Reto 5: Usa la frase: “En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos” para hacer una composición creativa.

Rika atravesaba el cañón a bordo de su 4×4, mientras el viento árido del lugar jugueteaba con su melena dorada. A su derecha viajaba Arty, inmerso en el estudio del mapa robado y las difusas anotaciones que habían conseguido durante las últimas semanas.

Estaban convencidos de en algún lugar de ese laberinto rocoso se escondía el refugio de los Inthas y no descansarían hasta dar con él.

Los Inthas eran una civilización arcaica, famosa por su adoración a la naturaleza y sus grandes conocimientos medicinales. No había mucha información acerca de ellos, pues los pocos registros que se habían mantenido de su existencia se habían calcinado en el desafortunado incendio de los archivos de Indias dos siglos antes. Lo poco que se conocía era que sus habitantes habían alcanzado una longevidad impropia de la época. Mucho se había especulado en torno a ello: unos pensaban que se debía a su privilegiado emplazamiento, un lugar inaccesible para los depredadores, animales o humanos. Otros creían que la razón se debía a un régimen de vida saludable sin excesos de ningún tipo; otros preferían un motivo más fantasioso: sus curanderos eran poseedores del conocido elixir de la vida, también llamado «de la eterna juventud».

Ya fuera por el estudio de su cultura o por la búsqueda de aquel remedio, muchas expediciones arqueológicas intentaron, en vano, dar con los restos de su capital. Todos buscaban indicios del famoso asentamiento, pero debido a la irregularidad y peligrosidad del terreno, poco se había avanzado. Lodazales y amplias ciénagas, seísmos frecuentes azotando las formaciones rocosas y resquebrajando los abruptos pasos entre las montañas, convirtieron aquellas expediciones en travesías mortales que pocos estaban dispuestos a asumir. Tampoco era una zona apta para sobrevolar en helicóptero. Así pues, muchos arqueólogos desistieron en su estudio y lo poco que se preservaba de los Inthas cayó en el olvido.

La casualidad hizo que Rika y Arty se encontraran en el momento y lugar adecuados para interceptar un mapa y una carta que no iba dirigida a ellos. Un arqueólogo jubilado había decidido enviar sus conocimientos sobre los Inthas a su nieta, que había dado indicios de querer seguir los pasos de su abuelo. Desecharon la carta sentimental y se quedaron con el mapa y las pistas, rumbo a la aventura. Si daban con ellos sacarían una fortuna vendiendo al mejor postor. Poco importaba que la extraña medicina existiera o no, pues solo con encontrar alguna baratija o restos de aquella civilización, tendrían una pieza de valor incalculable que les solucionaría sus problemas financieros de por vida.

Pero la búsqueda no estaba resultando tan sencilla como habían previsto. A pesar de que el mapa tenía anotaciones precisas de las regiones locales, ninguno de los lugareños a los que habían preguntado les había servido de ayuda. Todos ofrecían la misma enigmática respuesta:

«En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos».

—Rika, detén el coche, creó que allí abajo he visto algo —indicó el copiloto.

La rubia obedeció y ambos salieron del vehículo. Rika atisbó lo que su compañero había señalado. Bajo el paso había un pequeño sendero que se adentraba en la montaña. Una cueva.

El mapa señalaba un paso bajo el terreno, por lo que les pareció un buen lugar para empezar a explorar. Estacionaron el vehículo y prepararon su equipo de escalada. Una hora más tarde habían descendido la pendiente y se encontraban frente a la cueva. Tenía unos extraños grabados en la entrada. Desgastados, sí, pero aún visibles.

Esperanzados, se adentraron en la cueva ataviados con linternas y bengalas. Un puñal colgaba de cada uno de sus cinturones, por si necesitaban defenderse de alguna criatura hostil. Eran cazarrecompensas entrenados y ya habían tenido que vérselas con anterioridad con algún oso o bestia de gran tamaño.

La cueva era húmeda, en contraposición con la aridez que azotaba el cañón. Dentro de ella se podía ver, de forma aislada, algunos de los símbolos que habían encontrado a la entrada. Avanzaron durante horas por aquel pasillo rocoso, hasta que la cueva llegó a su fin. La cueva se abría a un pequeño humedal, mas la niebla era tan densa que apenas podían distinguirlo. La humedad empezó a sentirse pesada, asfixiante, tanto que Rika tuvo que desabrocharse un par de botones de su camisa.

Avanzaron en la niebla, mientras un extraño presentimiento se adueñaba de sus mentes. Un aura espectral inundaba la zona, un miasma maligno, como si miles de ojos estuvieran inspeccionándoles. Siempre se habían considerado escépticos de toda clase de fenómenos paranormales, pero aquello se sentía diferente. Una cosa eran las manchas en la pared, los supuestos avistamientos alienígenas o las psicofonías trucadas y otra la sensación de que miles de cuencas vacías escrutaban cada uno de sus movimientos.

—No me gusta esto, creo que deberíamos volver —propuso una inusualmente asustada Rikka.

—Pero ya estamos muy cerca —respondió Arty intentando que no le temblase la voz.

De pronto un estruendo se escuchó frente a ellos, una gran roca acababa de precipitarse. La niebla se desdibujó y dos ojos espectrales se materializaron encima de ella.

—Vuestro crimen será juzgado. —El eco de aquella voz fantasmal reverberó por los alrededores.

Los exploradores gritaron de pánico, rasgando la atmósfera con su desespero. Una decena de cuervos salió disparada de entre las copas de los árboles, uniéndose a sus voces con estridentes graznidos. Ambos corrieron de vuelta a la cueva, intentando escapar de un enemigo intangible.

Nunca supieron si lo que habían presenciado había sido real o fruto de las extrañas esporas que inundaban el ambiente, pero aquella experiencia les marcó tanto que abandonaron sus prácticas fraudulentas y entregaron el mapa robado.

Cuando el policía les interrogó sobre lo sucedido, su tez se volvió pálida y sus manos comenzaron a sudar.

Con un hilo de voz, solo acertaron a decir:

—En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos.

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