Reto 1:  Escribe sobre un sueño o una pesadilla que hayas tenido esta semana.

separador4Mis ojos encuentran tu mirada en esta noche tan fría. Al principio tu presencia me inquieta, la desconfianza y los malos recuerdos me asaltan y trazo una barrera invisible entre ambos, guardando las distancias. Mas tu peculiar sonrisa y el aroma del café que tan amablemente me ofreces van derribando suavemente nuestro muro de cristal, hasta que al final se deshace con insólita facilidad, y no se quiebra en pedazos afilados sino en papel rasgado de recuerdos agridulces que poco importan.

Conversamos. Reímos… Y conversamos de nuevo.

De lo viejo y de lo nuevo, de lo bueno y de lo malo, de errores y aciertos, de risas y miedos, de nostalgia e ilusión, de esperanza y nuevos retos.

Y el ambiente se distiende tan amistosamente que bajo la guardia. Te acercas con tu mirada seductora, con tus labios entreabiertos, con segundas intenciones disfrazadas de algo puro e inocente, de algo irreal y erróneo, de algo sin importancia, sin consecuencias. Intentas envenenarme con una falsa promesa, vacía y vana,  igual que siempre.  Olvidas que ya no soy tuya y mis besos tienen otro dueño. O a lo mejor no lo olvidas pero te importa bien poco.

Rehúyo con esfuerzo esos labios prohibidos que me buscan, escapando a duras penas del delirio que me atrae, sin comprenderlo, hacia ti, hacia el vetado deseo, hacia mi agujero negro, mi telaraña, mi prisión.

Retrocedo vacilante, sin rechazarte pero sin abrirme a tus brazos. Me niego a traicionar mi fidelidad, pero caigo esclava de tus redes y lucho en vano por escaparme. Siento el hilo rojo romperse e intento aferrarlo mientras la distancia entre tus pasos y los míos se acorta peligrosamente. Un paso y otro y otro, hasta que el rugoso tacto de la puerta me detiene, presa de ti y de tus oscuras intenciones.

Siento tus ojos penetrando mis secretos, vulnerables ante tu escrutinio. Me inspeccionas sin apartarte de mis ojos, la ventana de mis sueños, el espejo de mi alma, mi punto flaco, tu rival más débil.

Titubeo mientras tiemblo, y no puedo sino cerrar los ojos antes de que tus labios me dominen por completo, de que tu aroma embriague mi juicio y doblegue mi voluntad como tantas otras veces. Siento el latido de mi corazón desbocado apagando todos los sonidos cuando tu aliento roza tímidamente mis labios.

Abro los ojos temblorosa por ese beso que en realidad no deseo y la escena se desvanece al instante. Te has marchado y en mi visión sólo percibo las sombras de mi dormitorio. Suspiro entre las sábanas y recupero el aliento, todavía sintiendo el aroma de tu recuerdo.

Y con la mirada fija en el techo me pregunto si he despertado por azar o si mi consciencia lo ha buscado, salvándome de un error con remordimientos.

Me incorporo, buscando a tientas en la mesilla ese artefacto que hasta hace poco sólo servía para llamar, función delegada a un segundo o tercer plano. La luz halógena de su pantalla me ciega por unos instantes mientras bostezo.  Las cuatro de la madrugada. Suspiro pero me alegro. Aún me queda tiempo.

Me dejo caer sobre la sábana y me acurruco de nuevo, cubriéndome con la manta hasta la barbilla, que me acaricia sedosa y cálida. Su imagen aparece de nuevo en mis pensamientos, justo antes de desvanecerse por completo, limpiando un amargo recuerdo, una mancha en el pasado, un error cometido, una lección aprendida.

Y orgullosa pronuncio una lección susurrada al aire que quiero grabar a fuego, con mi conciencia satisfecha de haber evadido el desliz, real o ficticio, inmoral de todos modos:

“No te permitas ser infiel ni siquiera en los sueños”.

Olvido el asunto y algo me arrastra hacia lo profundo. Mi mente cae de nuevo en ese escenario onírico, abstracto y maravilloso. Morfeo me acoge en su abrazo, esperando que sea su musa de nuevo, protagonista o testigo de un retazo de sus caprichosas fantasías.

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