¿Qué pasaría si el crecimiento de la población comprometiera las reservas del planeta? ¿Y si unos pocos robaran nuestro derecho más humano para remediarlo?

Relato participante en “Inventízate” del mes de enero de El Libro del Escritor, consistente en la creación de un universo distópico.

Requisitos:

a. Debe ser un relato distópico.
b. Debe aparecer mencionada Carrie Fisher o la princesa Leia.
c. Un personaje hacer una confesión que llevaba años guardada.
d: Límite: 1.500 palabras.

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El viento empujaba las cadenas oxidadas de los columpios y arremetía contra el olvidado balancín, que chirriaba lastimero, víctima del desuso y el paso del tiempo. Mis pasos me habían llevado, casi sin quererlo, hasta aquel rincón de mi niñez, antes inundado por risas inocentes y escenas entrañables, ahora por silencio y recuerdos agridulces de una realidad pasada que no volvería a repetirse.

Cuánto había disfrutado jugando en aquel recinto, cuando las cosas eran sencillas y las nubes solo una mancha blanca en el cielo. Cuánto hubiera deseado compartir esas vivencias con mis retoños, al igual que mis padres habían hecho conmigo, mientras ocultaban sus preocupaciones con falsas sonrisas, intentando sostener un mundo que se desmoronaba.

Pero ya no era posible. Yo pertenecía a la última generación de nacidos antes de la prohibición. Antes de que condenáramos a nuestra descendencia a cambio de nuestra supervivencia.

Todo ocurrió hace veinticinco años, cuando la superpoblación alcanzó el nivel crítico. Numerosos estudios revelaron que si nuestro crecimiento continuaba al mismo ritmo, las reservas de agua y alimentos pronto serían insuficientes. El control de la natalidad ya no bastaba para combatir el problema. Había que dar un paso más, uno que quebrantaba todas nuestras libertades.

Una cumbre especial acogió a los representantes de las regiones más influyentes. Solo cinco votos marcaron la diferencia, inclinando la balanza hacia la peor decisión.

La medida fue anunciada universalmente. A partir de ese momento engendrar un hijo era delito.

La población se rebeló inmediatamente, pero de poco sirvió. Las fuerzas del Estado arremetieron contra los más problemáticos y al resto supieron lavarles el cerebro. Manipularon sus mentes, convenciéndoles de que la medida les protegería, de que su rebeldía devendría en una guerra por el dominio de las escasas reservas que restaban, hacia una época en la que ellos y sus hijos solo conocerían el significado de tres palabras: caos, barbarie y muerte.

Una mentira que les hizo esclavos de un sistema que solo buscaba proteger al escalafón más alto, una oligarquía regentada por déspotas que solo miraban en una dirección: la de su propio ombligo.

La ley no tardó en aplicarse y, como tantas otras veces, las mujeres sufrimos la peor parte. Los hospitales y centros obstétricos quedaron inmediatamente bajo control gubernamental y comenzó la infertilización masiva. Todas las niñas y las mujeres en edad fértil fueron examinadas. Se les implantó un dispositivo uterino ideado para destruir cada óvulo liberado. Un novedoso método anticonceptivo basado en un sistema de pulsos electromagnéticos que inducía la apoptosis de las células germinales.

En noches como aquella me preguntaba cómo habría llamado a mi hijo si aquel dispositivo no estuviese alojado en mis entrañas, o si hubiera nacido en el lado no equivocado del mundo.

No había que ser muy listo para darse cuenta de que sin recambio generacional, la humanidad se condenaba a sí misma. Es por ello que, paralelamente a la ley heródica —llamada así en honor a Herodes, el asesino de niños—, se crearon los permisos. Las licencias de natalidad indultaban la prohibición, permitiendo llevar a cabo embarazos bajo atención sanitaria. Un rayo de esperanza arrojado al pueblo para mantener su sumisión, pues muchos creyeron que aquel derecho que creían perdido podía volver a recuperarse.

Mas la realidad probó ser bien distinta. La mayoría de las solicitudes eran denegadas y las que no, exigían una alta suma de dinero. Lo justificaron alegando que garantizar la seguridad de la gestante y su bebé costaba un alto precio. Así pues, la natalidad pasó a ser un privilegio de las clases más altas, haciendo que las diferencias con el pueblo llano fueran cada día más patentes.

El desconsuelo se apoderó de las parejas que ansiaban concebir un hijo, y que comprendieron que nunca podrían hacerlo al amparo de la ley. Poco tardaron las alimañas en construir una red ilegal que traficaba con vidas no concebidas.

Traficar con licencias era demasiado complicado, pero comprar óvulos no tanto. Infortunadamente, sin un adecuado seguimiento obstétrico, aquellos embarazos ilegales concurrían en desenlaces fatales: abortos, malformaciones y muerte materna. Además si aquel acto ilícito se descubría, los participantes recibían la pena capital.

Una melodía suave ascendió desde mi bolsillo. La pantalla mostraba un breve texto.

«Reunión urgente en una hora».

Era un mensaje de Organa.

Organa era la líder de un clandestino grupo de detractores apodado «La rebelión del sol robado». Ella aludía al astro diurno para referirse a nuestro derecho perdido. Su metáfora no andaba desencaminada, yo también sentía que habían robado nuestro sol.

Organa no era su verdadero nombre. Mantener nuestras identidades en el anonimato era una forma de protegernos. Su apodo era un homenaje a la emblemática princesa Leia, un personaje cinematográfico perteneciente a un universo de ciencia ficción que se convirtió en el icono de muchos. Organa aunaba el carisma y la complejidad de aquella princesa que rompió con los estándares y se rebeló contra el sistema.  También compartía su lenguaje mordaz, lo que la había hecho ganarse el respeto de todos los integrantes.

Puse rumbo a casa con paso ligero y allí arranqué mi caballo de viento —un veloz medio de transporte impulsado con energía eólica que imitaba a un corcel metálico—, hacia las afueras de la urbe, donde se ocultaba nuestro centro de reuniones. Un complejo sistema de pasillos y hologramas convertían aquella bodega en un laberinto infranqueable para los intrusos. Recorrí el camino como tantas otras veces, hasta el dispositivo que reconocía mi retina y permitía mi entrada.

Todos ocupaban sus posiciones. Héctor sonrió y me hizo señas para que me sentase a su lado. La seriedad poblaba los rostros de los congregados. Organa tenía los brazos cruzados y la mirada perdida entre sus zapatos.

—¿Qué ocurre?

—No lo sé, Nadia. Organa no ha dicho una palabra desde que hemos llegado.

Mikel comprobaba constantemente sus auriculares mientras tecleaba comandos en las pantallas táctiles. Una gota de sudor resbaló por su mejilla de tez morena.

—¡Lo tengo!

Organa se levantó de inmediato. La línea de voz se dibujó en la pantalla. Su trazado delataba el temor que le invadía.

«James, necesito tu ayuda, los Olderion llevan semanas vigilando mis movimientos, temo que no me queda mucho tiempo».

Los Olderion eran el grupo de magnates que conformaba la oligarquía desde las sombras. Sabíamos que la mayoría de las decisiones del Estado venían impuestas por sus caprichos, pero su influencia era tan grande que, aun con pruebas delatoras, ningún tribunal podía castigarles.

—¿A quién espiamos? —susurré a Héctor.

—A Henry Buccaner, el inventor del dispositivo que llevas en tu útero —respondió Organa sin perder de vista la pantalla.

«Ha llegado la hora de contártelo todo, viejo amigo. Siempre quise compartir el proyecto contigo, pero sabía que lo más sabio era mantenerte al margen».

Una tos gemebunda interrumpió sus palabras. Oímos cómo se cortaba su aliento, y cómo volvía a iniciar la conversación con una voz rasgada y débil.

«Mis sospechas se confirman, no me queda mucho tiempo. Escucha, James, los dispositivos no fueron creados para destruir óvulos, sino para manipularlos. Nunca nos habían permitido experimentar con embriones, el mejor recipiente para modificar el código genético. Aprovechamos la ley heródica para llevar a cabo nuestros experimentos en secreto».

Ahogamos un grito al escuchar su confesión. ¡Habíamos sido probetas vivientes!

«Cada dispositivo absorbía el óvulo y procesaba su genoma mientras lo mantenía a salvo. La información se enviaba codificada a nuestro laboratorio. Si no cumplía nuestros objetivos se desechaba y se esperaba al siguiente ciclo. ¿Tienes idea de la cantidad de óvulos que hemos manipulado? ¡Mujeres del mundo entero, James! ¡Un experimento sin precedentes!».

Su voz cobró fuerza y se volvió increíblemente aguda, una voz demente y aterradora.

«Los análisis por fin han dado sus frutos. Diez de los óvulos han evolucionado hasta el nivel deseado. Su genoma posee la capacidad de generar los nutrientes consumidos».

Nuestros rostros palidecieron y mi saliva se congeló en mi garganta.

«¿Lo entiendes, James? Los descendientes de esta estirpe celular son autosuficientes, no necesitan las reservas del planeta. ¡La humanidad ha dado un salto evolutivo! ¡Es libre!».

Un escalofrío recorrió mi espinazo.

«Debes encontrar a esas mujeres antes que los Olderion y forzarlas a concebir esos niños perfectos. Los dispositivos están bloqueados protegiendo al gameto. Te enviaré ahora mismo la información del proyecto y la ubicación de los óvulos. La señal debería activarse en pocos minutos».

Poco después, un dolor lancinante atravesó mi vientre. Gemí mientras me encogía. Algo latía ahí dentro, algo que amenazaba con desgarrarme por dentro.

Miré a Héctor y vi su mirada horrorizada. El mismo miedo que irradiaban mis pupilas. Otro latido retumbó en mi vientre.

Organa reaccionó de inmediato.

—¡Sacadla de aquí! ¡Escondedla!

Dos figuras me levantaron y me cogieron en brazos, mientras mi vista se nublaba y mi consciencia me abandonaba.

—¡Protegedla! ¡Que nadie la encuentre!

Escuché el final de la retransmisión como un eco que se apagaba. Mi vida, mi vientre, mi destino. Todo cambió en ese instante.

«Ahora es tu turno, James. No nos falles…».

 

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