Las huestes de la Legión Ardiente se apostan en las Islas Abruptas, preparadas para una cruenta invasión. El destino del mundo pende de un hilo. ¿Conseguirán los héroes de Azeroth detener la invasión demoníaca?

Novelización del evento preexpansión en las Islas Abruptas (versión Alianza).

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DESEMBARCO EN LAS ISLAS (FASES 1-4)

Una antigua amenaza había vuelto a emerger en Azeroth, comandada por alguien que debería llevar décadas muerto. Aquella escoria orca se había valido de sus artes viles y de un resquicio en las corrientes del tiempo para trasladarse a un mundo que no era el suyo, en una época que no le pertenecía. Gul’dan no había acudido solo, una ingente cantidad de demonios cubría sus espaldas. Un feroz ejército de sobras conocido: la Legión Ardiente.

Todo Azeroth era ya consciente de la amenaza, por ello los líderes de las naciones habían viajado a las Costas Abruptas para impedir que la Legión se afianzase en ellas e iniciase desde allí su devastadora invasión.

Combatientes de todas las razas y clases habían sido convocados para unirse a sus fuerzas. El Rey Varian Wrynn había enviado una misiva a todos sus seguidores:

Héroes de la Alianza, os escribo en el ocaso de Azeroth. Los ejércitos ardientes de la Legión han regresado del infierno.

Nuestras flotas parten hacia las Costas Abruptas de inmediato. Perforaremos las líneas de la Legión como una gran lanza y los devolveremos al vacío de donde salieron.

Vuestro barco aguarda en el Puerto de Ventormenta, daos prisa.

El Puerto de Ventormenta bullía en frenética actividad. Los muelles estaban repletos de barcos dispuestos a lanzarse a la batalla. Los reclutadores inspeccionaban sus listas para otorgar un lugar adecuado a los soldados en cada una de las embarcaciones. Los marineros iban y venían preparando todo lo necesario para la partida. Los guerreros ponían a punto sus armas y sus armaduras y se aprovisionaban de todo lo que les pudiera ser útil en batalla. Maestros armeros, boticarios y encantadores se habían congregado allí para prestar servicio a los guerreros de su monarca.

—¡Date prisa y termina de bendecir estas vendas! ¡Hay que mandarlas ya al frente! —ordenaba nervioso Alasdair Cumbrenivea.

Una parte de la Tercera Flota había partido ya hacia el sur de las Costas Abruptas.

—¿No han llegado noticias del frente? —preguntaba nervioso el oficial Carven. La falta de noticias siempre le hacía pensar en lo peor.

—Solo han vuelto unos cuantos exploradores y ninguno recientemente —contestó el oficial Blythe.

—Inquietante… —murmuró Carven meciéndose la barba. Aquello no era una buena señal. O bien se hallaban demasiado ocupados combatiendo a los enemigos como para enviar exploradores o no quedaba ninguno para hacerlo. El oficial negó con la cabeza para apartar esa funesta idea de su cabeza.

Varios marineros hicieron señas desde el otro lado del muelle. Los barcos estaban listos. Los soldados y los oficiales de mayor rango se apresuraron a ellos para zarpar cuanto antes. Si bien se negaban a creer que sus compañeros hubiesen caído ya, sí estaban seguros de que necesitarían refuerzos pronto.

La capitana Angelica comandaba uno de los navíos más veloces de la flota del León de Ventormenta. Tras dar la bienvenida a todos los miembros de su nueva tripulación, dio la orden para que el barco partiera. Los vientos del Este soplaron con fuerza y el barco inició su travesía hacia la batalla.

Pronto las aguas saladas que circundaban Ventormenta se vieron invadidas por el grueso de las fuerzas de la Alianza. Numerosos barcos avanzaban por mar mientras grifos y artefactos voladores lo hacían por cielo. Las campanas de la capital repicaron con fuerza para despedir a los combatientes, implorando a la Luz que los protegiera del mal que intentaban aplacar.

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Las jornadas de viaje se sucedieron en aquella travesía mientras los tripulantes más noveles deambulaban impacientes por cubierta, deseando desembarcar en aquellas costas plagadas de demonios.

Finalmente la travesía por el Mare Magnum llegaba a su fin.

—La navegación ha sido tranquila —declaró la capitana Angelica, satisfecha de que ningún contratiempo marino hubiera demorado su partida, y con tono serio añadió—. Infórmame de la situación.

El contramaestre Cantomar se posicionó frente a ella.

—El rey Wrynn y la Flota de Ventormenta han llegado hace unas horas. Los informes hablan de una lucha encarnizada.

—Llevo horas sin avistar una sola gaviota. —La voz de la capitana sonaba preocupada.

—Se respira vileza en el aire y vamos directos hacia ella —afirmó Cantomar taciturno.

Entonces avistaron la costa y sintieron cómo su corazón se sobrecogía ante tan aciago escenario. Un enfermizo resplandor verdoso cubría por entero la isla y unas monstruosas edificaciones negruzcas dominaban el terreno. La lava que surcaba su superficie también había sucumbido a la peste vil y envenenaba los caminos. Los primeros barcos que habían tomado la playa se hallaban completamente destrozados y sus restos se esparcían por doquier. Los cadáveres de sus compatriotas flotaban entre las aguas o yacían sobre la arena. Por fortuna, también avistaron los cuerpos sin vida de varios demonios, lo que avivó de nuevo su coraje.

La capitana Angelica dio la orden.

—¡Avanzad, barcos de la Alianza! ¡Dirigíos a la playa! Persistid, ¡las cosas se van a poner muy feas!

Los cañones cargaron para lanzar la primera ofensiva mientras se aproximaban. Los demonios esperaban en la orilla.

Pero algo desvió la atención de la capitana. Una columna de luz cetrina ascendía violentamente hacia el cielo desde el interior de una fortaleza incandescente. Las rocas gravitaban a su alrededor, presas del notable poder que despedía.

—Por la Luz, ¿qué es eso?

—Parece ser una gran fuente de energía vil —vaticinó Cantomar—. Nunca he visto nada parecido.

Los tripulantes, cansados de ser meros espectadores de aquella lucha encarnizada, saltaron al fin a aquellas costas manchadas de sangre para unirse a sus compañeros. Todos los recibieron con entusiasmo, pues la primera oleada de demonios les estaba presionando más de lo que hubieran deseado. La líder del Kirin Tor sonrió aliviada junto al viejo lobo de guerra.

—¡Los refuerzos de la Tercera Flota!

—¡Solo hay una forma de salir de ésta, Alianza, y es atravesando ese frente de demonios! ¡Cañones, fuego de cobertura! Todas las fuerzas, ¡a la carga! —Cringris vociferaba las órdenes a sus soldados. Los guerreros gilneanos apostados en cubierta respondieron rápido bombardeando a los gigantes demoníacos que se aproximaban.

Las fuerzas de la Horda también se hallaban batallando con dureza a poca distancia de la Alianza, concentrados en los descomunales seres que los atacaban. Por más que derribaran a sus atacantes, nuevas hordas de demonios emergían al instante, sin darles oportunidad de recuperar el resuello. La líder del Kirin Tor pronto comprendió que sólo con la fuerza jamás conseguirían frenar la invasión.

Jaina inspeccionó rápidamente los alrededores mientras invocaba tormentas de escarcha que caían como lanzas sobre los demonios. Su atención se centró en unas enormes estructuras en las que flotaba un anillo de cristales que irradiaban energía vil.

—Esos cristales parecen anclar las estructuras a nuestra dimensión. ¡Si los destruimos apuesto a que se derrumba toda la estructura!

—Esperemos que tengas razón —respondió Cringris transformado en huargen. Merecía la pena intentarlo.

Los conjuradores dirigieron sus hechizos hacia aquellos cristales que acabaron estallando en mil pedazos, mientras los guerreros contenían a los demonios y sorteaban las áreas de magia vil que sus enemigos invocaban bajo sus pies.

Los demonios se dieron cuenta del ardid demasiado tarde.

—¡Que no alcancen las puas! —gritó desesperado el comandante aterrador Arganoth con una voz gutural que hizo temblar las rocas. Pero la estructura había recibido daños severos y cuando el último cristal cayó al suelo, se desmoronó.

—¡Ha funcionado! —gritó Jaina llena de júbilo.

—Quedan dos… —La voz de Cringris denotaba satisfacción y preocupación. Ahora que los demonios habían averiguado su estrategia, reforzarían el resto de las estructuras.

Los guerreros de la Alianza se aproximaron con velocidad a la segunda estructura antes de que los demonios reordenaran sus filas. Repitieron sus ataques contra ella mientras otro pelotón se interponía entre ellos y el enemigo, haciendo las veces de escudo defensivo.

—¡Destruidlos! —repetía el comandante Arganoth.

La segunda estructura cayó y el entusiasmo de los guerreros de Azeroth se avivó.

—¡Uno más y la costa es nuestra! —celebró Genn. Si asentaban posiciones allí podrían afianzar sus fuerzas y dirigir mejor los ataques contra la invasión demoníaca.

Pero esta vez los demonios se anticiparon y dirigieron sus ataques hacia los taumaturgos que ya comenzaban a conjurar sus hechizos.

—¡Os dirigís a vuestra tumba! —amenazó Argaroth.

El terreno que circundaba la estructura ardió con fuego vil, impidiendo que los combatientes cuerpo a cuerpo se acercasen. El señor vil Rakkan sesgó con su hacha semicircular las vidas de muchos valientes con un torbellino letal. Los canes del terror atacaron con furia a los druidas transformados en osos y a las bestias que acompañaban a los cazadores. Los cañoneros de Forjaz y los magos de batalla del Kirin tor ocuparon la retaguardia para atacar los cristales sin sufrir daño, mientras los valientes de Azeroth batallaban contra la ofensiva demoníaca. Jaina congeló el fuego vil que rodeaba la estructura y varios guerreros pudieron acercarse para golpear los cristales. Un grupo de chamanes elementales también consiguió zafarse de sus enemigos y con sus descargas de relámpagos y sus ráfagas de lava terminaron el trabajo. La tercera estructura explotó haciendo temblar los alrededores.

Viendo el fracaso de sus compañeros y harto de observar el combate desde las alturas, el comandante Argaroth decidió descender y aplastar él mismo a aquellos insignificantes y molestos seres.

—¿Queréis enfrentaros al poder de la Legión? Que así sea, el maestro me recompensará por vuestras almas.

El gigantesco demonio descendió batiendo las alas. El suelo se agrietó bajo sus pezuñas, adquiriendo el fulgor verdoso de la magia vil.

—Por fin, basta de palabrería. —El rey de Gilneas estaba deseando hincarle el diente.

—¡Lo tenemos! ¡Centraos en su comandante! —ordenó Jaina.

El ejército se replegó y todos concentraron sus fuerzas contra el coloso.

—¡Alimentareis la forja de almas!

Argaroth sostenía con la diestra una enorme espada dentada cuyo tamaño comprendía fácilmente la altura de tres hombres. El demonio golpeaba a sus enemigos aprovechándose más de su peso que de su filo. Los sacerdotes intentaron proteger a sus compañeros mediante escudos mágicos que mitigaban el daño, mientras los paladines usaban sus manos de protección sobre otros. El coloso empezó a impacientarse al ver que sus ataques no causaban todo el daño que deberían.

—La Legión os aplastará. ¡Inferno! —gritó invocando a un infernal.

Jaina advirtió a los suyos de la nueva amenaza.

—¡Cuidado, infernales!

—Debisteis quedaros en casa —amenazó el rey de Gilneas a los golem demoníacos mientras arañaba con sus garras la roca que conformaba su cuerpo.

Argaroth se burlaba de los esfuerzos de sus atacantes.

—El maestro remendará mi carne una y otra vez. No habéis ganado. No podéis ganar. ¡Somos infinitos! ¡Somos legión!

Unas grandes bolas de fuego vil impactaron contra el terreno mientras el coloso continuaba invocando elementales. La batalla fue intensa, pero la Alianza no cedió. Finalmente, el comandante fue vencido y su cuerpo cayó haciendo temblar los alrededores.

—Volveré…

El comandante demoníaco no mentía. Sabían que aunque hubieran acabado con él en el plano físico, su espíritu se refugiaría en el Vacío Abisal y, tras un tiempo indeterminado, resurgiría de nuevo. Era imposible terminar con un demonio por completo. Sin embargo, el futuro del maligno no les preocupaba en aquel momento, pues ya tenían suficientes problemas en el presente.

Los valientes de la Alianza aprovecharon unos breves minutos tras la victoria para recuperar el aliento, reponer sus energías y su fuente de maná con diversos brebajes.

—¿Estáis todos bien? —preguntó Jaina.

—Quemado, pero vivo. —El lobo gris miró a su alrededor, lamentándose—. Hemos perdido buenos soldados.

—Les lloraremos más tarde. Hay que seguir antes de que lleguen los demonios.

—De acuerdo.

Apenas había tiempo para ocuparse de sus heridas o de los caídos. Sólo unos pocos, con heridas lo suficientemente graves como para impedirles seguir avanzando, se quedaron en la playa, al recaudo de los centinelas de Darnassus y los druidas gilneanos. Los cañoneros de Forjaz, los magos de batalla del Kirin Tor y la Guardia Real gilneana ascendieron por la colina junto a Jaina y Cringris.

—Las fuerzas de Varian deben de haber aterrizado al otro lado de esta colina. Esperemos que hayan tenido más suerte.

Cuanto más avanzaban, más visibles se hacían los estragos de la llegada demoníaca sobre aquellas islas. El suelo se había agrietado y la vegetación secado. Había resquicios de energía vil en cada rincón, como un vapor corrompido que se elevaba al cielo, marchitando todo cuanto rodeaba. Ambos se miraron con pesar.

—Nunca había visto a los demonios expandirse tan rápido.

—Yo tampoco, algo ha cambiado. Ésta no es la misma Legión a la que ya nos hemos enfrentado.

Al fin, alcanzaron la cima de la colina que terminaba en un abrupto acantilado. Desde allí se vislumbraba un panorama desalentador. Las islas estaban invadidas por hordas de demonios. Numerosas construcciones se alzaban sobre el terreno, así como máquinas de asedio. Diversas estructuras flotaban en el aire, disparando bolas de fuego sobre las embarcaciones o sobre los soldados que aún quedaban en pie. También se podían ver círculos mágicos flotantes y haces de luz cetrina cuya función aún desconocían. La palidez asoló el rostro de la maga mientras lo contemplaba y el calor la abandonó. Se sintió mareada.

—Oh no… —Apenas podía pronunciar palabra, aquello era… demasiado. ¿Cómo iban a hacerles frente?

—Esto no es posible, son demasiados… —Genn compartía los pensamientos de la maga. Era imposible que pudieran hacer algo para detenerlos.

Mientras la angustia y el pesimismo los invadían, escucharon una voz conocida en la lejanía. Otearon el horizonte hasta que atisbaron a su propietario. ¡Era Varian!

—¡Resistid, Alianza! ¡Hoy no caeremos! ¡Que retrocedan hasta el portal!

Sí. Varian se encontraba al otro lado de la colina rodeado de su ejército, o de lo que quedaba de él…

Se mantenía firme y feroz, ahuyentando de su mente aquella realidad desesperanzadora. El rey tenía esperanza, o al menos fingía tenerla frente a sus soldados, lo que avivaba su moral y les hacía mantener la cordura en aquel escenario de muerte y caos. El lider de los gnomos, Gelbin Mekkatorque, se encontraba a su lado.

—¡Varian! —gritó Jaina, a pesar de que el rey no podía oírla.

—¡Vamos! —ordenó Genn. Si no acudían pronto en su ayuda poco importaría el coraje de aquellos bravos guerreros.

Todos comenzaron a recorrer aquella abrupta cordillera lo más rápido que sus piernas o sus monturas les permitían, esquivando la lluvia ardiente que caía sobre el terreno, antes de que aquellas enormes bolas de fuego quebraran el camino bajo sus pies. La tarea se hizo aún más complicada cuando el camino se estrechó, haciendo que tuvieran que recorrerlo en fila mientras sorteaban la lluvia de meteoros. Un paso en falso suponía morir aplastado por ellos, o una larga caída hacia el abismo.

Siguiente: Capítulo 2

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