Reto 8: Usa una escena romántica de una película que sea reconocida y dale un giro sorprendente para cambiar totalmente esa historia.

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Los labios de la chica se posaron sobre los del monstruo, acariciándolos con ternura mientras una lágrima se derramaba por sus mejillas. Había confesado su amor demasiado tarde…

La bestia estaba muerta y el último pétalo yacía marchito en el fondo de la urna de cristal. La maldición se había cobrado a su víctima.

Pero de pronto, mientras sus esperanzas se desvanecían al llorar desconsolada sobre el pecho inerte de la bestia, un latido resonó en él. Creyendo que aquello había sido fruto de su desconsuelo, Bella siguió llorando, pero los latidos continuaron y el pecho de la bestia se hinchó con aire renovado.

Bella se apartó, sin dar crédito a la escena. La maldición se había roto justo a tiempo y su embrujo parecía ser capaz de devolverle la vida a su víctima.

El hechizo le envolvió elevándole del suelo. Las facciones de la bestia se desdibujaron, dando paso a un rostro humano de contorno perfecto y gran belleza. Sus ojos fieros se tornaron en una mirada celeste. Su ancha nariz se estiró en una alargada y delicada. Sus colmillos empequeñecieron, formando una pequeña dentadura que se ocultaba tras unos labios carnosos y seductores. El pelaje que cubría su rostro se concentró en una larga melena castaña y su tez se volvió rosada. Sus garras se convirtieron en manos y pies y su silueta se estilizó adoptando forma humana.

Bella contempló maravillada el embrujo, observando con atención cada detalle de su enamorado, hasta que la transformación se completó. Ahogó un grito al encontrarse cara a cara con el ser que le había robado el corazón.

Se trataba de una persona de gran belleza, figura esbelta y mirada tierna.

—Bella, soy yo.

Ella le miró escéptica.

—Has roto la maldición. Solo un beso de amor verdadero rompería el encantamiento que me aprisionaba en aquel cuerpo abominable.

—¿Maldición?

—Años atrás fui egoísta y consentido —confesó con voz apesadumbrada—. Una bruja me maldijo para darme una lección. Me convirtió en una bestia horrible y aterradora.

El príncipe Adam no pudo contener más sus sentimientos y corrió a estrecharla entre sus brazos. Ahora podía acariciar su melena con delicadeza y no con riesgo de dañarla con sus pezuñas. Se embriagó del aroma de la joven campesina, su olor a sueños y esperanzas, a su inocencia y pureza.

Bella se apartó, confusa. Aquello la había abrumado. Todo estaba ocurriendo tal y como las páginas desgastadas de su libro favorito narraban. ¿Estaba ocurriendo de verdad o la locura que todos se empeñaban en atribuirle había aflorado al fin, fruto de un delirio causado por la pérdida de su enamorado?

—Bella, ¿qué ocurre? —preguntó preocupado. ¿Acaso su nueva condición la asustaba?

La pregunta quedó interrumpida por los efectos del encantamiento. Una luz brillante envolvió el castillo. Todos y cada uno de los objetos encantados fueron imbuidos con ella, recuperando al instante su verdadera forma, llenando el palacio de risas y gritos de júbilo. La luz encantada cubrió entonces a los tres objetos que habían permanecido junto al malherido cuerpo de su amo. La cera se desprendió de las manos y la cabeza de Lumière, mostrando a un joven apuesto de mirada decidida y sonrisa seductora —no en vano había encandilado a la mitad de la corte—, para a continuación, hacer efecto sobre el nervioso reloj, transformándolo en un muchacho rollizo de cabello anaranjado y rostro pecoso. La emoción del momento embriagó a Lumière, que abrazó a su compañero con efusividad, sellando sus labios con un beso apasionado que dejó sin habla a una recién transformada señora Potts.

Los ojos de Bella y Bestia se abrieron con intensidad, impactados por aquella inesperada reacción. Lumière se apartó avergonzado mientras Din Don intentaba asimilar lo que acababa de suceder, con el sabor a cera quemada todavía en sus labios.

—Perdona, yo… —El candelabro se llevó las manos a la boca mientras su rostro se tornaba rojo. Sus mejillas ardían más que cuando las llamas poblaban su cabeza.

La señora Potts comenzó a reír.

—Ya era hora.

—¿Cómo? —preguntó Din Don conmocionado—. ¿Que ya era hora de qué?

—El pobre lleva años enamorado de ti. ¿Por qué crees que siempre estabais discutiendo? ¿Nunca te diste cuenta de que vuestras disputas tenían segundas intenciones? —señaló la aguda ama de llaves, a la que la experiencia y la observación le habían dado todas las respuestas. Din Don miró al candelabro y al plumero, que acababa de entrar en escena.

—Pero, pero… yo creí que tú y Plumette…

Lumière se rascó la cabeza avergonzado. Aquella sexualidad desmedida con cada fémina que se cruzaba en su camino era en realidad una forma de ocultar sus verdaderas preferencias, una fachada que protegía su corazón.

—Bueno, en realidad, yo… —Las palabras se atropellaron en su boca mientras un nudo le oprimía la garganta. Sentía que ardía—. Siempre te he… —Un risueño Chip le tiró de la manga, acercándolo al reloj—. Intenté decírtelo, pero nunca me tomabas en serio…

Din Don le miró boquiabierto. Aquello no se lo esperaba. Lumière siempre había sido su contrapunto, su nube en su día soleado, su pimienta en el salero, el que siempre le contradecía, llegaba tarde, se despreocupaba, lo estropeaba todo. Era su sombra en la luz, pero… con los años se había acostumbrado a su desastrosa existencia y a que siempre le arrancara una sonrisa mientras le llevaba la contraria. Se había acostumbrado a tenerle cerca.  Tal vez se había acostumbrado a quererle, aunque no se hubiera dado cuenta…

El antiguo candelabro se acercó de nuevo a su compañero mientras sus miradas se encontraban, mientras sus manos se estrechaban y sus labios se curvaban en una amplia sonrisa.

El príncipe Adam tomó a la campesina de la mano, que miraba atenta y emocionada la confesión de sus amigos.

—Vamos, Bella, será mejor que les dejemos a solas. Tienen mucho de qué hablar —dijo mientras la acompañaba al interior del castillo.

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