Reto 3: Imagina que eres un superhéroe con una gran fobia a la oscuridad, escribe un relato de superación.

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Os contaré mi aventura favorita. La noche en la que derroté al mayor de mis enemigos: la oscuridad.

Aquella noche comenzó como cualquier otra: con una llamada de auxilio. Durante años me había encargado de resolver los disturbios que atormentaban la ciudad de Mein, bajo el sobrenombre de Lux; aquella noche no iba a ser diferente.

Mein era una pequeña urbe localizada a las afueras de la capital. Empezó siendo una ciudad modesta, de gente sin importancia, con villanos de poca monta empeñados en llevar a cabo crímenes menores. Sin embargo todo cambió cuando la compañía Neliux® la eligió como escaparate de sus productos, para dejar claro que su liderazgo en la industria eléctrica estaba justificado.

La ciudad se llenó de generadores, centrales eléctricas, carteles luminosos y luces de neón, haciendo que la noche brillara más que el día. Aquello atrajo a miles de turistas que, maravillados por aquel espectáculo luminoso que desprestigiaba a las estrellas, acudían cada noche para disfrutar de las vistas y de los festivales nocturnos. Pero ello también atrajo a numerosos villanos, que vieron su oportunidad en el apogeo radiante.

Y para combatir estos males nació la figura de Lux, un joven justiciero que rondaba la veintena, capaz de absorber la electricidad y usarla en su beneficio. Un poder ilimitado en Mein, pues la corriente eléctrica fluía a raudales por su cableado y sus centrales eléctricas, algo muy conveniente para mí. Nada se interponía entre mis adversarios y yo. Nada, excepto Noctem.

Noctem era mi homólogo en la sombra, un villano que amaba la oscuridad y que parecía el contrapunto perfecto para mis poderes. Su visión era capaz de penetrar la oscuridad más profunda y sus músculos parecían fortalecerse bajo su presencia. Pero poco podía hacer este individuo en una ciudad radiante que nunca oscurecía. Hasta aquella noche su existencia no había resultado un problema. Sin embargo pronto descubrí que había errado al subestimarle.

Aquella noche, Noctem y sus secuaces enviaron un aviso a la policía: los trabajadores de la central habían sido secuestrados y una bomba iniciaba su cuenta atrás junto a ellos. Noctem había exigido al gobernador una insultante suma de dinero por sus vidas. Su banda de rufianes había rodeado la zona, haciendo que a la policía le fuera imposible acceder a su interior.

Me aproximé hacia el lugar dispuesto a cumplir mi tarea una noche más.

En cuanto entré en escena, los bandidos comenzaron a disparar. Un escudo eléctrico alrededor de mi cuerpo desvió las balas y una descarga dejó inconscientes a un buen número de ellos. Acto seguido, me adentré en la central.

—¡Actívalo! —gritó Noctem en cuanto me vio aparecer.

Un campo de fuerza se activó frente al generador principal creando una implosión que absorbió por completo la red de energía. Los generadores de emergencia corrieron la misma suerte, pues en cuanto se pusieron en funcionamiento, aquel campo de fuerza succionó su energía, dejando la central completamente seca y sumida en la más absoluta oscuridad, al igual que todo lo que alimentaba. La ciudad se apagó, tragada por la oscuridad de un abismo sin fondo, pues en aquella noche nublada ni siquiera los astros podían ofertar su ayuda.

Un líquido viscoso cayó sobre mí. Reaccioné por instinto, creando una descarga eléctrica a mi alrededor para deshacerme de él. Pero por primera vez, no ocurrió nada.

La chispa ni siquiera llegó a encenderse. Aquel líquido viscoso bloqueaba la conducción eléctrica, y por ende, mis poderes. Sin electricidad, me hallaba indefenso ante mis enemigos.

Una sensación de angustia despertó en mi garganta, estrangulándola. La saliva se secó en mi boca y mi corazón comenzó a palpitar deprisa. Cada vez más, haciendo que cada latido fuera una pesada carga, como si mi órgano vital tuviera que hacer un gran esfuerzo por combatir esa presión que oprimía mi pecho. Comencé a sudar y mi respiración se volvió agitada, sintiendo una atmósfera enrarecida infiltrando mis pulmones. Mi cuerpo empezó a temblar mientras el miedo se apoderaba de mi mente. Estaba perdido.

La risa de Noctem inundó el ambiente.

—¿Qué ocurre Lux? ¿No eres nadie sin tus poderes?

Pero no era ése el verdadero motivo de mi estado de ansiedad. Era un motivo irracional. Una vieja pesadilla que volvía para atormentarme.

La oscuridad.

La oscuridad me aterraba, más que cualquier cosa.

El eco de una voz conocida taladró mi mente.

«Mamá, ¿dónde estás? Sácame de aquí».

Era la mía. De pronto volvía a tener cinco años y el escenario había cambiado. Estaba en aquel odioso agujero en el suelo, donde pasé horas encerrado, escuchando el eco de mis ruegos como única respuesta a mi llamada, suplicando sin descanso por una ayuda que no llegaba.

«Mamá, me portaré bien, por favor, ¡ayúdame!».

El recuerdo evocó una a una todas las sensaciones. Me pareció que el olor a tierra húmeda volvía a impregnar el ambiente y que aquella insondable oscuridad me tragaba de nuevo. El hedor me asfixiaba.

—¡Te tengo!

Una potente patada golpeó mi vientre. Caí hacia atrás, golpeándome contra el suelo. El dolor se irradió por mi columna y me hizo retorcerme. A diferencia de mí, Noctem podía moverse sin problemas en aquel escenario.

Una nueva patada, esta vez desde el costado, me hizo rodar por el terreno. Un dolor punzante se despertó ahí. Estaba seguro de que me había fracturado alguna costilla.

Noctem se acercó a mí y me levantó agarrando mi traje por el cuello.

—¡No eres nada! ¡Un crío insignificante que juega a ser un héroe! —se mofó, acercándome tanto a su propio rostro que pude sentir su apestoso aliento.

«¿Un crío?». Esa acusación sacudió mi orgullo.

No, ya no era un crío. Y desde luego no era aquel niño de cinco años, perdido e indefenso. No aquel infeliz que había gritado hasta quedarse afónico. Ahora era un muchacho que había comenzado a labrarse su propio futuro y que dedicaba la mayor parte de sus esfuerzos en ayudar a víctimas inocentes. Un joven respetado por sus convecinos y temido por quienes intentaban perturbar la paz de Mein.

Aquel pensamiento me reconfortó y el orgullo emergió cálido, desplazando la angustia que me consumía. De pronto mi cuerpo ya no temblaba y la sombra que me envolvía no resultaba tan aterradora. Esta vez fui capaz de detener el puño que iba dirigido a mi mejilla y aprovechar el impulso del villano para desviar su trayectoria y empujarle al suelo.

Sí, tal vez no podía ver, ¿pero qué más daba? Eso no iba a impedirme continuar luchando, sobre todo ahora que la oscuridad ya no me atemorizaba.

Aproveché la confusión del villano para arrancarme la manga y el guante que cubrían mi brazo izquierdo y la electricidad manó de él. El líquido cubría mi traje conductor, pero no había penetrado en mi piel. Aunque utilizar mi poder de este modo podía quemar mi piel, no me importó en absoluto.

El destello iluminó brevemente la escena y aproveché para descubrir la posición de mi rival y propinarle una patada en la mandíbula. Así, provocando destellos fugaces, fui capaz de combatir como si mi visión estuviera en plenas facultades. Además, aquel centelleo incesante parecía debilitar a Noctem.

Al ver que la balanza se inclinaba a mi favor, los hombres de Noctem decidieron abandonar a su jefe y salir como alma que lleva el diablo. La policía se hizo con el control de la central y Noctem fue arrestado. No tardaron en liberar a los rehenes y desactivar la bomba.

A pesar de las quemaduras que poblaban mi brazo y que quemaban como un sol ardiente, una sonrisa iluminaba mi rostro.

Aquella noche no solo había vencido al villano. Había superado uno de mis mayores miedos.

La oscuridad nunca volvería a consumirme.

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