Una profecía misteriosa. Una reunión familiar. Un extraño presentimiento.

Microrrelato participante en “Inventízate” de El Libro del Escritor del mes de julio, inspirado en el inicio del manga Ayashi No Ceres (la leyenda celestial).

Requisitos:

a. Debe aparecer el incidente desencadenante en el relato.
b. El final debe ser abierto.
c. Unos cubitos de hielo deben tener un papel fundamental el desarrollo del incidente desencadenante.
d. Límite de palabras: 500

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<<La torre del campanario repica agónica su último canto, mientras las llamas púrpuras consumen los maderos desgastados que la soportan. El fuego helado envuelve el firmamento. Las estrellas, espejo de sueños, observan silentes el capricho de un destino maldito. Los ojos dorados despiertan de su letargo>>.

Cerré aquel libro de folclore que había tomado prestado de la librería del abuelo y bajé por la escalera de caracol del viejo caserío.

Muchos años habían pasado desde la última reunión familiar, por aquel entonces yo apenas era una niña que se escondía tras los faldones de su abuela y jugueteaba con sus trenzas mientras el resto conversaba y la música del arpa inundaba la estancia.

Pero aquella reunión era distinta, la seriedad poblaba los rostros de los congregados y un mal presentimiento me envolvía. La gente me evitaba y mis oídos alcanzaban cuchicheos de un misticismo impropio de nuestra era.

—…el día de la concepción coincide con la noche sin estrellas.

—La profecía…

Me aparté para sentarme junto a mis primos, que distraídos jugueteaban con sus dispositivos electrónicos. El mayordomo nos sirvió en silencio, dejando caer dos cubitos en cada bebida. Me pareció ver a mi madre manoseando los botones de su chaqueta, como siempre que se ponía nerviosa.

Revolví con la pajita el té helado. Los cubitos se consumían deprisa en aquel atardecer de verano. Levanté la vista y observé que muchos me miraban. Bebí únicamente por evadir sus miradas. Grave error.

Sentí fuego atravesando mi garganta. Descendía como un clavo ardiendo, urente y lancinante. Tosí y me agarré el cuello, levantándome tambaleante. Mi visión se tornó borrosa, como si el mundo girara demasiado deprisa o yo demasiado despacio. Todo comenzó a temblar y quise gritar, pero lo que salió de mi boca no fue mi voz.

Los cristales estallaron en mil pedazos: lámparas de araña, copas, vasos y ventanales esparcidos por doquier.

—¡Es ella! —gritó un dedo acusador—. Es la portadora del ángel caído.

—El agua bendita ha revelado al demonio de su interior.

Entre siluetas desdibujadas atisbé el té derramado con el hielo consumido. ¿El agua de su interior había sido bendecida por el reverendo?

Un centenar de escenas inconexas se apoderaron de mi mente, obligándome a cerrar los ojos. Volví a gritar tratando de escapar de lo que no comprendía. Algo cortante rozó mi mejilla y los abrí de nuevo. El cañón de una pistola me apuntaba de frente. Nunca supe si erró el disparo o lo esquivé por instinto.

Mi cordura colapsó después de aquello. Apenas lo recuerdo, solo que entre gritos y llantos desplegué mis alas negras y escapé por los ventanales rotos, guiada por una conciencia que no era mía. Recuerdo la torre del campanario envuelta en llamas heladas repicando la hora del crepúsculo.

Desperté tiempo después junto a un estanque, con sabor a ceniza y sangre. Corrí a lavar mi rostro. Unos ojos ambarinos centelleaban en mi semblante. Mi reflejo sonrió sin que yo curvase los labios.

Itilien había despertado.

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