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CAPÍTULO 4: EN LO ALTO DE LIBRAMORTE

Observáis con detenimiento al intruso que se interpone en vuestro camino, un nuevo enemigo. Sus facciones delatan a un individuo que antaño fue orco, consumido ahora por el azote de la muerte. Su tez, antes parda, es ahora gris como la ceniza y sus ojos han sido devorados por ese brillo azulado que os persigue. Su cabello azabache cae recogido en cuatro frondosas trenzas y sus nacarados colmillos culminan un rostro temible.

El guerrero orco os inspecciona en la distancia, brevemente, intentando grabar a fuego vuestros rostros antes de que desaparezcan. Con claridad proclama:

—Por cada soldado de la Horda que matasteis… por cada perro de la Alianza que cayó, el ejército del Rey Exánime creció. —Una voz metálica y reverberante os inculpa de la superioridad del enemigo—. Ahora, hasta las Val’kyr alzan a los caídos para la Plaga.

De nuevo sientes al mago tartajoso lamentándose a tu espalda. Parece que a éste también lo conoció en vida. Dranosh Colmillosauro, el líder horda que luchó junto a Bolvar y que cayó al intentar enfrentar a Arthas, pues el primer embate de su hojarruna maldita devoró su alma e hizo caer su cuerpo vacío. Las cosas se complican cuando vuestros mejores aliados os abandonan y se pasan al bando enemigo.

Como si pudiera leeros la mente, el orco cadavérico añade:

—Las cosas se van a poner mucho peor, venid, probad el poder que el Rey Exánime me ha concedido.

El orco ha adoptado posición de combate. Sostiene con ambas manos un hacha de dos hojas con una gran calavera en el centro.

—¿Un solo orco contra el poder de la Alianza? —pregunta Muradin escéptico y vanidoso—. ¡Cargad!

Sus soldados se lanzan contra el orco dispuestos a acabar con él rápidamente.

—Enanos… —se mofa con desprecio mientras envía una ráfaga helada hacia ellos. Las sombras cubren a los guerreros y les separan del suelo, elevándolos en una prisión aérea que les priva de sus energías y coarta su respiración. Alguien lanza un contrahechizo para liberarles, pero los enanos siguen allí, luchando por respirar. Mensaje captado: acabemos con el ejecutor para liberar a nuestros compañeros.

Os lanzáis al ataque con vuestras mejores técnicas.

—¡Por el poder del Rey Exánime! —Oyes gritar al orco.

La batalla comienza y una amalgama de destellos proveniente de diferentes hechizos se deja ver sobre la plataforma. Hachas, dagas, mazas y espadas intentan rebanar su pescuezo, pero el orco ha sido adiestrado en las mejores filas y sabe defenderse de vuestros ataq    ues a la par que os causa daño. Oyes su risa perversa mientras atraviesa el escudo de un paladín con su espada.

Y por si no fuera suficiente, parece que al Rey Exánime no le bastaba con la destreza de su filo y le ha concedido a su vasallo un poder nacido de las sombras. El orco invoca una nova de sangre con un simple movimiento de muñeca y un charco escarlata aparece a vuestros pies. Continuáis la lucha esquivando sus malas artes, haciendo que finalmente el orco retroceda. Sin embargo dicha ventaja dura poco tiempo, pues de nuevo apela a la magia oscura para hacer emerger desde las sombras a unas bestias demoníacas cuyo único anhelo parece ser probar vuestra carne.

—Comed esbirros míos —ordena henchido de orgullo.

Dividís la ofensiva hacia los nuevos enemigos, sin olvidar a su invocador. No podéis entreteneros, la vida de los prisioneros pende de un hilo, sus infructuosos intentos por liberarse se han consumido, se les acaba el tiempo.

Por fortuna contáis con diestros guerreros, y antes de que Libramorte entre en frenesí, atestáis el golpe de gracia. Una de las calaveras brillantes que adornan su armadura se quiebra cuando el orco cae al suelo.

—Me… he… liberado… —susurra mientras se extingue. Le habéis hecho un favor a su alma, ahora podrá descansar en paz junto a sus seres queridos.

Los enanos atrapados en las sombras son liberados y caen al suelo jadeantes. Muradin da una bocanada desesperada. El aire penetra de nuevo en sus pulmones. Hinca una rodilla en el suelo y se levanta con dificultad. Mira al enemigo abatido con pesar.

—Ése era el hijo de Colmillosaurio, el comandante de la Horda en la Puerta de Cólera, un trágico final.

Vosotros perdisteis a Bolvar, pero la Horda también perdió a su comandante. Arthas ha sido inclemente con ambas facciones, no debéis olvidar que todos compartís el mismo sufrimiento.

Un ruido en la distancia interrumpe vuestras reflexiones. ¿Qué es eso? ¿Un viento huracanado? No, es otra cosa. Te concentras. Ya lo has oído antes. ¿Podría ser…?

Muradin se percata también y visualiza su origen en la niebla.

—¿Qué demonios? ¡Allí, a lo lejos! —Señala nervioso—. ¡Soldados, en formación! Parece que la Horda viene de nuevo.

De la nada emerge el dirigible averiado. Apenas puede estabilizar su vuelo, pero consigue acercarse lo suficiente a la plataforma. Una figura se lanza desde cubierta aterrizando frente a vosotros. Su rostro abatido clava su mirada en el cadáver del enemigo. Puedes ver en dolor que encierran sus pupilas aun cuando vuestras miradas no se encuentran. El silencio se apodera de tan doloroso encuentro. Muradin conoce su pérdida y por ello vacila en el ataque.

—No me obligues, orco. No podemos dejarte pasar —advierte reprimiendo sus condolencias.

—Detrás de ti está el cuerpo de mi único hijo. Nada me alejará de él —responde Varok.

Muradin aprieta el puño y ladea la mirada. Su honor le hace reconcomerse por dicho comportamiento, pero debe hacerle frente.

—No… No puedo hacerlo. Vuelve a tu nave y te perdonaré la vida.

Antes de que la situación pase a mayores, un portal se materializa en la plataforma. En su visión espejada se visualizan las torres de la catedral de Ventormenta, ondulantes, reflejando una realidad distante. Dos figuras aparecen al instante.

—Apártate Muradin —ordena Varian, y a continuación dirige su mirada al Alto Señor orco—. Abre paso a un padre afligido.

Todos guardáis silencio mientras Varok se acerca al cuerpo inerte de su hijo. Se arrodilla frente a él y pronuncia un mensaje en su lengua natal: “No’ku kill zil’nok ha tar”.

No hace falta conocer la lengua orca para saber que se trata de una amarga despedida. Oyes sollozos apagados entre la multitud. Hombres y mujeres derraman lágrimas ante la desdichada escena. Hasta tú sientes un nudo en la garganta cuando Varok levanta a su hijo en brazos, y se lo lleva en absoluto silencio mientras su corazón se quiebra en pedazos.

El barco extiende un tablón para que su líder regrese. Antes de subir en él, Varok se detiene y soslaya la mirada hacia el rey de Ventormenta.

—No olvidaré esta… amabilidad. Te doy las gracias, alteza.

—Yo… Yo no estuve en la Puerta de Cólera, pero los soldados supervivientes me contaron lo que ocurrió. Tu hijo luchó con honor. Murió como un héroe. Se merece un entierro de héroe.

Colmillosauro asiente. Jaina rompe a llorar mientras el barco desaparece en la niebla.

—Jaina, ¿por qué lloras?

—No es nada, majestad —miente mientras se seca las lágrimas—. Sólo… estoy orgullosa de mi rey.

—Bah —refunfuña restándole importancia. A continuación lanza una orden al enano—. Muradin, asegura la cubierta y prepara a los soldados para el asalto a la parte superior de la Ciudadela. Enviaré otro regimiento desde Ventormenta.

—¡Enseguida, majestad!

Dos escudos levitan en la nada con el emblema del león dorado de Ventormenta, envueltos en un aura azulada. Bajo su influjo comienzan a aparecer soldados y peones procedentes de la capital. Vuestro rey es generoso enviándoos un nuevo regimiento para reemplazar a los compañeros caídos y Jaina lo hace posible mediante las artes aprendidas junto al Kirin Tor.

Aguardáis hasta ver crecer vuestro número y os adentráis de nuevo en la fortaleza.

El primer obstáculo lo marca el gas helado que proviene de las paredes, pues construye una barrera intermitente que congela en el acto a todo el que ose atravesarla. Tras varios intentos que casi os cuestan la vida, descifráis el patrón de movimiento, y atravesáis el corredor sin que la bruma helada os de caza.

Al fin llegáis al corazón de la fortaleza. Una gran plataforma se erige en el centro, conectada con vuestro nivel mediante cuatro puentes en forma de cruz. Ante vosotros se abre un gran camino circular que rodea dicha plataforma, custodiado por abominaciones, val’kyrs y demás esbirros del caballero de la muerte. Como ya augurabais, el resto del camino no será sencillo.

El mago se adelanta hasta tu altura, y sonriendo con ironía, te pregunta:

—Y bien, ¿por dónde empezamos? ¿Derecha o izquierda?

 

 

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