Tras un exhaustivo trabajo de investigación, el asesino queda entre rejas. Ya es hora de tomarse un descanso y relajarse entre los encantos de un entrañable pueblecito alemán, de celebrar la alianza que les une bajo un cielo despejado.

Microrrelato participante en “Inventízate” de El Libro del Escritor del mes de abril.

Requisitos:
a. Debe tener lugar en Rothenburg ob der Tauber, en Alemania, y describirlo desde mínimo tres sentidos.

b. Debe haber un juicio.
c. Debe aparecer un conejo.
d: Límite: 500 palabras.

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—Culpable —sentenció.

Un puñetazo en la mesa respondió. Sonreí por su reacción. Lo había logrado.

En toda mi carrera policiaca no recordaba otro caso que me hubiera provocado tantos quebraderos de cabeza, tantas noches insomnes con aroma a café y a fracaso. Había revisado un centenar de pruebas inconexas, pistas falsas, documentos y grabaciones que no conducían a ninguna parte. Busqué durante meses una mísera prueba, un enlace, un motivo, un culpable, un error.

¿Quién hubiera pensado que aquel holandés jubilado de aspecto afable fuese el macabro asesino que todos andábamos buscando?

“El asesino del conejo blanco”. Aquel lunático había dejado una pata blanca junto a sus víctimas, un ritual que finalmente le había delatado.

Recogí mis cosas y salí del juzgado, dispuesta a prepararlo todo, a tomarme mis merecidas vacaciones. Había pospuesto mi luna de miel demasiado tiempo…

Cuatro días más tarde pisaba suelo alemán. Nuestro primer destino era un pueblecito llamado Rothenburg ob der Tauber, un icono del romanticismo, un lugar donde dejarse llevar por el pasado, por la naturaleza, donde soñar y volver a enamorarse. Lo supe en cuanto atravesé su muralla circular y me adentré en sus calles adoquinadas.

Podía sentir el medievo en todas partes. En los entramados de madera de las fachadas, en el aroma de las flores que adornaban cada ventana, en el empedrado clavándose en mis sandalias de cáñamo.

—Yo llevaré las maletas a nuestro hotel. Puedes dar una vuelta mientras.

Acepté aquella propuesta y me despedí con un beso suave.

Me dirigí a la iglesia de Sankt Jakob y pasé bajo el puente que sostiene el coro. Su tono pálido contrastaba con el verde intenso de los árboles que poblaban la calle. Caminé junto a las casas de tejados empinados y llamativos colores. Las enredaderas trepaban hacia las ventanas de forma caprichosa. Así llegué a la plaza del mercado, donde un edificio blanco coronado por una torre negra me dio la bienvenida. El reloj marcó las doce y las ventanas colindantes se abrieron mostrando una emblemática escena. Después subí por unas escaleras que empequeñecían conforme ascendían, hasta que tuve que avanzar de rodillas. La visión desde el mirador me cautivó, me perdí entre esos tejados anaranjados que no parecían terminar nunca.

Decidí que el resto quería descubrirlo en compañía. Compré una deliciosa “bola de nieve” y me dirigí al hotel Eisenhut. Mi corazón palpitaba de emoción mientras subía aquella escalinata de madera, pero cuando entré en la habitación casi se detuvo. Mi mundo se quebró en pedazos.

Apenas puedo explicarlo, el dolor nubló la escena. Recuerdo la sangre cubriéndolo todo, el conejo degollado bajo sus pies, su mirada perdida en ninguna parte, lejos de mí y de este mundo.

Grité. Lloré. Supliqué. Maldecí al cielo y al infierno. Perdí el control.

Ésa es la razón por la que estoy aquí, traicionando mi moral y mis principios, contratando a un asesino a sueldo. Para encontrar al culpable y enmendar mi error.

Porque fue mi culpa. Capturé al conejo equivocado.

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