Reto 7: Da voz a los recuerdos y ofrece una solución en forma de historia para un personaje que pierde la memoria cada día.

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El diario me mira día tras día desde la mesilla. Me sisea por las noches invitándome a adentrarme en sus páginas, a perderme entre fotos, recortes y notas a mano, en recuerdos felices de una época poco distante.

Pero me rehúso, porque cada vez que lo contemplo tu letra despierta una cicatriz llameante en mi pecho. Porque cada vez que lo contemplo tus ojos alegres y tu rostro inocente me desgarran y mi corazón muere un poquito.

Laura, ¿por qué tuviste que abandonarme?

Tu pérdida pesa amarga porque no la entiendo. Porque con tan solo treinta años me resulta inconcebible que enfermaras y perdieras el derecho a recordar. Pero todavía que resulta más inconcebible que aquella extraña enfermedad te arrebatara también la vida, obligándote a alejarte de mí y de todos tus seres queridos.

Todo comenzó con un comportamiento extraño. Cada vez dormías más y tu memoria a corto plazo resultaba torpe y confusa. Te despertabas preguntándome qué habíamos cenado o dónde habíamos estado. Al principio creí que me gastabas una broma, pero luego me percaté de que estabas ardiendo.

Pasamos semanas en el hospital, visitados por multitud de expertos que ofrecían pocas explicaciones, incapaces de ocultar la preocupación tatuada en sus rostros.

«Encefalitis límbica», dijeron al fin. Una inflamación del área de los recuerdos cuya causa desconocían. Se barajaron muchas hipótesis: infecciones, tumores, enfermedades autoinmunes… y, en consecuencia, te sometieron a innumerables pruebas y tratamientos, cada vez más agresivos, cada vez menos eficaces.

La somnolencia y la fiebre mejoraron, pero no tu capacidad para fijar recuerdos. Cansada, decidiste abandonar el hospital y adaptarte a tu nueva condición.

Si tu cerebro no podía almacenar recuerdos, tendrías que guardarlos en otro sitio.

Así creamos el diario de recuerdos.

Cada día despertabas con la misma nota sobre el libro de tu vida.

«Tu disco duro cerebral está roto. Utiliza esto para almacenar tus recuerdos. ¡Disfruta de un maravilloso nuevo día!».

Si esto no era suficiente para tu entendimiento, yo te ofrecía una breve explicación y así, con el optimismo que te caracterizaba te enfrentabas a tu demonio del olvido. Cada día rellenabas una página con entradas de conciertos, de cine, recibos de restaurantes o cualquier cosa tangible que pudieras atesorar de tus actividades, acompañados de una breve reseña y una fotografía. Sabías que aquellas sensaciones y recuerdos tenían fecha de caducidad y que en pocas horas se convertirían en una hoja en blanco en tu mente. Por eso querías atesorarlo todo, cada sensación, cada anécdota divertida, cada conversación valiosa, para acudir a ellas cuando no tuvieras fuerzas para crear otras nuevas.

Hoy, un año después de tu fallecimiento, he decidido ser valiente y abrir este diario que creamos juntos.

En la primera página se encuentra la entrada de «Séptimo nivel» y nuestra foto frente a la cartelera. Todos te la habían recomendado y tenías altas expectativas. Te quejaste durante toda la película y al final te dormiste. Al día siguiente me propusiste verla de nuevo, puesto que no recordabas que ya lo hubiéramos hecho, pero entonces te mostré la primera página del diario donde mostrabas tu desagrado.

«Infumable» escrito con rabia junto a un monigote con cara de asco. Te quedaste atónita y después rompiste en carcajadas. Yo reí contigo.

Paso más páginas. El viaje a Londres e Italia tienen muchos corazones dibujados. Recuerdo tu cara de pánico cuando te despertaste en una habitación que no era la nuestra. Me costó convencerte de que estábamos en un hotel ubicado en el corazón de Londres. Después fuimos a ver el musical de «Wicked». ¿Ves? Aquí pegaste la entrada, anfiteatro quinta fila.

Avanzo por el cuaderno. En esta página no hay foto. Recuerdo que discutimos. Dijiste que te alegrabas de poder olvidar aquello, porque no soportabas que estuviéramos peleados.

Página a página mis dedos me llevan a la última página escrita, a la última foto. 28 de marzo. Ambos estamos en nuestra cafetería favorita, tomando café con nata. Tú sonríes y me sostienes fuertemente el brazo. Junto a la fotografía dibujaste un corazón y un pequeño mensaje: «La próxima vez con canela».

Nunca hubo próxima vez. Nos fuimos a dormir y jamás despertaste.

El dolor es demasiado intenso y vuelvo a dejar el cuaderno sobre la mesita de noche.

Fue mala idea haberlo mirado, tu recuerdo quema demasiado.

Pero al devolverlo, un pequeño papel cae al suelo. Debiste guardarlo al final del libro, nunca me había fijado.

«Complétalo por mí. Graba tus nuevos recuerdos, así nunca podrás olvidarlos».

Rompo a llorar sin consuelo, violento, al igual que la tormenta que resuena tras la ventana.

 

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