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EL SACRIFICIO (FASE FINAL)

—No tienes escapatoria, Gul’dan. Ríndete ahora y te daré una muerte rápida —sentenció Varian lleno de resentimiento. El dolor por la muerte del paladín consumía sus entrañas.

El brujo orco se burló de su amenaza. La fortaleza enemiga relampagueaba de forma siniestra.

—No pretendo huir, humano. Serás tú el que no podrá escapar de mi maestro. ¡Contempla el verdadero poder de lord Sargeras!

Una explosión secundó las palabras del orco. La nube de polvo se desvaneció mostrando decenas de canes del terror e invasores viles, que formaban una barrera entre el brujo y los guerreros de la Alianza. El rey de Ventormenta no se amedrentó.

—Manteneos firmes, ya hemos roto su formación antes y lo haremos de nuevo. ¡Cargad!

La Alianza comenzó el ataque. El clamor de sus gritos de guerra y el entrechocar del acero hendieron la atmósfera. Los demonios no tardaron en caer, tal y como lo habían hecho en la playa. La victoria envalentonó a los guerreros.

—Nunca caeremos ante ti, Gul’dan —proclamó Varian con orgullo—. Hoy triunfarán las fuerzas de Azeroth unidas.

—¡Deja de hablar y mátalo, Wrynn! —gritó una iracunda Sylvanas desde lo alto de la cresta, donde ella y sus arqueras ayudaban a la Alianza con disparos certeros.

El brujo interrumpió la conversación. Se dirigió a ellos con altivez y desdén, pues poco le importaba la valía de aquellos guerreros, no eran más que seres inferiores ante sus ojos, pues nada podían hacer contra el poder del titán corrupto ni su ejército demoníaco.

—He visto el fin de tu patético mundo —le dijo a Varian—. Pereceréis bajo el fuego vil, como lo hicieron diez mil mundos antes que el vuestro. La Legión es infinita.

Una nueva horda se unió a la contienda.

—¡Por Gnomeregan! —gritó Mekkatorque.

La fortaleza de Varian no decrecía.

—No importa cuántos demonios nos envíes; acabaremos contigo, monstruo.

Una nueva oleada de demonios se materializó frente a Gul’dan. Decenas, no, cientos de demonios habían acudido a la llamada. Pero no se trataba de vilezas de baja estofa, sino de poderosos señores demoníacos. Figuras de sobra conocidas, demonios hace tiempo derrotados, villanos innombrables, enemigos temibles.

—Regresamos —proclamó Lord Jaraxxus arrastrando las palabras, disfrutando de la maldad implícita en el mensaje, de las atrocidades que su mente imaginaba y su cuerpo ansiaba por llevar a cabo.

—A conquistar este mundo insignificante —completó Brutalius.

—Que no quede nada. —La voz de Tichondrius el Ensombrecer estaba cargada de desprecio.

Las fuerzas de Azeroth palidecieron ante su llegada. Apenas habían sido capaces de derrotarlos en el pasado en solitario, pero ahora, unidos…

Perderían.

Perderían y nada podía hacerse para evitarlo. Su mundo había sido condenado. Azeroth sucumbiría a la Legión Ardiente y sus restos se esparcirían por el cosmos como cenizas olvidadas.

—¿Lo ves ahora? —preguntó el brujo orco, deleitándose con la mirada ensombrecida de sus rivales. El brillo de sus ojos se habían apagado por completo, y el miedo y la desesperanza habían ocupado su lugar—. El destino de este mundo es inevitable. No se puede detener a la Legión. Y ahora… caeréis.

La oleada demoníaca avanzó mientras la Alianza se defendía a duras penas. Las flechas de Sylvanas y sus arqueras surcaron el aire, acabando con la vida de varios murciélagos en su trayectoria, pero su número apenas se vio resentido.

Varian intentó envalentonar a sus guerreros, mientras frenaba con el filo de Shalamayne el hacha de un acechador vil que buscaba su pescuezo.

—¡La victoria está cerca! ¡Aguantad!

Sus palabras intentaron insuflar algo de esperanza a sus hombres, pero la visión de aquella horda infinita de enemigos había minado su moral. Si su monarca lo pedía, morirían combatiendo, seguros de que no había victoria posible en aquella lucha.

Varian no tenía intención de rendirse. Lucharía con todo lo que tuvieran. Por Tirion, por todos los que habían caído. Por su hijo. Por Azeroth.

—¡Mekkatorque! Ha llegado la hora. Llama a la nave.

Era el momento de atacar con todo lo que tuvieran. El Abrasacielos, el buque insignia de la Alianza, estaba equipado con todo el armamento pesado que poseían. Capitaneado por la Almirante del Cielo Rogers, constituía su mayor fuerza militar.

—Enseguida, señor. Transangulando nuestra posición de inmediato —dijo activando varios de los botones de su maquinaria robótica.

—¡Gen! —llamó a continuación. El lobo gris se encontraba demasiado ocupado rematando a un demonio caído. El rey de Ventormenta tuvo que volver a gritar—. ¡Gen!

—¿Señor? —Esta vez su llamada había alcanzado a su objetivo. Su mirada ambarina identificó la figura de Varian y avanzó hacia él.

—¡Avanzad! —ordenó al resto de sus filas. Varios murciélagos se abalanzaron sobre los dos reyes. Sus increíbles reflejos les permitieron agacharse a tiempo y cercenar a las bestias—. ¡Y que Brisaveloz despeje el cielo! —concluyó Wyrnn. Necesitaba la ayuda conjunta de la Horda para que el plan tuviera éxito.

El viejo lobo escrutó el risco buscando a la arquera no-muerta. Justo entonces, el sonido de un cuerno horda atravesó el cielo. Un sonido que destruía cualquier oportunidad de contraataque. Era un aviso de retirada. La Horda les abandonaba.

Las arqueras se retiraron de aquel acantilado, así como el resto de sus combatientes. La Alianza estaba sola, abandonada a su suerte.

—No… —La mirada de Varian observó cómo sus siluetas se perdían en la distancia—. Sylvanas… —lamentó con apenas un hilo de voz. Una enorme pena asoló su rostro. Le había confiado sus defensas y la Horda les había traicionado, de nuevo.

—¡Lo sabía! ¡Sabía que no era de fiar! —Cringris apretó sus colmillos mientras lanzaba una mirada iracunda al risco y después a su compañero. Tenía más motivos que nadie para odiar a Sylvanas. Había desconfiado de su palabra desde el comienzo.

Varian continuó mirando aquel risco unos segundos más, esperando en vano que el arco de Sylvanas reapareciera entre las rocas. Se sentía abandonado y traicionado, sus esperanzas hechas añicos al confiar en la persona equivocada.

Los motores del Abrasacielos rugieron al acercarse a su posición. El barco comenzó a disparar con sus potentes cañones.

—Sin la Horda nos aplastarán. ¡Hay que retirarse! —instó el rey de Gilneas.

Varian miró a su alrededor. Sus soldados no podían hacer frente a lo que se avecinaba. Obligarlos a seguir batallando era hacerlos morir en balde, pues ahora mismo el filo de sus armas apenas podía marcar la diferencia. La zona que la Horda había mantenido a raya se unía a las filas demoníacas. Su supremacía era infinita. Sin la ayuda de la Horda…

—Subid todos a la nave —ordenó sobreponiéndose a la frustración, mientras colocaba su arma sobre su espalda. La lucha debía finalizar.

—¡Retirada! —gritó Cringris.

Varian continuó escrutando las filas demoníacas, mientras lanzaba una mirada asesina. La Alianza debía retirarse aquel día, pero volverían. Volverían a por la victoria.

Ascendió por la escalera de cuerda sumido en estos pensamientos.

Gul’dan rió ante la retirada de las fuerzas nobles de Azeroth. Había ganado, su ejército era imparable. Pero no se contentó con verles humillados huyendo como insectos, quería demostrarles que nadie podía escapar de su renovado poder. Elevó su bastón al cielo e invocó una nueva maldición. Una torre de luz cetrina se elevó al cielo y un enorme agujero se abrió en el cielo, justo sobre la fortaleza demoníaca. De él emergió una bola incandescente de un tamaño descomunal, que cayó como un proyectil en llamas, justo en la dirección del Abrasacielos.

—¡Nos atacan! ¡Todo a babor! —gritó el lobo gris.

Los soldados se apresuraron a cambiar la dirección del navío volador para evitar la colisión, pero el mero impacto del meteoro sobre las islas provocó una ráfaga intensa que tambaleó el barco. Muchos soldados salieron despedidos del navío y perdieron la vida. Varian, que todavía se encontraba ascendiendo por la escalera, pudo sujetarse a duras penas.

Pero aquel meteoro no era únicamente una roca lanzada contra la tierra. De aquella explosión emergió un demonio de un tamaño colosal, cuya altura rivalizaba con la prístina Catedral de la Luz de Ventormenta. El demonio alcanzó el Abrasacielos y destruyó gran parte de la cubierta al sujetar la borda con sus garras.

La cuerda sobre la que se sostenía Varian se tambaleó junto al coloso. Cringris se apresuró a socorrer a su compañero.

—¡Varian, dame la mano! —gritó recobrando su forma humana.

El coloso arrastraba la nave hacia él, intentando volcarla. La nave se había desestabilizado debido a los daños recibidos en cubierta, los soldados y tripulantes apenas podían mantenerse sobre ella, pues el demonio tiraba del navío hacia abajo.

—¡Estamos atrapados! —gritó un soldado presa del pánico.

Varian observó a sus hombres desde su posición. Sus soldados, quienes le habían entregado su vida y su lealtad, quienes le habían acompañado a multitud de batallas, gritaban presas del pánico, luchando por aferrarse a los restos del entablado para no caer al vacío. No merecían un final así, una muerte entre gritos asustados, sin gloria ni honor, sin sentido. Una muerte provocada por la crueldad de un decrépito orco.

El rey de Ventormenta miró fijamente a aquel engendro demoníaco, mientras mil pensamientos asolaban su mente. Dudó unos instantes, pero su corazón disipó la duda.

‹‹Es lo que debó hacer››, pensó mientras cerraba los ojos, recordando todo lo bello y bueno que la vida le había concedido. La voz de Cringris apremiándole para subir se perdió entre aquellos pensamientos, como un eco lejano.

—¡Varian! —repitió desesperado el viejo guerrero, mientras le tendía la mano.

Varian abrió sus ojos de nuevo, unos ojos llenos de determinación y de fuerza. Viró y se impulsó para alcanzar la mano de Genn, pero en lugar de aferrarse a ella, le entregó un valioso documento.

—Dáselo a mi hijo —rogó. Cringris sintió un escalofrío. Sabía lo que significaba aquella petición, pero no discrepó. Su compañero había tomado una decisión. No tenía derecho a rebatirla.

Varian soltó la mano del viejo lobo y se dejó caer al vacío. Viró en el aire con el impulso de la caída y desenvainó el arma que portaba a su espalda. El núcleo de la hoja brilló al rojo vivo. Con su fuerza y la ayuda del impulso aéreo, incrustó su filo en el cráneo del demonio, quebrando su protección y abriendo una brecha por la que manó sangre vil a borbotones. El demonio soltó el navío para defenderse.

—¡Vamos, vamos! —Cringris ordenó a los navegantes que estabilizaran el Abrasacielos y huyeran cuanto antes de aquel monstruoso lugar. Varian les había concedido una oportunidad a cambio de su vida. Si fracasaban, su sacrificio carecería de sentido. Con un tremendo dolor en el pecho, Cringris comandó el navío, dejando atrás a su camarada.

El grito del gigante demoníaco reverberó por las islas, mientras intentaba sostenerse con las cuatro extremidades, doblegado ante el filo de Shalamayne. Varian hincó aún más la espada en su cráneo. El demonio explotó mientras su tez se desangraba.

La explosión lanzó a Varian a tierra, permitiéndole ver cómo el Abrasacielos escapaba veloz. Se sintió orgulloso. Lo había conseguido.

Entonces miró atrás, hacia la horda demoníaca, la legión infinita de Gul’dan. Apretó los dientes y los miró lleno de odio. No sobreviviría entre sus enemigos, pero acabaría con todos los que pudiera mientras su corazón siguiera latiendo.

Se puso en pie y separó su arma en dos filos. Con un grito de batalla se lanzó a la lucha, rebanando a pares a sus enemigos. Gul’dan ordenó a sus esbirros atacar al humano. Eran demasiados.

Uno de ellos consiguió desarmarle, y a duras penas consiguió frenar el embate de su hacha con la única espada que le quedaba. Escuchó la pérfida risa del orco al ver que los enemigos le reducían. Pero Varian no había terminado. Empujó al demonio que le acorralaba y se abrió espacio para continuar la lucha. El filo de Shalamayne se incrustó en el vientre de aquel indeseable y Varian tuvo que propinarle una patada para liberar su filo. Recuperó su posición de combate para abatir al siguiente enemigo, cuando…

Dos espadas perforaron su hombro izquierdo y la parte derecha de su abdomen. El dolor despertó en su cuerpo, como una estaca ardiendo. Su boca se impregnó del sabor metálico de la sangre y su visión se tornó borrosa. La fuerza de su mano se desvaneció, y la espada que sostenía resbaló. Su fuerza le abandonaba, sus piernas se doblaron, arrodillándole frente al orco.

Gul’dan saboreó el momento. El líder de la Alianza se hallaba moribundo frente a él, su pecho sangraba y respiración apenas se mantenía. Le miró fijamente a los ojos mientras sonreía e invocaba una esfera vil en su mano.

—Tu pueblo te recordará como el rey que sacrificó su vida… por nada.

Aquella despreciable afirmación ahondó en el guerrero. Respirando con dificultad elevó su rostro para clavar su mirada en la del orco. Sus ojos relampagueaban invictos.

—Por… la Alianza.

Su corazón palpitaba lleno de orgullo. Moriría por aquello en lo que creía. Por darle una oportunidad a su gente. Un futuro a su hijo.

La mirada desafiante del Varian, así como sus palabras, molestaron mucho al brujo. Quería ver al humano suplicar por su vida, dejarse llevar por el pánico que conlleva la proximidad de la muerte. Pero los ojos de Varian no se acobardaban ante su presencia. Brillaban, brillaban llenos de vida, como si hubiesen conseguido la victoria. Frunció el ceño. Se encargaría de cerrar aquella arrogante mirada para siempre.

Gul’dan introdujo el orbe vil en el vientre del humano. Varian gritó mientras su cuerpo temblaba, contraído por el dolor. La magia vil perforó su carne y se introdujo en su interior. Aquel poder oscuro se esparció por cada rincón y su cuerpo se vio atravesado por un millar de vetas verdosas que relampagueaban como el cielo contaminado.

Su cuerpo no pudo soportar aquella enorme cantidad de energía diseminándose por su interior, y tras un grito desgarrador, se desintegró por completo.

El gemido de su garganta, así como la posterior explosión, fueron percibidas por los tripulantes del Abrasacielos. El grito de Cringris se unió a la tragedia, pues el monarca sintió que una parte de su pecho moría con él.

El navío se perdió entre las nubes, dejando atrás a sus caídos, sus esperanzas, su monarca, su líder, su salvador.

Las Costas Abruptas quedaron en silencio mientras la atmósfera vil las consumía. Mientras el brillo de Shalamayne se apagaba, para siempre.

Siguiente: Capítulo 4

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