Dicen que el tiempo lo cura todo, pero no es cierto.

Crees que mitigará la pena, que embalsamará las heridas, que diluirá el dolor del recuerdo y ese agujero en tu pecho acabará por rellenarse. Pero pasan los meses y hasta los años y eres consciente del engaño, pues aquel agujero permanece y su pérdida pesa amarga, sin consuelo. Mas el tiempo actúa como un cruel espejismo que te priva del derecho a sufrir tu luto, pues la gente te mira compasiva al principio, pero olvida que el dolor permanece aunque tus lágrimas ya se hayan secado.

Y así deambulas, fingiendo que tu pecho no arde con cada latido, urente, mordaz, cruel y despiadado; obviando la visión velada de tu alrededor, que ahora se torna brumosa: tu mundo convertido en una película muda, en blanco y negro.

El tiempo pasa y el mundo sigue girando. Finges que giras con él, cuando en el fondo sabes que una parte de ti quedó atrapada en aquel día tachado de tu calendario, encerrada en aquella nívea habitación o en aquel jardín de almas, frente a aquella sepultura.

Rehúyes visitar aquel lugar que tan amargo recuerdo te ha dejado. Pospones visitar su tumba, excusándote en la falta de tiempo, cuando la realidad es que la visión de aquella lápida de letras áureas inmortalizando su destino y ese dulce epitafio que cubre sus restos, despiertan en ti el dolor más abyecto, una daga envenenada clavada al rojo vivo en tu pecho. Un dolor que se te antoja irrefrenable y que temes volver a experimentar. Y te escondes, porque saber que no está contigo es duro, pero leer su nombre esculpido en mármol te adolece hasta el delirio.

Y caminas por las calles disfrazada de normalidad, y cuando elevas la vista al frente evocas simples recuerdos, escenas cotidianas cuya grandeza no supiste apreciar en su momento, cuyo sonido no acertaste a saborear, y te lamentas por no haberlas atesorado lo suficiente. Mas poco importa la ternura de la escena ni el amor de ese recuerdo, todas ellas te conducen a la visión más injusta, la de su rostro sereno justo antes de espirar su último aliento, ante esa última bocanada que lo alejó de ti y de este mundo.

Y recuerdas lo cruelmente rápido que aquel manto pálido y frío cubrió su rostro tras su último latido, cuando la sangre se detuvo y aquella última lágrima rodó por su mejilla. Y la vida te devuelve una realidad irrefutable: nada es tan irreversible como la muerte.

Y tus lágrimas afloran en el lugar más insospechado. Brotan de tus ojos cuando estás sola, cuando te permites dar salida a ese sentimiento que albergas y que te niegas a compartir con el resto, por temor a contagiarlos o a que no sea comprendido.

Lloras silente, en la nocturnidad de tus sueños o cuando la casa queda vacía. Lloras encerrada en el baño de una vieja discoteca con la esperanza de que la música se trague tu tormento y nadie repare en tu ausencia unos minutos.

Pero sigues adelante, porque no te queda otro remedio, porque quienes te rodean no merecen perderte a ti también, ni verte consumida por el duelo. Pero eres consciente de que lejos estás de volver a ser la misma, porque sabes que una parte de ti murió con él, y que nada ni nadie podrá devolverte eso.

Y te levantas cada mañana, omitiendo ese agujero en tu pecho, enredando en el viento tus cabellos y tus miedos, enterrados en el silencio, en el recuerdo.

Dicen que el tiempo cura las heridas…

…, pero no es cierto.

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