Una amistad naciente, hallada en el lugar más inesperado, penetra hasta las raíces del romance. Una primera cita en la noche más tétrica. Halloween, ¿comienzo de un romance de ensueño o de pesadilla?

Microrrelato participante en “Inventízate” de El Libro del Escritor, en el mes de octubre.

Requisitos:

a. Debe ser un relato de terror.
b. Debe tener un narrador en primera persona protagonista.
c. El protagonista debe comer panellets.
d. Límite: 500 palabras.

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—Coge —ofreció Ricardo mostrando los panellets que había preparado. Me llené la boca, estaban deliciosos.

El Día de los Difuntos era una festividad que no me gustaba en absoluto. Sentía una atmósfera de tristeza en todas partes, de soledad, de recuerdos amargos, de despedidas. Un día que gustosamente tacharía del calendario. Pero aquel año se sentía diferente, gracias a Ricardo.

No es fácil conocer a alguien cuando tienes un trabajo con turnos cambiantes, sobre todo en un lugar que nunca cierra: un hospital.

Ricardo había aparecido de repente, a la salida de un turno realmente agotador. El fotógrafo frecuentaba el parque junto al hospital a todas horas, por lo que coincidíamos mucho. Aquella inocente amistad progresó día a día, hasta convertirse en otra cosa.

Y allí estábamos, celebrando nuestra primera cita.

Caminamos hasta alejarnos de las luces de la ciudad, tomando el camino que llevaba al lago.

—Espera, he preparado una sorpresa —dijo a la entrada de la arboleda. La noche se tragó su silueta.

Aguardé mientras regresaba. El camino de sauces resultaba algo siniestro a esas horas. El viento ululaba en la oscuridad, balanceando sus ramas lastimeras.

El aire se enrareció y sentí un escalofrío. ‹‹Ya he esperado bastante››, pensé.

Avancé guiada por la luz del móvil, era noche cerrada. Una sombra me sorprendió en la oscuridad. Un perro negro de ojos escarlata.

Grité y el aparato cayó al suelo, rompiéndose.

No se movió, permaneció allí, observándome. La luna reflejó su dentadura. Me pareció que sonreía.

‹‹La muerte observa››.

No supe si fue un susurro o mis pensamientos, pero eché a correr en dirección al lago, presa del pánico.

Ricardo me esperaba junto a una barca. Subí a ella sin aliento. Debió de sorprenderle mi reacción, pero no dijo nada. Remó hasta adentrarnos en el lago.

De repente, se detuvo. Una nube cubrió la luna, todo quedó a oscuras.

Una mano helada aferró mi rostro, impidiéndome gritar. Otras sujetaron mis tobillos y muñecas. Forcejeé e intenté pedir ayuda. Nada salió de mi boca.

La luna se despejó. Miré hacia atrás, buscando a mi captor.

No había nadie.

Ricardo habló con voz grave.

—Durante años asesinaste a muchas personas. Acababas con sus vidas a cambio de una cuantiosa suma. Los herederos pagaban gustosos para deshacerse de sus ancianos. Era un trabajo fácil, cargabas una jeringa y el paciente moría. Estaban enfermos, ¿quién iba a sospecharlo?

El frío tacto de los amarres se extendió por mi cuerpo. Aquello no podía estar sucediendo.

Una opresión estrangulaba mi pecho, no por la culpa de mis actos, sino por el miedo al castigo. Nunca había creído en el infierno… hasta esa noche.

—Los muertos claman venganza.

Soltaron mis miembros y me empujaron hacia atrás. Conseguí agarrarme a la barca mientras tiraban de mí hacia el fondo.

—¿Quién eres? —Necesitaba entenderlo.

Su rostro se desfiguró por completo, mostrando una calavera. Escuché su voz distorsionada.

—La parca que acudía a tu llamada.

Sus cuencas vacías me persiguieron mientras me hundía en las profundidades.

 

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