Reto 11: Inventa un cuento con dos objetos a los que dotas de vida.

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Zip y Zap disfrutaban de una vida sencilla, llena de pequeños encantos. Ambos habían nacido en una humilde zapatería a manos de un experto artesano que les había otorgado un aspecto serio y sofisticado. Recubiertos de cuero, con remates plateados y una elegante hebilla en el costado, eran la envidia de todos los botines del lugar.

Pronto llegaron a manos de María, quien los cuidaba con mimo y esmero. Cada día los llevaba a vivir una nueva aventura, a explorar lugares nuevos o a recorrer viejos. Cada jornada, el mundo les recibía con amabilidad y les mostraba alguno de sus pequeños secretos. Después María los limpiaba con paños húmedos y les aplicaba crema para evitar que su exterior se estropease, así su piel permanecía tersa y brillante.

Desde su punto de vista, el mundo era un lugar fascinante. Podían sentir la hierba acariciando sus rostros o el empedrado de adoquines refrescando su piel. Podían observar un cielo infinito sobre sus cabezas y un camino que se perdía frente a sus ojos. Conocían cada rincón de aquella animada ciudad, sabían cuál era la mejor ruta para llegar a cualquier parte y qué zonas era mejor evitar, como el descampado junto al río, siempre lleno de arena molesta y piedrecitas pequeñas que quedaban incrustadas entre las ranuras de sus suelas.

Su curiosidad y su avidez por lo desconocido eran insaciables, pues cuanto más descubrían, más necesitaban. Noche tras noche descansaban junto a la alfombra del dormitorio, imaginando a dónde viajarían al día siguiente.

El día que descubrieron que su dueña iba a mudarse no cabían en sí de gozo. Tendrían la oportunidad de conocer un lugar completamente nuevo, uno que nunca antes hubieran explorado.

Escocia fue el lugar elegido y se trasladaron a un pueblecito costero. Era un lugar precioso, lleno de verdes praderas, montañas, bahías y animales de toda índole. Naturaleza en estado puro. Sin embargo, había un gran inconveniente. El terreno no era adecuado para caminar con botines y la lluvia amenazaba casi a diario.

Zip y Zap pronto fueron sustituidos por Chop y Chap, unas botas de agua de color amarillo chillón. Estaban hechas de goma y su piel brillante y resbaladiza repelía todo lo que caía sobre ella. Además su suela se adaptaba fácilmente a las irregularidades del terreno y al barro y musgo que cubrían todo.

Sin previo aviso, las aventuras de Zip y Zap cesaron. María apenas los sacaba ya de casa. Habían oído que aquella era la temporada de lluvias y que en unos meses amainarían las tormentas y los días soleados volverían. Pero los días pasaban y aquella época prometida no parecía llegar nunca. Zip y Zap perdieron su sonrisa. Añoraban caminar de nuevo junto a ella y sentirse los dueños de sus pasos. Chop y Chap intentaban animarles contándoles sus aventuras pero conseguían el efecto contrario. Ellos también querían chapotear en los charcos, resbalar por la ladera, perseguir a las vacas peludas o incluso correr en la arena con el viento en contra. Chop y Chap intentaban advertirles de las inclemencias del tiempo en aquella región y de la tortuosidad de los caminos. Estaban seguras de que unos botines de ciudad como aquellos no estaban preparados para aquellas condiciones y que lo más probable es que acabasen dañados.

—¡Eso es mentira! ¡Nos estáis engañando porque queréis a María para vosotras solas! —estallaron una noche.

—No, es cierto, las tormentas son muy fuertes en esta época del año y pueden estropear vuestra piel. Tened paciencia, pronto cesarán las lluvias y podréis salir.

Pero Zip y Zap estaban tan enfadados que no atendían a razones. Su frustración por su encierro había alcanzado tal intensidad que ambos se revelaron y atacaron a sus compañeros. Los ataron con unos cordones y los escondieron en el fondo de un baúl, para que María no los encontrase.

Al día siguiente María se despertó sobresaltada. Se había dormido y llegaba tarde al trabajo. Buscó por toda la casa sus cómodas botas de agua, pero no las encontró en la sala de estar ni junto a la cama. No podía perder tiempo, así que se colocó los botines de cuero y, paraguas en mano, salió corriendo hacia el trabajo.

Una lluvia fina les dio la bienvenida a unos ilusionados Zip y Zap, que veían cumplidas sus esperanzas de volver a disfrutar de un largo paseo. A pesar de que María intentaba esquivar los charcos, era inevitable que el agua salpicara la piel de los botines al chocar contra el suelo. Pronto la lluvia arreció y el mundo se volvió una gran cortina gris. La lluvia era tan intensa que Zip y Zap apenas podían respirar.

Cuando volvieron a casa, estaban completamente empapados y llenos de barro. María intentó secarlos y limpiar la suciedad que los cubría, pero era demasiado tarde. Al secarse, su piel se cubrió de manchas y el cuero se agrietó. Su aspecto distinguido había desaparecido, se habían convertido en unos botines viejos e inservibles. Se habían convertido en basura.

Su impaciencia se había vuelto en su contra y el mundo les había castigado por su fechoría.

Días más tarde, desde el vertedero, Zip y Zap fueron recibidos por un sol resplandeciente. Las lluvias al fin se habían tomado su descanso.

Si tan solo hubiesen esperado un poco más…

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