volver a encontrar un motivo por el que vivir, gente que te aceptara como a un igual. Podrías venir conmigo… —Su voz se entrecortó—, si no estuviésemos atrapados…

El hombre metálico guardó silencio, meditando acerca de la propuesta de la princesa.

—Mi existencia ya no vale mucho, pero supongo que la tuya sí. Oí decir a los guardias que eres una princesa soñadora y valiente, destinada a grandes cosas. Tal vez mi destino fuera encontrarme aquí para ayudarte.

Irene escuchó rechinar su cuerpo metálico al moverse y después el quejido de los barrotes al ceder. No encontró espasmos en su rostro o su cuerpo tras haber aferrado el hierro hechizado.

—¿El conjuro no te afecta?

—Perdí mi capacidad de soñar, las pesadillas no pueden hacerme nada —dijo frente a ella—. Nadie tuvo en cuenta eso cuando me encerraron aquí.

El herrero repitió el proceso con la celda de la princesa. Agarró los barrotes y tiró de ellos hacia los extremos, deformándonos hasta conseguir una abertura, pues sus brazos de hojalata eran muy fuertes. Irene pasó a través de ellos, pero no pudo evitar que los bordes rozaran su piel y destrozaran su mente con una nueva pesadilla: la de su imagen llorando sobre los cadáveres de sus padres en una cruzada fatal iniciada por su rescate.

El hombre de hojalata silenció su grito horrorizado, pues no sabía si había centinelas cerca. Cubrió la mitad inferior de su rostro con sus manos artificiales y la abrazó mientras temblaba, hasta que la visión comenzó a desvanecerse y su juicio volvió a pertenecerle. A pesar de la frialdad de su cuerpo, la princesa halló calidez y ternura en él.

—Gracias… —susurró con un hilo de voz, mientras su corazón aún palpitaba con violencia a causa de la espantosa visión.

—Ben —terminó la frase de la princesa—, mi nombre es Ben.

Tras las presentaciones, avanzaron con cautela por aquel corredor sombrío, sin saber si los guardias aguardaban tras las esquinas. El cuerpo de su compañero crujía con demasiada frecuencia, haciendo que su marcha difícilmente pudiera pasar desapercibida.

Pero por extraño que pareciera, allí no parecía haber nadie vigilando. El Conde del Pantano había sido un estúpido al pensar que los hechizos bastarían para mantener encerrados a sus rehenes.

Más adelante hallaron una nueva celda, medio oculta en un recoveco del camino. Una nueva víctima aguardaba en su interior, presa de la inclemencia del noble. Esta vez se trataba de un ogro, una criatura grotesca de gran tamaño. Su cuerpo mostraba magulladuras y restos de latigazos. Los guardias se habían ensañado con él antes de encerrarlo.

Observaron al prisionero desde una distancia prudencial, mientras el individuo permanecía impasible ante sus miradas.

—Tenemos que ayudarlo —dijo Irene.

—Pero… es un ogro —respondió el hombre de hojalata remarcando la última palabra, como si la princesa no se hubiese dado cuenta.

—Pero está herido e indefenso.

—Y seguramente muy enfadado. Nos atacará nada más vernos.

Pero la princesa hizo caso omiso a la advertencia de su acompañante y se acercó con cautela. Había sido educada en la tolerancia y la confianza. Le habían enseñado a mirarlo todo con perspectiva, a buscar el lado bueno de cada ser, a desterrar ideas preconcebidas y a juzgar por ella misma el mundo que la rodeaba.

—¿Cómo te llamas?

Un gruñido intimidante fue su respuesta. Siguió intentándolo.

—Soy Irene, princesa de la Ciudadela Violeta. Soy prisionera, igual que tú.

El ogro ignoró su comentario.

—Hemos burlado los oscuros sortilegios del conde y estamos intentando escapar de esta prisión. Tú también has sido encarcelado injustamente, ¿verdad? —Y tendiéndole la mano entre los barrotes, añadió—. Puedes venir con nosotros.

Ben se llevó las manos a la cabeza ante aquel gesto imprudente. Corrió hacia la princesa, temiendo que el ogro le arrancara el brazo ante su osadía. La agarró y ambos cayeron hacia atrás, con gran estruendo.

El ogro los miró con escepticismo, sin mover un músculo. No se fiaba de aquella estúpida chica con rostro inocente, pues de seguro albergaba oscuras intenciones, como todos los humanos. Odiaba a los humanos, sus argucias y su crueldad, el miedo en sus ojos cuando se topaban con su mirada, el rencor tras sus pupilas acusándole de crímenes que no había cometido, la repugnancia con que le observaban en la distancia, despreciándolo como un ser inferior.

—¿Pero qué haces? ¿Y si es un asesino? —preguntó el hombre metálico con ansiedad manifiesta.

Ignoró su acusación y se sacudió el polvo mientras se levantaba. Al agacharse avistó algo que brillaba tras una roca. Eran las llaves de la celda. Las habían dejado a la vista del ogro para aumentar su frustración, pues los grilletes le impedían alcanzarlas.

Ignorando de nuevo las protestas de su nuevo compañero se acercó a la cerradura con ellas mientras observaba el rostro del prisionero, sin hallar maldad en el interior de sus pupilas, tan solo dolor, una vida azotada por los prejuicios.

La llave dio tres vueltas y la jaula se abrió. El ogro observó con desconfianza su acercamiento, mientras su cuerpo se tensaba, alzando la guardia. El hombre de hojalata tembló ante semejante temeridad.

—No ha hecho nada malo—dijo mientras cubría con un pañuelo la cicatriz abierta de su mano derecha—.  Solo nació distinto…

Las palabras de la princesa y su acto de bondad impactaron en su corazón. Ese era en verdad su único pecado, haber nacido en el seno de una raza etiquetada como peligrosa. Las violentas acciones de algunos de sus congéneres habían sentenciado a toda su especie, y ya no importaba si actuaba bien o mal, sería prejuzgado sin remordimientos. Sería un monstruo a ojos de cualquier individuo, aunque no hubiera hecho nada malo.

La princesa dio un paso atrás y sonrió. Al ver la puerta de la jaula abierta y aquel extraño gesto de amabilidad que descolocó sus pensamientos, el ogro profirió un rugido nacido de sus entrañas y, haciendo acopio de toda su fuerza,  se liberó de los grilletes que le aprisionaban. Aquel grito violento hizo que la princesa cayera hacia atrás, asustada. El ogro salvó la escasa distancia que les separaba, desplegando toda su envergadura.

El corazón de la princesa se detuvo, sobrecogido por su presencia, por la fiereza de su rostro, sus dos metros de estatura y su musculosa figura. Tal vez se había confiado demasiado…

—Mi nombre es Tacrogg. Estoy en deuda con vos. —La voz ruda del ogro reverberó entre las paredes de la cueva, mientras se inclinaba hacia su salvadora.

El corazón de Irene latió de nuevo, aliviado. Una risa nerviosa salió entre sus dientes, liberando la tensión acumulada en los últimos segundos.

Los tres prisioneros prosiguieron la huida. El ogro caminaba junto a la princesa y el hombre de hojalata le miraba con desconfianza, manteniendo la guardia, preparado por si al ogro se le ocurría cambiar de bando. Aunque si eso sucedía, poco podría hacer, pues sabía que su hojalata apenas resistiría uno solo de sus puñetazos.

El sinuoso camino de piedra se ensanchó, dando paso a una enorme sala circular. Custodiada por una criatura ancestral, parecía marcar el final del camino.

—Ahora entiendo por qué no le hacían falta guardias al conde para vigilar a sus prisioneros. Nadie podría pasar de este punto —señaló Ben en voz baja.

—No me asustan los dragones —proclamó Tacrogg con determinación—. Lucharé contra él.

—Te matará… —replicó Ben a modo de obviedad. No es que le preocupase demasiado lo que le ocurriera al ogro, pues aún desconfiaba de él, pero tampoco quería ver sus restos carbonizados.

—Pero puedo ganar tiempo. Podréis cruzar la puerta que se encuentra tras él mientras lo distraigo. Es lo menos que puedo hacer por la princesa.

Ben opinaba que el dragón se bastaba solo para carbonizar o desgarrar a los tres a la vez, pero agradeció su altruismo al orco y su opinión sobre él se ablandó.

—Fijaos —dijo Irene en voz baja señalando una cadena dorada en las garras del dragón—. Él también es prisionero.

—¡Él es el verdugo de la prisión! ¡Seguro que disfruta de su trabajo! Todo el mundo sabe que los dragones son temibles y maliciosos.

El ogro planeó brevemente la ofensiva. El cuerpo del dragón yacía frente a la salida, mientras su cabeza reposaba entre sus garras y murmuraba en sueños.

—Aprovecharemos que duerme para posicionarnos. Escondeos tras esa roca, yo atacaré por la izquierda y le obligaré a abandonar su posición.

—No está dormido —dijo Irene interrumpiendo el astuto plan del ogro—. Sueña despierto —añadió señalando sus ojos entreabiertos, perdidos en algún lugar de la sala.

Ben y Tacrogg voltearon su mirada hacia el leviatán de fuego, sorprendidos por aquella apreciación que se les había pasado por alto. El dragón suspiraba sin consuelo, una vez tras otra, mientras su mente se enredaba en recuerdos de una época feliz y el humo de sus fosas nasales formaba círculos que conformaban corazones.

—Escarlata… —suspiraba sin descanso—. Amada mía…

—¿Quién es Escarlata?

Preguntó una imprudente Irene, saliendo de las sombras y desvelando sus posiciones. Al oírlo, el dragón giró su cabeza hacia ellos mientras sus ojos viperinos se rasgaban, coléricos. Una llamarada nació de sus fauces, y a punto estuvo de alcanzarlos, de no ser por los rápidos reflejos del ogro, que los empujó al trayecto curvado de la cueva, haciendo que la llama chocara solo devorara la roca.

El ogro adoptó posición de batalla y con las manos desnudas emprendió la lucha hacia él. El dragón batió las alas y un viento huracanado lo derribó con insultante facilidad. Viendo que la fuerza no iba a ser de ninguna ayuda, Irene volvió a hacer uso de don de gentes.

—Es un nombre precioso. Seguro que es una dragona increíble —añadió, dando por hecho que aquel romance se había gestado entre iguales.

El dragón la miró confuso pero no pudo evitar proseguir aquel discurso colmándola de elogios. Al fin y al cabo, ella era su punto débil, la razón de su esclavitud.

—Ella era la más bella —exclamó con una voz arcaica que encerraba decenios de sabiduría—. Sus alas rojas brillaban como cien soles, dueños del cielo y de todo cuanto la rodeaba. Sus ojos relampagueaban como oro líquido y su sonrisa era como una lluvia de estrellas.

—¿Es tu compañera?

—Me eligió como consorte. Fui el más afortunado de la camada. Desde aquel día fuimos inseparables. Amaba surcar el cielo junto a ella, rebasar el horizonte una y otra vez, hasta que nuestros cuerpos cansados decidían tomar tierra y fundirse en un abrazo por el que no pasaba el tiempo. —El silencio hizo eco de sus palabras—. Nos quedaban tantas aventuras por vivir… —lamentó después con voz quebrada.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Irene, conmovida por sus bellas palabras.

El dragón rugió.

—¡Nos emboscaron! —rugió y batió las alas. Un huracán barrió de nuevo la sala—. ¡Envenenaron nuestro sustento y nos atacaron cuando sufríamos sus efectos! Atravesaron sus alas con lanzas y a punto estuvieron de hacerlo también con su gaznate. Tuve que vender mi libertad para salvar su vida. Ella escapó y yo me convertí en el guardián de esta prisión. —Un suspiro pesado nació de sus fauces, como el lamento de quien se siente morir en vida, asfixiado por una falsa esperanza que nunca llega—. No hay día que no añore su rostro, su voz arrullando mis pesadillas, sus caricias en esta existencia sin sentido.

—Es la declaración de amor más hermosa que he oído. —dijo el hombre de hojalata enjuagándose lágrimas de aceite.

—¡El conde es una persona horrible! ¡Te ayudaremos a reencontrarte con tu amada! —exclamó enfurecida la princesa. Privar a alguien de aquel privilegio era un castigo peor que la muerte.

El dragón asintió, cabizbajo.

El ogro los miraba atónito. ¿En qué momento se habían cambiado las tornas? El poder de la princesa era increíble.

—¡Te liberaremos y te ayudaremos a encontrarla! ¡Vamos a romper tus ataduras!

—Pero si él ha sido incapaz con su fuerza, ¿cómo vamos a hacerlo nosotros? —advirtió el hombre de hojalata. Era obviamente imposible que pudieran romper algo que la fuerza de un dragón no había podido.

—Las cadenas se forjaron con la lava de nuestro volcán sagrado. Absorben mis llamas y mi fuerza. No puedo hacer nada —explicó el coloso.

Aquellas eran buenas noticias. No había impedimento entonces para que ellos las rompieran. Con un leve gesto, la princesa indicó al ogro que lo hiciera, quien obedeció al instante.

Sin ataduras, el dragón desplegó sus alas y rugió hacia el techo de la estancia. Su voz penetró en la roca, resquebrajándola. Una lluvia de rocas cayó hacia ellos. Irene  y los demás corrieron hacia el túnel que conducía a la salida antes de que la cueva se derrumbara.

Abandonaron aquel lugar justo a tiempo, antes de que las rocas taponaran el túnel por completo. Irene miró hacia allí, preocupada por el dragón, pues no había podido seguirles por aquel estrecho pasadizo.

Un gran estruendo resonó en la montaña. Un resquicio de sus faldas explotó en mil pedazos. Las rocas salieron despedidas por doquier y la imponente silueta del dragón emergió tras ellas. Había hallado una salida en el techo de la estancia y ahora volaba embriagado por su recuperada libertad. Rugió de nuevo, esta vez sin furia, como riendo entre las corrientes que acariciaban sus escamas. Tras sobrevolar la montaña aterrizó junto a ellos. Sus escamas brillaban bajo los rayos del sol y su presencia era aún más impresionante ahora sin el yugo de la esclavitud.

El dragón se ofreció a llevar a la princesa de vuelta a su reino y los cuatro sobrevolaron tierra y mar durante tres jornadas. Cuando se encontraban próximos a la Ciudadela Violeta, la princesa aconsejó continuar por tierra, pues temía que los soldados atacaran con sus ballestas cuando avistaran la figura del leviatán en el cielo.

Así llegaron a las puertas de su pacífico hogar. Los centinelas dieron la orden inmediatamente y los reyes corrieron a sus brazos, agradecidos al cielo por devolvérsela sana y salva.

La ciudad se vistió de gala para celebrar el regreso de la princesa y rendir homenaje a los tres valientes que lo habían hecho posible. Se ofició una gran ceremonia para honrarles y los reyes les entregaron la insignia de su casa, una muestra de honorable valía, agradecimiento y respeto. El ejército del rey apresó al Conde del Pantano, acusado

Aquella singular aventura acabó bien para todos, menos para el Conde del Pantano, que fue apresado por el ejército real, acusado de crímenes contra la corona, obligado a cumplir condena en el foso más profundo. Ben se convirtió en uno de los herreros de la corte, pero siguió fiel a su deseo de no fabricar armamentos. Tacrogg entró a formar parte de las filas de la guardia real y sus méritos en batalla fueron ascendiendo su rango hasta concederle el de capitán. El dragón enamorado buscó a su amada por todos los rincones y cuando la encontró halló el mayor de los gozos. Escarlata estaba encinta cuando se separaron y una camada de siete dracónidos le recibió repletos de vitalidad y admiración.

—Y esa es la razón por la que el emblema de la reina Irene porta un dragón, un ogro y un hombre de hojalata —concluyó el trovador.

—Cuéntanos más historias de aventuras —rogaron emocionados los más jóvenes.

—Por hoy ya es suficiente. Mañana volveré a contaros más historias. Tal vez la del labrador de mentes, o la de la espadachina del amanecer… —divagó mientras se alejaba, portando consigo su mayor tesoro: un sinfín de historias por contar.

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