Reto 2: Describe una escena sensual con una pareja que termina desnuda en la barra de un bar.

separador-1—¿Una copa?

El concierto había finalizado y la garganta reseca de María agradecía cualquier licor que se le brindase.

—Baileys con hielo, por favor —contestó. Puestos a elegir, mejor su bebida favorita.

Eduardo asintió y lo sirvió al instante, con una sonrisa cómplice como acompañamiento.

A pesar de trabajar en la noche, no era de los que acostumbraba a flirtear con clientes, pero esta vez su cuerpo había reaccionado por instinto. Algo en su voz le había cautivado. En su voz y, ahora, en sus ojos claros, reinando en un rostro de facciones perfectas y cabellos ondulados.

—Ha sido un concierto impresionante. Tienes una voz increíble. Cualquiera desearía cantar así.

Ella se limitó a sonreír tras su cumplido, pero un atisbo de tristeza se dibujó en sus ojos. Eduardo se preguntó por lo acertado de su comentario y entonces pensó que tal vez estaba cansada de ser adulada por desconocidos y que él no iba a marcar ninguna diferencia. Se alejó con el pretexto de lavar unos vasos, pero su mirada siguió cortejándola. La observó con disimulo, mientras ella ahogaba su sed en aquella bebida nacarada y perdía su mirada entre los hielos. Su melena oscura caía virgen hasta sus caderas, como una cascada, orgullosa, sin ataduras. Indomable, como un río de aguas violentas. Así había cantado, así había rasgado el aire y sus sentimientos, con un canto pasional que le había erizado la piel y acelerado los latidos. Así le había seducido, a él y probablemente a muchos otros.

Cada sábado, «El rincón de atrás» se llenaba de música en directo. Multitud de grupos de diferentes estilos, algunos de los más variopintos, actuaban en aquel local privado. Esa noche había sido el turno de «La rosa sombría», un grupo desconocido que intentaba abrirse hueco en un mundo masificado y corrompido, donde el talento casi nunca era lo importante.

Tras el concierto, la música electrónica se apoderó del ambiente y María desapareció. Sus compañeros de grupo comenzaron a desmontar rápidamente el escenario y a recoger sus pertenencias. Aquel escenario mágico que el grupo había creado pronto se deshizo como un espejismo, diluido entre bailes provocadores y miradas lascivas, en un mar de mentes sin juicio regidas por el líquido que fluía por sus venas.

Eduardo se dedicó a atender a sus clientes habituales, sin poder sacar a la chica de su cabeza. La buscó entre la multitud, pero ni rastro de su presencia. Las horas pasaron y el local comenzó a vaciarse. La hora del cierre se hallaba próxima.

Fue entonces, cuando el griterío desapareció y la música pasó a un nivel soportable, cuando ella apareció de improviso, con una revelación que le descolocó por completo.

—Para cantar así hay que sangrar por dentro. Muchas veces. Si pudiera elegir, lo habría evitado.

Aquella mujer salvaje no lo había sido así en un principio, algo o alguien la habían forzado a serlo. La tensión se condensó en ese instante, mientras sus miradas se enfrentaban, y Eduardo tuvo que pensar rápidamente en una forma de deshacer esa sensación desagradable.

—Entonces, una copa por los malos recuerdos y un brindis para que no se repitan.

Ella le miró recelosa.

—Pero, ¿no es la hora de cerrar? —dijo señalando el reloj colgado tras él.

Eduardo sonrió y mostró las llaves que tenía en su bolsillo.

—Sí, pero el carcelero del local puede hacer una excepción.

María echó a reír y Eduardo lo tomó como una aceptación de su invitación. Sirvió dos copas más y se dirigió a la puerta del local, echando el cierre y bajando la persiana metálica para que a ningún borracho despistado se le ocurriese interrumpirles.

Volvió para seguir hablando con María, pero su conversación no duró mucho. De algún modo, su mirada provocativa y su flirteo discreto elevaron la temperatura de ambos mientras el alcohol se iba adueñando de sus sentidos. Ella acabó por encontrar sus labios y ambos sucumbieron a aquella llama que se había encendido sin quererlo.

Sus bocas se encontraron en un océano de fuego, intentando consumirlo doblegando al otro. Pero hacerlo con una barra entre ambos era complicado, así que el camarero decidió saltarla y acercarse más a la cantante, intercambiando posiciones y empujándola hacia aquel muro que intentaba contener sus pasiones. Eduardo la sujetó por la nuca mientras descubría el tacto suave de su espalda a través de la pronunciada abertura de su vestido. María se dedicó a revolver los cabellos de Eduardo con una mano, mientras con la otra desabotonaba el cuello de su camisa negra. Su torso quedó al descubierto y la mano aviesa de la cantante comenzó a explorar cada rincón con la yema de sus dedos, erizando su piel y despertando un gemido en el interior de su boca. La excitación recorrió cada milímetro de su cuerpo y un impulso le hizo levantarla y sentarla sobre la barra, mientras se deshacía de su camisa y la arrojaba lejos. María huyó de sus labios para buscar su cuello, que recorrió entre besos y mordiscos, mientras Eduardo acariciaba su cintura y serpenteaba hacia sus muslos, en busca de sus secretos. Los gemidos ahogaron la música del local, haciendo que Eduardo se perdiera en el éxtasis y en la presión de su entrepierna. Fue entonces cuando decidió quitarle el vestido y tumbarla sobre la barra para apoderarse por completo de su cuerpo. La barra les recibió fría y húmeda, tan húmeda como sus cuerpos lujuriosos. Ambos se entregaron sin secretos, sin ataduras, sin promesas de ningún tipo.

Eduardo aferró sus muñecas y la poseyó frente a los grifos, dejando que  aquella placentera sensación le consumiera. Ella gimió con cada embestida, gritando un nombre que no era el suyo. El acto se prolongó hasta que los minutos dejaron de tener sentido y entre suspiros ahogados y gemidos descontrolados, culminaron aquel acto libidinoso, haciendo que sus pupilas se dilataran como la luna llena.

Noche tras noche, Eduardo recordaba aquel extraño encuentro, preguntándose dónde estaría o qué estaría haciendo. Nunca volvió a verla. Nunca pudo preguntarle cuál era la historia detrás de las cicatrices que recorrían sus muñecas.

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