Reto 4: Escribe una historia en la que salves la situación con un mayúsculo deus ex machina.

Como voy con un poco de retraso en los retos he decidido adaptar un relato que escribí para Inventízate, en el que utilicé un deus ex machina sin saberlo. No se si será mayúsculo o no, pero es lo que ha salido.

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Aquel laberinto infranqueable llegaba a su fin. Liandre y Eris habían recorrido un largo y peligroso viaje hasta aquel abyecto lugar buscando la salvación de la menor.

—¡Casi lo hemos logrado! —exclamó Liandre con emoción manifiesta.

—Sí, tu maldición pronto estará rota —respondió Eris mientras sus labios se curvaban en una sonrisa fraternal.

La pequeña Liandre había sido presa de una terrible maldición. Un demonio había anidado en su vientre intentando corromper su espíritu. De no ser por el chamán de la tribu, que le había concedido su vial de arena púrpura para mantener al demonio dormido, hace mucho que habría caído en la oscuridad. Mas el vial protector se consumía sin remedio y era cuestión de tiempo que el demonio despertase. Por ello habían viajado al Bosque Inconcluso, buscando una legendaria y enigmática arma que podía absorber el mal.

Sobre una roca yacía el singular objeto, rodeado de símbolos del pasado. Al acercarse, un resplandor las cegó y una voz desconocida despertó a su alrededor, evocando una terrible advertencia.

«El poder de la daga de Lys conllevaba un notable sacrificio».

Las hermanas se estremecieron. Eso no lo había mencionado nadie.

«Aquel que quiera usar su poder deberá entregar su alma como pago».

El viento se detuvo y el mismo bosque quedó en silencio. Ambas quedaron petrificadas al escuchar tan terrible revelación, incapaces de enfrentar sus miradas. ¿Por qué nadie les había informado de algo tan importante? Todas sus esperanzas acababan de quebrarse en mil pedazos.

Mas el vial del chamán casi se había consumido. El tiempo apremiaba y no había lugar para la duda, así que la hermana mayor tomó la daga en la mano.

—¡No! ¡Tiene que haber otro modo!

—No lo hay —rebatió Eris ladeando la mirada. Sus ojos vivaces habían perdido su brillo.

«No, por favor. No me dejes sola», suplicó Liandre en sus pensamientos.

Cuando fue maldecida, el desconsuelo se adueñó de su juicio, incapaz de ver nada más allá de su tormento y su desdicha. Se sintió marchita, como una rosa en el desierto, como un títere al que han atado los hilos y arrebatado los sueños. Pensó en morir y renunciar a todo, pero su hermana supo arrojar luz a ese pozo de desespero, convenciéndola de que podía escapar de aquel injusto destino. Y cuando estaba a punto de conseguirlo, el hado hacía añicos sus esperanzas, regodeándose caprichoso y cruel. Sintió su corazón quebrarse y su juicio desmoronarse, incapaz de lidiar con aquello. No podía escapar así de su demonio, no a costa de su hermana. ¡No, de ningún modo! Sin embargo… ¿Qué otra opción le quedaba? Ser esclava de la oscuridad también la aterraba.

Las lágrimas empañaron los ojos de la menor. Su hermana le devolvió una sonrisa.

Se sintió perdida en esa muestra de afecto. ¿Cómo soportarlo? ¿Cómo cubrir ese vacío en su pecho? ¿Cómo sobrellevar la culpa de saberse causante de su pérdida? ¿Cómo perdonarse?

—No temas. —Señaló su pecho, donde el desbocado corazón de la menor latía con fuerza—. Seguiré contigo, justo ahí.

Eris empuñó el arma, dispuesta a liberar a Liandre del maligno, pero antes de que el filo la penetrase, la maldita robó la daga y se atravesó el vientre. La hoja penetró la carne sin dañarla y atrapó al demonio arrancándoselo con dolorosos espasmos. Cayó extenuada entre los brazos de Eris.

—¿Qué has hecho, insensata? —gritó envuelta en llanto.

—Mi vida no vale más que la tuya —respondió con suavidad, mientras esperaba que la daga absorbiera su esencia, pagando así su precio.

La daga brilló de nuevo y una luz atravesó el pecho de Liandre, penetrando en su interior con la intención de escrutar los rincones de su espíritu. En él encontró pureza y bondad, valentía y afecto por sus seres queridos. Pero un sentimiento destacaba por encima del resto: el deseo ardiente por vivir.

La daga contactó con su creador, un guerrero celestial, y le preguntó acerca de la decisión a tomar. Tras meditarlo unos segundos, el guerrero dio su aprobación a la petición.

La daga perdonó su precio y ambas hermanas pudieron regresar a casa.

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