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CAPÍTULO 3: LA MURALLA DE LAS CALAVERAS

Los hombres de Muradín no os han esperado con los brazos cruzados. Observas sus esfuerzos para contener la ofensiva mermada del Rey Exánime. Los brujos son abatidos antes de conjurar sus hechizos, los guerreros braman por sus miembros amputados sin haber tenido oportunidad de atacar a vuestra orden y sus cadáveres son apenas huesos y miembros esparcidos por el empedrado de la ciudadela.

Pero no en todas las luchas destaca vuestra supremacía. Te percatas de que uno de los grupos de la Alianza tiene problemas para abatir a los opresores. Uno de vuestros guerreros carga contra una templaria Kor’kron, interrumpiendo su hechizo sanador. Una lluvia de estrellas, proveniente de un druida a pocos pasos de ti, cae sobre un trío de atracadores Kor’kron. Te unes al rescate con una flecha envenenada que atraviesa el corazón de un francotirador antes de que se percate siquiera de tu presencia. Una bendición cae sobre los combatientes heridos, que respiran aliviados al recuperar sus energías y ver renovadas las esperanzas depositadas en esta lucha, ahora que han escapado de una muerte tan cercana.

—Os doy las gracias. Nos superaban en número hasta que llegasteis —agradece uno de los protectores del navío, arrastrando las erres como todo draenei—. El capitán Muradín está en El Rompecielos. Aseguraremos la zona hasta que estéis listos. —Y con una orden firme añade—. ¡Infantería de El Rompecielos, mantened posición!

—¡Sí, señor! —gritan al unísono una lumbrera y una asesina bajo su mando.

Veis el barco de la Alianza atracado al fondo y os aproximáis a la carrera, acabando con la vida de quienes osan impedíroslo.

El Rompecielos aparece anclado ante vuestra mirada, pero al iniciar el último tramo que os separa, un chillido rasga el aire. Una vermis de escarcha aterriza sobre el empedrado. El terreno tiembla y el aire se enfría ante su presencia. Mas poco dura la criatura ante vuestra ofensiva. Observas a ese leviatán maldito gimiendo cuando el fuego calcina su helado esqueleto y de nuevo esas llamas cobalto que le envuelven te atrapan, pues se te antojan hipnóticas y atrayentes. El clamor de la batalla se ahoga en  el interior de su mirada y nada más perturba tu sensorio.

El resto de tu avanzada ignora tan bello espectáculo y se adelanta para alcanzar la cubierta. Sacudes la cabeza, volviendo de nuevo a la realidad, y te concentras de nuevo en el verdadero objetivo. Los últimos atacadores Kor’kron son abatidos al mismo borde del navío y sus cuerpos caen al vacío.

Uno de tus superiores, un paladín de rostro envejecido con una cicatriz surcando su ojo izquierdo, se acerca para informar a Muradin, que se halla en mitad de la cubierta ordenando a sus hombres ultimar los preparativos mientras os da la bienvenida. El canoso paladín le informa de vuestro progreso, de las atrocidades abatidas en el nivel inferior de la ciudadela. Barbabronce asiente complacido y ofrece sus condolencias por los caídos.

—Las viejas heridas siguen abiertas, compañero. Me lo dicen mis huesos de vez en cuando. —Eleva la vista al horizonte y se evade en un recuerdo lejano, una tarea sin resolver—. Sí, tengo un asunto pendiente con Arthas y creo que voy a darle al chico la paliza que debería haberle dado cuando era un niño. Siempre supe que había algo raro en él. —Observa de nuevo a todos los soldados y concluye dirigiéndose de nuevo al general—. Avísame cuando la tripulación esté lista y partiremos hacia la cima de la Ciudadela.

Todos y cada uno de los combatientes suben a la embarcación y se distribuyen por la cubierta o los camarotes. Observas el impresionante barco volador de la Alianza, sus mástiles, sus cañones, sus dependencias interiores, su labrado timón, sus disciplinados tripulantes preparando los últimos detalles. Cuando todos parecéis estar ya a bordo, Muradín da la orden para zarpar.

—¡Arrancad los motores! ¡Tenemos una cita con el destino, muchachos! —Sientes el rugir de los motores cobrar fuerza y el barco empieza a tambalearse mientras inicia el ascenso—. ¡Agarraos fuerte!

Te acomodas en cubierta como mejor puedes, unos minutos de descanso tras la batalla, pues no habéis tenido muchos. Pero tu descanso se ve interrumpido por una conversación iniciada por una voz chillona a pocos pasos de ti. Un goblin ha tomado contacto con un brujo escoltado por una lujuriosa súcubo. El goblin intenta hacer negocio, embaucando al taumaturgo con sus artes de convicción. Aciertas a oír parte de la conversación.

—Pero si eres el candidato que estaba buscando. Estoy probando un nuevo dispositivo volador propulsado por cohetes y necesito tu ayuda. Coge uno de estos arneses y colócalo bajo tu armadura. Pulsa el botón del lado y ¡bum! ¡Allá vas! —El pequeñajo verde parece muy emocionado, pero tú no entiendes el beneficio de lo que le está ofertando. ¿Le ofrece un artefacto volador a bordo de un barco que vuela? <>, piensas para ti mismo. Mas el brujo sí parece interesarse por el aparato mientras su demonio prosigue con sus sutiles insinuaciones—. No intentes robarme el trabajo, ¿eh? Estas bellezas tienen integrado un transportador 8000 vinculado al de mi mano. Si te alejas demasiado se desactivará el cohete principal y no podrás despegar hasta que vuelvas. Veamos, ¿dónde he metido los contratos de responsabilidad?

<>, piensas y dibujas una sonrisa traviesa en tu semblante.

—Sí, estoy seguro de que la seguridad es tu máxima prioridad. Dame un paquete de cohetes. —Y el taumaturgo cierra así el trato colocándose dicho artefacto sobre sus prendas de tejido de escarcha.

Sus truculentos tratos terminan y de nuevo vuelves a escuchar la algarabía de la cubierta, el viento arañando el casco y su brisa acariciándote la piel. Afortunadamente no sueles marearte en embarcaciones oceánicas ni aéreas. Todo parece en calma durante el trayecto mientras una mancha negra se dibuja en la distancia. Crees que será una nube densa, pero lo que desdeñas su importancia hasta que oyes la voz preocupada de Muradín.

—¿Qué demonios es esto? ¡Tripulante, mi catalejo!  —El enano inspecciona las sombras en la distancia hasta que descubre la verdad—. ¡Por mis barbas, la Horda navega a toda máquina!  —Inmediatamente cambia de posición, dirigiendo la milicia de El Rompecielos—. ¡Acción evasiva! ¡A las armas!

Te levantas de inmediato y oteas el horizonte. El barco volador de la Horda, el Martillo de Orgrim, se aproxima a gran velocidad hasta que se sitúa junto a vosotros. Varios lanzahachas se alinean en cubierta para atacar a distancia. Sus armas arrojadizas se cobran a las primeras víctimas y el casco queda dañado.

—Cobardes, nos pilláis por sorpresa. —Se lamenta el enano.

Una voz imponente resuena desde el otro barco. El viento a favor arrastra el sonido de sus palabras.

—Ésta no es tu batalla, enano. Atrás o tendremos que destruir vuestro barco.

Una figura que denota poder capta vuestra atención. No le reconoces, pero algunos de tus compañeros sí y pronuncian su nombre entre susurros ahogados y exclamaciones de asombro. El orco que os amenaza no es ningún cualquiera. Se trata del Alto señor supremo Varok Colmillosauro, máximo responsable de la guardia Kor’kron, hermano de Broxigar, héroe caído de la Horda, y padre de Dranosh, fallecido frente a las Puertas de Cólera.

—¿Que no es mi batalla? No sé quién te crees que eres, amigo, pero tengo un asunto pendiente con Arthas y no te vas a poner en mi camino —replica el enano enfurecido—. ¡Disparad! ¡Fuego! ¡Fuego!

El orco contraataca de inmediato.

—¡Atracadores, sargentos, atacad!

Pronto vuestros cañones son ocupados por artificieros que reciben escudos de protección de los paladines y los sanadores del grupo. Las balas de cañón hacen retroceder a los atacantes de la cubierta enemiga y la estructura de su navío también comienza a sufrir daños.

—Nos están dañando el casco, ¡traed un mago de batalla aquí para acabar con esos cañones!

El mago obedece y se posiciona en cubierta, a una distancia prudente de los ataques, pero lo suficientemente cerca como para que sus hechizos os den alcance. Invoca el poder del hielo y mediante la congelación profunda inutiliza vuestra artillería. Todos vuestros cañones se hallan ahora bajo enormes bloques de hielo.

—¿Qué es esto? ¡No derribaréis la nave de este hijo de Forjaz sin luchar!

Por si esto no fuera suficiente, vuestra situación empeora aún más. El mago abre un portal en vuestra cubierta y una multitud de soldados hordas aparecen en vuestro barco al atravesarlo. Reaccionáis rápidamente y les atacáis frente a frente. Decidís usar las armas, pues teméis que los hechizos dañen aún más vuestro barco.

En medio de la confusión, aciertas a ver al taumaturgo que hizo el trato con el goblin. Aprieta el botón de su artefacto y se eleva en el aire gracias a la propulsión de sus cohetes, aterrizando en la cubierta enemiga para asombro de todos. El súcubo reaparece a su vera seduciendo a los atacantes cercanos, que corren desorientados en todas las direcciones. El brujo prepara una descarga de las sombras para, a continuación, drenar la vida y el maná del mago, que cae al suelo inconsciente. Colmillosauro se percata tarde y aunque intenta atacar a vuestro intrépido hechicero, él acciona de nuevo el artefacto y vuelve a vuestro lado sano y salvo.

<>, ríes mientras continuas disparando flechas a una velocidad alarmante que acabará con tus suministros en pocos minutos.

Las bolas de fuego y las ráfagas de lava de magos y chamanes descongelan los cañones, que son utilizados de nuevo. La Horda comienza a ponerse nerviosa, pues ahora tomáis ventaja en la batalla.

—¡Lanzahachas, más rápido! —grita Colmillosauro.

Pero vuestros tiradores han elegido su objetivo con inteligencia. En lugar de atacar a los combatientes han preferido acabar con la estructura que los sostiene. La cubierta y los motores no pueden continuar el vuelo con los daños recibidos y el Martillo de Orgrim inicia su retirada para un aterrizaje forzoso.

Toda la tripulación vitorea ante la retirada del enemigo y Muradin alardea de la victoria.

—No digáis que no lo avisé, sinvergüenzas. Adelante, hermanos.

Con algún que otro vaivén, el barco dañado de la Alianza alcanza por fin la cima de la Ciudadela. Muradín y cuatro de sus marinos desembarcan en primer lugar.

—¡Ha sido una batalla encarnizada! Tomemos un momento para descansar y recuperarnos. ¿Quién sabe que hay tras esa puerta?

Hacéis caso a vuestro superior y os detenéis para recuperar el resuello. Intentáis revitalizar vuestra salud y vuestra energía mediante diversas provisiones. Los magos reparten strudel de maná mágico y algún generoso comparte su festín de pescado con los hambrientos. Sacerdotes, chamanes y paladines invocan conjuros curativos y los versados en primeros auxilios intentan tratar fracturas o heridas sangrantes. Otros aprovechan para reparar sus escudos y afilar el filo de sus armas. Tú recargas las flechas de tu carcaj mientras miras con preocupación los paquetes restantes. Has gastado una cuarta parte de las flechas con las que te aprovisionaste. Te lamentas por no disponer de mayor arsenal, pero el espacio de tu mochila es limitado y estimaste conveniente transportar también brebajes y pociones curativas.

Muradin se pone en pie, por lo que, para vuestra desgracia, el descanso se da por concluido. El enano da la orden para avanzar.

—Entonces vámonos, sali…

La puerta se abre con un sonoro estruendo y una figura cadavérica la atraviesa a gran velocidad, interrumpiendo al enano. Vuestro siguiente enemigo os aguarda, tan temible como el resto.

Siguiente: Capítulo 4

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