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La Alianza unida (Fases 5-8)

El rey se mostró aliviado al recibir refuerzos, pues sus caballeros y sacerdotisas habían luchado hasta el límite de sus fuerzas y empezaban a retroceder. Una gran sonrisa iluminó su rostro al reconocer a dos viejos amigos.

—Gen, Jaina, me alegro de veros.

—Lo mismo digo —respondió Gen curvando los labios. Había estado muy preocupado por su compañero.

Sin embargo, los demonios no les concedieron tregua durante el reencuentro, sino que siguieron atacando con la misma fiereza. Un portadolor Mo’arg de varios metros de altura cortaba el paso a los hombres de Varian junto a los cadáveres de dos de sus monstruosos compañeros. El ejército enemigo no parecía menguar sus filas, pues cada vez acudían más indeseables.

—¡Tenemos que destruir ese portal! —chilló Gelbin con una voz estridente y aguda. Tenían que bloquear la puerta de entrada demoníaca para impedir que su número se multiplicase.

Jaina les contó satisfecha lo que había descubierto en la playa.

—Los cristales de anclaje son la clave. —Se giró hacia su rey—. Llévanos hasta arriba y nos encargaremos de él.

Varian dio la orden de inmediato.

—¡Formad, Alianza! Que retrocedan al portal. ¡Por Azeroth!

Aquel grito de batalla pareció renovar las energías de sus soldados. Todos cargaron contra el último portadolor que quedaba en pie.

—Centraos en los cristales —ordenó Jaina mientras sorteaba las púas rocosas que emergían del suelo allá donde el monstruo las había invocado.

Más adelante descubrieron varias esferas flotantes en cuyo interior se encontraban los famosos cristales. Cada uno de ellos vinculaba su magia a una mujer Eredar, que ejercía la tarea de guardia del caos. En cuanto los cristales se vieron amenazados, las Eredar se unieron a la lucha conjurando descargas de caos. Comparados con los demonios de la playa, no constituían una gran amenaza. Pronto sus cuerpos cayeron, haciendo que su inerte piel carmesí contrastara con el resplandor enfermizo de las islas.

Al caer el último cristal, el portal demoníaco explotó y su realidad distorsionada desapareció, impidiendo que los refuerzos de la Legión Ardiente lo utilizaran para engrosar sus filas.

A pesar de este logro, Varian no estaba conforme. Todavía quedaban demasiados enemigos.

—Sanad a los heridos —ordenó a los usuarios de la Luz—. Tenemos que movernos.

Las fuerzas de la Alianza cambiaron de dirección y tomaron el camino que se adentraba en el corazón de las Islas Abruptas.

Los demonios habían tomado posiciones en aquel lugar. Los artefactos de guerra de la Alianza habían sido destruidos y sus restos se esparcían por las inmediaciones junto a los cuerpos inertes de muchos guerreros. Jaina dio un paso atrás.

—¿Qué ha ocurrido aquí? —preguntó horrorizada.

—¡Ocurrió en segundos! —se justificó Gelbin—. Nos abríamos paso hasta la orilla cuando de repente… ¡Bum! Explosiones de energía por todas partes. —Extendió los brazos señalando a los alrededores—. Y estos edificios han surgido llenos de demonios. No sé cómo vamos a hacerlos retroceder a este paso.

El rey de los gnomos se mostraba abatido ante la abrumadora cantidad de enemigos. Varian se colocó a su lado y, con gesto decidido, pronunció:

—Demonio a demonio. —El rey de Ventormenta no pestañeó, estaba decidido a luchar hasta que sus fuerzas le abandonasen—. ¡Alianza, vamos a arrasar esta ciudad vil en un soplo!

Los soldados necesitaban que sus palabras borrasen su desaliento, necesitaban verle al frente de la ofensiva, blandiendo con coraje a Shalamayne mientras su filo rebanaba los cuerpos de los demonios. Sí, necesitaban a Varian para ganar aquella guerra.

Una primera oleada de soldados salió a la carga, otros, más astutos, vieron una oportunidad para adueñarse de los cañones del enemigo, pues los de la entrada se hallaban desprotegidos. Se introdujeron en el interior de aquellos cañones móviles y comenzaron a utilizar aquel detestable fuego verdoso en su beneficio. Así podían atacar a distancia y con gran potencia a las estructuras lejanas, pues la artillería que portaban desde Ventormenta había quedado anclada en los barcos o destruida en la playa.

Los cañones móviles, que asemejaban a escarabajos gigantes, se adentraron en las líneas enemigas, consiguiendo causar grandes daños, acabar con un buen número de demonios. Un gran centinela demoníaco les atacó por la izquierda. Medía al menos cinco metros de altura, poseía unas enormes alas de murciélago, tan grandes como el resto de su cuerpo y su piel relampagueaba con un volcán de lava verdosa, que contrastaba con su armadura de acero.

La Alianza hizo retroceder por primera vez a los demonios. Algunos de los suyos habían caído presas del enemigo, siendo encerrados en prisiones de hierro o magia vil. Varian se arrodilló junto a paladín moribundo. Reconoció su emblema de inmediato.

—¿Eres de la Cruzada? ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Tirion?

La Cruzada Argenta se había unido a Varian nada más recibir las noticias de la invasión. Comandada por su fiel amigo Tirion Vadín, había viajado en uno de sus barcos, pero sus caminos se habían dividido al llegar a la costa. Amparados en su fe hacia la Luz y su coraje, se habían adentrado en aquella barbarie vil. Desde que había iniciado la lucha no había vuelto a encontrarse con ninguno de sus miembros.

—No lo sé, se nos echaron encima en cuestión de segundos. —El portador del Alba Argenta negó con la cabeza, apesadumbrado—. Fuego vil por doquier…

Recordaba con horror aquel infierno caótico. No habían tenido tiempo de reaccionar. Los ojos del guerrero se llenaron de lágrimas y apretó los puños. Al hacerlo un dolor punzante recorrió su costado izquierdo, allá donde sus costillas se habían roto. Apretó los dientes para contener el gemido. Genn se aproximó y pasó su mano sobre su hombro.

—Ahorra fuerzas. Lo encontraremos.

Varios soldados gilneanos se acercaron para trasladar al herido al campamento improvisado en la playa. Jaina aprovechó que la facción se separaba de la batalla.

—¡Buscad supervivientes! ¡Salvad a cuantos podáis! —les ordenó, más como ruego que como mandato.

Los demás siguieron su avanzada entre la Legión Ardiente. Más prisioneros fueron liberados.

—¡Por la Luz! Me alegro de verte —pronunció una portadora del Alba Argenta cuando la puerta de su prisión se abrió.

—¡Salieron de la nada! —se justificaba otra por aquella capturada que consideraba deshonrosa.

De este modo, las fuerzas de la Alianza aumentaron, pues la mayoría no aceptó retirarse al refugio de la playa. Habían viajado hasta allí para luchar contra los demonios y era lo que harían.

Finalmente, la presión ejercida hizo que la Alianza alcanzase el corazón del asentamiento. Los señores demoníacos, viéndose sobrepasados, desaparecieron envueltos en un aura vil.

—Se retiran —declaró un escéptico Cringris.

—Presiento que la lucha no ha terminado aún. —Varian no quería cantar victoria demasiado pronto.

Los demonios siguieron desvaneciéndose frente a ellos. Todos se dispersaron para inspeccionar la zona. Jaina avistó algo desde lo alto del promontorio.

—¡Varian, lo encontré! ¡Al otro lado del barranco! ¡Tirion!

La vista de la maga era realmente aguda. El paladín se encontraba al otro lado, más allá de una cueva abierta de bordes escarpados y estalactitas abruptas que se abría frente a ellos. Su cuerpo levitaba en el aire, envuelto en un resplandor vil. ¡Estaba en apuros!

—¡Todas las fuerzas, con Jaina! —ordenó Varian. Si quería salvar a su amigo debían darse prisa.

—Yo me encargo —asumió la maga.

Concentró sus fuerzas para crear un puente helado que les permitiera cruzar el abismo que les separaba. Una ráfaga helada cubrió el barranco y el puente se materializó ante ellos.

Las fuerzas de la Alianza lo atravesaron con premura, cruzando aquella caverna repleta de murciélagos durmientes y jaulas oxidadas. En su trayecto descubrieron los cadáveres de la mayoría de los miembros de la Cruzada. Cerraron los ojos un instante en señal de respeto y pesar.

El camino se ensanchó hasta formar una plataforma circular. Frente a ella se hallaba el Alto señor Tirion Vadín, suspendido en el aire sobre la lava vil, luchando en vano por liberarse de las ataduras. El causante de aquello no podía ser otro que Gul’dan, quien tejía con sus manos aquella energía vil que sofocaba el cuerpo del paladín.

—Tirion… —exclamó el rey de Ventormenta con la voz entrecortada.

Las fuerzas de la Alianza no eran las únicas que habían hallado al paladín. Toda la Horda se encontraba al otro lado del mar de lava, contemplando la escena con horror mientras dirigían sus miradas de odio al brujo orco. Y pensar que aquel engendro había pertenecido a los suyos…

—¡Gul’dan! ¡Pagarás por esto! —gritó la Reina Alma en Pena.

—Atrás… Es una trampa… —Intentó advertir el paladín mientras luchaba contra las ataduras—. La Luz me protegerá…

El brujo orco se burló de la convicción con la que había pronunciado esas palabras. El poder de su fe poco tenía que hacer contra la oscuridad más absoluta.

—¡Ja, idiota! —Rió con maldad—. Estás ante el templo de un dios. Tu patética Luz no llega hasta aquí. Por suerte, tus amigos han llegado justo a tiempo para verte morir.

En ese momento un gigantesco demonio emergió del interior de la lava. Era mucho más grande que los demonios a los que se habían enfrentado en las islas. Asemejaba a un Eredar corrompido. Vetas de relampagueante energía vil recorrían su piel carmesí. Sus hombros y su cabeza se hallaban recubiertos de piedra volcánica, que refulgía con las mismas vetas verdosas, haciendo que su rostro se asemejara a un volcán a punto de entrar en erupción. Sus ojos destilaban odio, así como sus feroces fauces, que miraban al paladín como si fueran a arrancarle la tez de un momento a otro. Krosus era un demonio realmente aterrador.

—Destruidlo —ordenó Gul’dan con desdén, como quien aparta una mosca del rostro o a una hormiga del camino.

Una llamarada de fuego infernal salió de las fauces del demonio antes de que nadie pudiera dar un solo paso. El fuego asoló el cuerpo inmóvil del paladín, que se retorció de dolor mientras intentaba protegerse.

—La Luz… me… ¡Aah! ¡Aaaaah!

Un potente alarido emanó de la boca del paladín, un alarido que concentraba el dolor que experimentaba mientras era quemado vivo. Su agonía se palpaba en el aire y sufrimiento y su incansable lucha sobrecogieron a los presentes. Cuando aquel paladín silenció su grito todos supieron que el final había llegado. Las fuerzas que aprisionaban al guerrero de la Luz desaparecieron y el cuerpo de Tirion cayó a la lava ardiente, perdiéndose en su interior.

—¡Vadín! —gritó Thrall. Sus ojos no podían creer lo que acababan de contemplar.

—¡No! —Jaina rasgó el cielo con su grito de dolor.

Los guerreros de la Alianza estaban conmocionados, paralizados ante la barbarie que habían presenciado. Uno de sus valientes, uno de sus mejores guerreros, uno de sus venerados, acababa de caer ante sus ojos con insultante facilidad. La tristeza y el odio les embargaban. Gul’dan decidió resarcirse aún más ante su sufrimiento.

—Tanto trabajo, tanto sacrificio, solo para ver a vuestros campeones caer uno tras otro. —Se deleitó con aquella realidad, arrastrando las palabras.

Después decidió que ya no quería seguir contemplando sus rostros llorosos. Quería ver el pánico en sus ojos, quería que le suplicasen clemencia a él, el orco más poderoso.

—¡Matadlos! —ordenó a Krosus.

—Conoceréis el miedo —amenazó el demonio y su voz reverberó en los alrededores.

Pero el dolor y el odio ante el asesinato de su semejante reavivaron el espíritu de lucha y sus fuerzas emergieron de lo más profundo.

—¡Preparaos, Alianza, ahí viene! —dictó Varian, apretando con fuerza la empuñadura de Shalamayne mientras contenía las lágrimas en sus ojos.

Los guerreros comenzaron el combate cuando el coloso se aproximó al borde de la plataforma. Los gritos de batalla ensordecieron la escena y todos desplegaron sus habilidades. Las mazas y las espadas arremetieron contra su carne y los hechizos intentaron pulverizar la roca que le protegía. Los sanadores lanzaron hechizos de curación sobre la banda y escudos protectores para mitigar el daño del enemigo.

Krosus golpeaba el terreno con sus grandes puños, a la par que conjuraba una tormenta vil que lanzaba bolas de lava procedentes del escudo rocoso de sus hombros. El impacto de las bolas formaba charcos de lava que amenazaban con resquebrajar el terreno.

La Horda no se detuvo a contemplar la escena. Desde su extremo comenzó a enviar ataques a distancia. Las flechas de Sylvanas y sus arqueras impactaron sobre la retaguardia del enemigo, mientras sus hechiceros invocaban todo tipo de conjuros ofensivos. La insistencia de la Horda acabó por molestar al coloso, que detuvo sus embates contra la Alianza para cambiar de objetivo.

—¡Va hacia ti, Brisaveloz! —advirtió Varian al ver que Krosus giraba hacia la Horda.

—Vamos, Horda, que la Alianza vea como aniquilamos a los demonios. —Su voz espectral resonó triunfante mientras comandaba a su ejército.

El terreno tembló y de los charcos de magma originados por la lluvia de lava comenzaron a emerger nuevos enemigos.

—¡Surgen bestias del fuego vil! ¡Cuidado! —advirtió Jaina.

Krosus no iba a darle tregua a la Alianza mientras se ocupaba de la Horda. Aunque los canes y los elementales de fuego que emergían del magma no eran demasiado poderosos, su número era lo suficientemente elevado como para impedir que la Alianza acudiera al auxilio de su facción rival. Además los ríos de lava invocados por los centinelas viles añadían una complicación extra.

—¡Integridad de la estructura al 0%! —se oyó chillar a una estridente voz metálica. La maquinaria de lucha se había dañado por completo, ni los manitas de Gnomeregan podían repararla en ese estado.

A pesar de las bajas, la lucha continuó, pues los ánimos de los luchadores no decaían.

—¡Este es mío! —gritó Cringris abalanzándose contra un perro infernal.

—¡Regresa al Vacío! —chilló Mekkatorque mientras su robot acababa con un centinela ardiente.

—¡Este se va a quedar helado! —se burlaba Jaina mientras conjuraba una descarga de escarcha.

Krosus, furioso al ver que sus secuaces caían, cambió otra vez de dirección.

—Todo vuestro, Alianza —ofreció Sylvanas.

—¡Es nuestra oportunidad! ¡Todas las tropas, concentrad vuestros disparos!

Ambas facciones aunaron sus ataques. Krosus, confundido, comenzó a moverse en círculos en el interior de la lava, atacando a ambas facciones casi a la vez.

—Tienes otra oportunidad, Sylvanas —se burló Varian al ver el desconcierto del demonio.

—Tu trabajo aquí ha terminado, Wrynn —contestó la no-muerta atestando el golpe de gracia al coloso.

El cadáver de Krosus cayó sobre la lava salpicando los alrededores con un gran estruendo.

—Ja, cuanto más grandes son…

—No hay tiempo para regodearse, Wrynn —advirtió Sylvanas—. Tenemos que detener a Gul’dan antes de que invoque a otra cosa de ésas.

Varian asintió. Aunque aquel engendro había asesinado a Tirion, no era momento de regodearse, la batalla no había concluido, no hasta que la cabeza de Gul’dan se separase de su cuerpo.

—¡Cruzad todos el abismo! —ordenó el rey de Ventormenta.

La líder del Kirin Tor invocó otro puente helado para que el ejército de la Alianza avanzara.

—Tomaremos la cresta y cubriremos los flancos —prometió la antigua forestal.

—Gracias, Sylvanas —agradeció Varian.

—Buena suerte, Varian.

—Igualmente.

Horda y Alianza separaron sus caminos, unidos por una causa común. Sylvanas Brisaveloz y Baine Pezuña de Sangre desaparecieron tras la cordillera, seguidos por sacerdotes de Lunargenta y valientes de Cima del Trueno. Thrall y Vol’jin también atravesaron el puente escarpado, dispuestos a contener a la Legión Ardiente. La Alianza ascendió por la pendiente hasta alcanzar una gran planicie.

Sobre la Tumba de Sargeras, Gul’dan aguardaba sonriente.

Siguiente: Capítulo 3

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