Reto 10: Haz una historia con un protagonista que evoque tu niñez.

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Las cajas se amontonaban por doquier. Estaba segura que si alguna se caía acabaría aplastándola y la encontrarían muerta, sepultada por ellas. ¿Cómo puñetas había acumulado tantos trastos a lo largo de los años?

Nunca pensó que odiaría tanto hacer la mudanza. Empaquetar toda una vida en cajas, a contrarreloj, mientras el camión se dirigía hacia su apartamento.

En realidad se alegraba, pues al fin se independizaba. Al fin conviviría con su otra mitad y aprendería a llevar un hogar, a madurar y a cuidar de sí misma. Esa perspectiva la emocionaba y la empujaba a seguir con la tediosa tarea de vaciar armarios, apilando caja tras caja.

De pronto, entre libros del colegio y apuntes del instituto, emergió un libro olvidado. Un álbum de fotos. Sonrió al encontrarlo y decidió tomarse un descanso, abriendo la primera hoja.

La primera era la foto de su bautizo, con su vestidito y cara de terror mientras el agua bendita se acercaba a su frente. En la siguiente fotografía aparecía sonriente, vestida de baturra con tan solo tres añitos, con su rostro mofletudo y su frondoso flequillo negro. La falda rozaba el suelo y el mantón era casi tan grande como ella. No recordaba nada de ese día, pero su madre le había contado que había perseguido a las palomas sin descanso. Pasó otra hoja: ahí estaba su chándal favorito. Era perfecto: amarillo, fucsia y azul, con un elefante dibujado. Cómo lloró cuando tuvo que desprenderse de él.

«Te queda muy pequeño. Compraremos otro igual de bonito». Pero no hubo ningún otro que le gustase tanto…

Continuó. Allí estaba la función de navidad del colegio. Estaba vestida de pastorcilla, ¡qué mona! Con su cestillo y todo. A su lado estaban sus compañeros. Algunos eran rostros casi desconocidos, pues sus vidas habían seguido su propio camino, pero otros habían continuado a su lado durante años, ganándose un lugar muy importante en su corazoncito. Allí estaba su mejor amigo, aquel al le gustaba apodar “alma gemela”, pues se había convertido en una compañía inseparable y un gran apoyo. ¡Vestía de oveja! ¡Lo había olvidado! Rio a carcajadas mientras avanzaba por aquel álbum de recuerdos.

Pasó más páginas: cumpleaños, excursiones, fiestas de fin de curso… Hasta que llegó a una en concreto. Era el viaje de fin de 4º curso y el colegio había organizado una excursión a Soria. No recordaba mucho de lo que habían visitado, pero aquel parque inacabable se había grabado a fuego en su memoria. La hierba se extendía por todas partes, de un verde esmeralda que hacía envidiar al bosque más frondoso. Recordó cómo habían jugado bajo los aspersores, intentando evitar que su chorro los mojara. Fracaso absoluto, habían acabado empapados, lo que también había ayudado a sofocar el calor que sufrieron en aquella excursión a principios de junio, por lo que pensó que probablemente aquel fracaso había sido intencionado.

Por un momento se perdió en sus pensamientos, en los días de colegio, en los juegos, en las preocupaciones infantiles, aquellas que frustraban su mundo aunque en realidad no fuera nada. Los exámenes que parecían complicadísimos y los deberes inacabables. ¡Cómo los añoraba! Aquello era vida… Lástima que no lo hubiera comprendido en aquel momento, siempre queriendo crecer deprisa, convertirse en adulto para que la tomaran en serio. Pobre ilusa, si hubiera sabido lo que le esperaba se habría aferrado a aquellos días, habría rogado al sol y a la luna para que no intercambiaran sus posiciones y el tiempo se detuviera en aquella maravillosa época.

Las hojas se acababan, la última mostraba una curiosa escena. Estaba…

Riiiiiiiing.

—¡Mierda! ¡El camión! —dijo tirando el álbum mientras se apresuraba a la puerta.

 

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