Reto 6: Describe una escena de un relato pensando en una fecha significativa para ti y traslada esas emociones a tus personajes.separador-1

El avión iniciaba su descenso, mientras una impaciente Julia intentaba acomodarse en el estrecho asiento. Lo que había resultado una inacabable jornada de vuelo para la maestra, estaba llegando a su fin.

Miró hacia su derecha, para ver si el arquitecto compartía sus pensamientos. Los ojos cansados de Héctor revelaron sus horas en vela, intentando acomodarse en un espacio minúsculo o buscar descanso en una franja horaria cambiante. Pero, a pesar de las ojeras que surcaban su rostro, sus ojos resplandecían, presa de la emoción que le embargaba al saber que tomarían tierra en pocos minutos.

El descenso fue suave y, tras varias indicaciones en diferentes idiomas, quedaron liberados de aquel pájaro metálico, apresurándose a salir para estirar las piernas y respirar un poco de aire fresco.

Un hormigueo electrizante recorrió los cuerpos de ambos amigos de la infancia, mientras atravesaban los largos pasillos del aeropuerto. No podían creerlo, tras tantos años de ensoñaciones y meses de planificación, al fin estaban allí, pisando suelo nipón.

Todo cuanto les rodeaba les ofrecía una cálida bienvenida. Los rostros amables de los empleados, los elegantes kanjis plagando todos los carteles, junto a simpáticos dibujos dando explicaciones o publicitando productos. Todo estaba representado a través de dibujos animados. No por nada se trataba de la cuna del manga.

Equipaje en mano, salieron hacia la estación de trenes, rumbo al Narita Express, que les llevaría al distrito de Shinjuku, donde habían reservado alojamiento.

Ni Julia ni Héctor podían ocultar la emoción que palpitaba en su interior, salvaje e inocente. Tuvieron que hacer esfuerzos para no saltar de alegría, reír a carcajadas o gritar a los cuatro vientos que estaban cumpliendo el sueño de su juventud, pues aquello que durante años había permanecido como un sueño imposible, una meta utópica, o una idea sobre el papel, estaba cobrando forma ante sus ojos.

Les costó controlar aquella excitación que recorría cada centilitro de su sangre, pero decidieron  comportarse y celebrarlo en la intimidad del hostal, con un bote de ramen y una lata de Fanta de uva.

Una vez instalados, comenzaron a dar rienda suelta a su felicidad. Su niño interior había emergido a la superficie y estaba disfrutando plenamente. Tras una larga celebración, la voz de sus consciencias les instó a marchar al descanso, pues tenían una ajetreada agenda que cumplir si querían visitar todo lo que habían anotado en el diario de viaje.

Julia se acostó pensando que al día siguiente, daría comienzo la esperaba aventura. Habían preparado un completo itinerario para visitar los lugares más emblemáticos de Tokyo: la gran torre de Tokyo que imitaba a la Torre Eiffel, el templo de Zojoji que se encontraba en los alrededores, Roppongi Hills, Mitaka y el museo de Studio Ghibli, Harajuku y sus tiendas con todo tipo de ropa de diferentes tribus urbanas, Shibuya y la entrañable estatua de Hachiko… La lista no parecía tener fin.

Cerró los ojos, ¿pero cómo iba a conciliar el sueño encontrándose en Japón? ¡En Japón! En la cima de la tecnología, el lugar donde lo tradicional y lo moderno se mezclaban con tanto acierto que a nadie parecía sorprenderle que un templo y su bosque circundante emergieran en mitad de la urbe. El país de la rectitud y la cordialidad entre la gente. Se habían detenido en tres ocasiones para consultar el mapa y en las tres alguien había aparecido de la nada, ofertando su ayuda y haciendo esfuerzos por hacerse entender en un idioma distinto a su lengua natal. Sí, amaban Japón, su cultura, su patrimonio y su gente.

Finalmente el agotamiento venció a su nerviosismo y Julia se quedó dormida. Las manecillas del reloj avanzaron hacia el nuevo día hasta que la alarma sonó.

8 de julio. 8 de la mañana.

La aventura comenzaba.

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