Nëliah, una joven chamán que se gana la vida como guía, elige escoltar a un misterioso aventurero que rehuye conversar sobre su pasado o sus verdaderas intenciones, hacia un lugar prohibido y plagado de peligros. ¿Valdrá la recompensa prometida el precio a pagar por cumplir dicho encargo?

separador4Atravesaba el bosque con toda la velocidad que le permitía su extenuado cuerpo. Había agotado por completo su maná, su fuente de energía, por lo que ahora sólo le quedaba correr para escapar del peligro. Notaba cada uno de sus músculos tensándose con rabia hasta su límite. En ese momento el miedo y la adrenalina no le permitían sentir ninguna clase de dolor, pero más adelante, si es que conseguía salir con vida de aquella inhumana persecución, sufriría las consecuencias de tal exceso. Sentía cómo perforaba el viento con su frenética carrera, cómo crujían las piedras y los guijarros bajo sus pies, cómo se partían algunas ramas secas al contacto con su paso, arañándole la piel con heridas que apenas sangraban. Sus ojos se concentraban en encontrar una salida entre aquel laberinto de árboles. Su mente sólo repetía una orden: escapar de aquellos asquerosos orcos.

Zigzagueó entre los gruesos troncos cuyas raíces serpenteaban por el suelo, haciendo caer a los más inexpertos. Sentía que le pisaban los talones, sus miradas de odio taladrándole la nuca, tenía que hacer algo para despistarlos. Desenvainó la daga que llevaba en el cinturón y rebuscó el saco de polvos aturdidores que descansaba en uno de los bolsillos de su desgastada bolsa de cuero. Apenas le quedaba un puñado, no sería suficiente para paralizar a aquella horda de indeseables, pero podrían ser útiles para ganar algo de tiempo. Sus ojos visualizaron un montón de hojas secas entre los árboles. Curvó su trayectoria y dirigió sus pasos hacia allí. Alzó la daga para cortar varias ramas que le cerraban el paso. El impulso de la carrera hizo que la daga se hundiera en ellas y las atravesara como insignificantes hojas de papel. Se arrojó hacia aquel montón de hojas, que se elevaron caóticamente por la violenta sacudida y esparció los polvos en el aire. Pronto aquel montón se convirtió en una nube de hojas y polvo que envolvieron por completo lo que ocurría a su alrededor. Las ramas secas crujieron, gritando de agonía mientras aquel polvo negro se elevaba con su denso velo. Durante unos instantes el bosque guardó silencio, ni el viento meciendo las hojas, ni el silbido o el aleteo de los pájaros entre los árboles se atrevían a interrumpir aquel fenómeno. Aquella ilusoria nube de polvo absorbía toda la atención, congelando el tiempo y el espacio. Pronto aquel espejismo fue quebrado por los fieros pasos de los orcos que la perseguían con rabia, sujetando sus oxidadas hojas ensangrentadas, esperando caer sobre el cuello de su víctima.

Sentada sobre la desgastada rama de aquel árbol, al que había conseguido subir en el último momento, impulsada con sus últimas fuerzas mientras la confusión se cernía sobre la nube de polvo, vio a sus enemigos pasar por debajo sin percatarse de su presencia. Contuvo el aliento hasta que la última de esas apestosas criaturas desapareció entre la espesura. Entonces se permitió descansar.

Cerró los ojos concentrándose en la demente aventura que la había llevado hasta allí. Aquella aventura había empezado como cualquier otra, con una refrescante y amarga jarra de cerveza.

Nëliah era una joven chamán que se ganaba la vida como guía. Conocía cada rincón de las áridas estepas, cada espesa arboleda, cada tenebroso desvío en el camino, cada solitaria cascada oculta entre las montañas. Desde pequeña, se había instruido en el misterioso arte del chamanismo. Podía invocar a cada uno de los cuatro elementos. Barreras de agua con las que defenderse o curar enfermedades. Poderosos y estruendosos rayos para electrificar a sus enemigos.  Firmes y yermas rocas que caían como una lluvia de polvo y piedras. Y su favorito, escudos de fuego que podía convertir fácilmente en ráfagas de ardiente lava. Para invocar a las fuerzas de la naturaleza sólo debía concentrarse en su energía interior y llamar a los espíritus que habitaban en cada uno de los cuatro talismanes de madera que portaba al cuello.

Sin embargo aquella práctica consumía demasiada energía y exigía una vida entregada a la meditación de la naturaleza, algo que Nëliah no estaba dispuesta a hacer. Le encantaba explorar el mundo, viajar a los confines de la tierra, descubrir cada uno de sus secretos y para eso necesitaba tiempo, el tiempo que le meditación le exigía. Por eso sólo era capaz de invocar los elementos en contadas ocasiones, concentrando toda su energía en la llamada, por ello había aprendido a defenderse en la batalla con el filo de sus armas, dejando esta singular habilidad sólo para situaciones desesperadas.

Efectivamente, aquella misión había comenzado en el interior de una ruidosa taberna. Un misterioso hombre encapuchado que cubría su boca con un pañuelo oscuro se había acercado a ella ofreciéndole una jarra de la mejor cerveza de la comarca.

—Preciso de tus servicios —le susurró misteriosamente deslizando la jarra sobre aquella mesa de madera que había escuchado tantas infames propuestas. Nëliah arqueó sus azuladas cejas hacia aquel extraño. Sus celestes cabellos caían hasta la altura de su ombligo recogidos en una trenza.

—Mis servicios son caros. Antes demuéstrame que puedes permitírtelos.

A pesar del pañuelo que cubría su rostro, Nëliah percibió una pequeña sonrisa curvándose en sus labios. El encapuchado miró a su alrededor antes de sacar un pequeño cofre de su bolsillo, más pequeño que su mano. Se aseguró de que nadie les observaba y colocó el cofre al lado de la jarra, para que su presencia lo ocultara. Sacó una pequeña llave que escondía en un largo cordón negro atado al cuello y se inclinó hacia ella para encajar la llave en la cerradura. Abrió lentamente la tapa para mostrar fugazmente su interior.

Los intensos ojos violetas de la chica centellearon al ver aquel etéreo cristal que no pertenecía a este mundo. Ahogó un grito.

—¡Una lágrima de Lunä! ¿Cómo demonios has…?

El extraño se llevó un dedo a los labios y escondió el cofre y la llave antes de que el resto de los cazadores y bandidos que por allí moraban pudieran ver aquella singular joya.

—Eso no es de tu incumbencia. ¿Ahora vas a escucharme?

La chica contuvo su excitado asombro. Llevaba buscando aquel singular ingrediente demasiado tiempo. Si lo fundía y bebía su elixir podría ser capaz de controlar mejor a los guardianes de los elementos. Pero aquella única e insólita lágrima de la divinidad que controlaba al astro nocturno también podía ser utilizada para muchos otros fines, algunos oscuros y poderosos. No iba a ser nada fácil ganarse tal extraordinario objeto, seguramente exigiría un trabajo que estuviera a la altura de tan magna recompensa, uno plagado de peligros y misterios.

El encapuchado sacó un viejo mapa de su bolsillo y se lo mostró a la chica. Se trataba de un antiguo pergamino lleno de runas y mensajes ocultos.

—Necesito que me lleves a este lugar antes de que la segunda luna llena del otoño se oculte tras el alba y que me ayudes a atravesar el bosque. Si lo consigues, la lágrima será tuya.

La joven chamán examinó aquel deteriorado pergamino perfilado con tinta de cuervo. Le costó reconocer el lugar que representaba, pero cuando lo hizo, un escalofrío helado recorrió su cuerpo. Miró al encapuchado con incredulidad, pero no se atrevió a preguntarle con qué propósito se dirigía a esas tierras renegadas y olvidadas por el mundo. La idea de adentrarse en aquel lugar prohibido no la terminaba de convencer, pero ansiaba la recompensa que le ofrecía. El extraño esperó impaciente en silencio, pero al ver que la respuesta de la chica tardaba en llegar, volvió a preguntar.

—¿Vas a ayudarme o no?

Nëliah clavó sus ojos violetas en los suyos de color miel. Asintió sin decir palabra y aprovechó para refrescar su garganta con la jarra que le había ofrecido. Su corazón todavía se estremecía al imaginarse los lugares que tendrían que atravesar. Su garganta se había quedado completamente seca al percatarse de los peligros que tendría que esquivar para burlar a la muerte. Sin embargo intentó que el miedo no se reflejara en sus ojos antes de que aquel bandido decidiera buscar a otra persona para el encargo. No iba a confesarle que nunca había recorrido tal ruta. Conocía el sendero, sí, pero sólo por viejos manuscritos y anotaciones de insensatos viajeros que había tenido la osadía de atravesar aquellos páramos. Había escuchado relatos de aventureros que habían escapado de allí de milagro y sabía que todo lo que allí habían vivido había seguido atormentándoles cada noche en sus pesadillas. Sin embargo su coraje y arrogancia le decían que a ella no le pasaría, que era mucho más inteligente que todos aquellos necios que se habían adentrado en ese lugar sin la protección adecuada.

El encapuchado la miró intentando escudriñar sus pensamientos.

—¿Cuándo partimos?

—Esperarás por dos albas. Antes necesito conseguir todo lo necesario para afrontar este largo viaje. Nos reuniremos en el viejo puente del este. Espero que sepas dónde te estás metiendo —concluyó la joven.

El extraño se levantó, satisfecho por el trato conseguido, y antes de perderse entre el jolgorio y la multitud de la taberna, se agachó para susurrarle al oído.

—Créeme, lo comprendo mejor que nadie.

Le pareció escuchar un atisbo de tristeza y amargura en esas últimas palabras.

Los dos días posteriores Nëliah recorrió todos los puestos de la ciudad en busca de las piezas pertinentes. Visitó la herrería, donde afiló sus armas y adquirió algunas nuevas. Se acercó a los herbolarios que conocía, en busca de remedios y bálsamos para combatir heridas y enfermedades que podían cruzarse en su camino. Y por último, se adentró en el barrio de los pícaros, donde consiguió artículos prohibidos que no se encontraban a la venta de otro modo. Antes de partir, decidió echar un último vistazo a la antigua biblioteca, adentrándose sin ser vista en la región prohibida para refrescar su memoria sobre aquella ruta maldita.

El tiempo pasó deprisa y con los primeros rayos de la mañana, sus pasos la condujeron hacia el extremo oriental de la ciudad. El puente se encontraba a las afueras, medio derruido, surcando la cicatriz de un río que antaño había sido próspero y abundante. Aquella zona era tranquila, alejada del ajetreo y las preocupaciones de las calles, inundada sólo por el canto de las aves y el ronroneo de las ardillas picoteando su botín. Nëliah pensó que aquel encapuchado había cambiado de idea y había decidido no acudir a la cita de aquel extraño pacto, pero justo en ese momento se percató de una sigilosa silueta oculta entre los árboles. A la sombra de uno de ellos, se encontraba un hombre mordisqueando una manzana que había arrancado de las ramas más bajas. Se trataba de un apuesto joven de cabellos castaños que caían de forma desigual, pues en su extremo derecho su pelo rebasaba ligeramente la altura de su hombro, mientras que el izquierdo poseía un profundo corte donde sus cabellos apenas sobresalían un par de centímetros de su raíz. En aquel lado, casi rapado, destacaba el cristalino pendiente que pendía de su oreja, como un relámpago esmeralda. Una ligera perilla realzaba su masculino rostro. Vestía ropas de cuero desgastado y una raída túnica verde envolvía su cuerpo. El joven esperaba con los ojos cerrados, dejando que la tintineante sombra del árbol mezclada con los pedazos de luz que se filtraban entre las hojas, le acariciara el rostro. Fue justo al percibir los pasos de la chica acercándose cuando decidió abrir los ojos.

De no haber sido por aquellos inconfundibles ojos de color miel, la chica no habría sido capaz de identificar que aquel era el verdadero rostro del encapuchado.

Sin las presentaciones pertinentes, aquel aventurero se levantó, y con un arco labrado de roble a la espalda, emprendió la marcha hacia aquel viaje sin retorno.

Atravesaron las verdes praderas de aquella región, los floridos caminos de los campos de Lys, las traicioneras ciénagas y los pantanos, las escarpadas montañas de mortales desfiladeros donde un desafortunado paso en falso suponía una caída sin fin. Cruzaron ríos de aguas tranquilas y turbulentas, dejaron atrás la protección de la civilización para adentrarse en aquellas tierras salvajes. Durante meses caminaron aprovechando al máximo cada jornada, partiendo con los primeros rayos de la mañana y descansando cuando el sol se perdía entre la lejana línea del horizonte, pues no consideraban prudente avanzar cuando los seres de la noche despertaban de su letargo. Combatieron tempestades y contratiempos, escaparon de los feroces colmillos de las criaturas que se atrevieron a atacarles y, en varias ocasiones, descansaron malheridos en angostas cuevas a la espera de que sus heridas mejoraran. No conversaban más de lo estrictamente necesario, pero aun así la joven chamán averiguó que Frey era el verdadero nombre de su compañero, pero él no quiso revelarle nada más de su desventurado pasado. El tiempo le demostró que se trataba de un diestro arquero y gracias a sus certeros disparos, siempre conseguían una suculenta pieza para alimentar sus desgastados estómagos. Nëliah, por su parte, conocía bien las delicias de la naturaleza y aprovechaba cualquier baya, fruto y seta que encontrara para aderezar la comida y conseguir todos los nutrientes que necesitaban para resistir la marcha.

A pesar de que sólo pretendían mantener una relación de trabajo, los numerosos peligros compartidos fueron forjando una sincera amistad entre ellos. El camino parece liviano cuando se recorre en buena compañía, las penas son menos amargas y las alegrías más gozosas.

Finalmente llegaron al último tramo del camino, sin duda el más peligroso. Un tenebroso bosque de espinas les daba la bienvenida. Aquel era el lugar del que Nëliah poseía menos información, pocos eran los que se habían aventurado tan al norte, mas no iba a dejarse amedrentar por tal insignificante detalle. Tragó saliva antes de dar un paso en aquel bosque infectado.

Desgraciadamente, su osadía no sería perdonada y muy pronto comprendieron que había sido un grave error adentrarse en aquel abyecto lugar.

Oscuras almas parecieron percatarse de su presencia en aquel camino tenebroso donde se respiraba una maldad como nunca antes habían sentido. Encontraron restos de sangre entre las podridas cortezas de los árboles, armas partidas, calaveras rotas y marcas de garras en la madera. Los sentidos de ambos se agudizaron, alertas ante la amenaza que caería sobre ellos de un momento a otro.

Un rugido desgarrador no tardó en partir la atmósfera en dos, el sonido de numerosos pasos le siguieron acompañados del tañido metálico de armas y armaduras moviéndose con desesperación y salvaje sed de sangre.

Ambos infelices comenzaron a correr con todas sus fuerzas para escapar de sus enemigos. Se adentraron en la espesura buscando un sitio donde resguardarse, pero no había cobijo alguno en aquel laberinto. Una pérfida zarza se impulsó con vida propia enroscándose en la pierna de Frey, haciéndole caer y clavándole sus envenenadas espinas. Aquel maldita ponzoña no tardó en hacer efecto y el joven sintió una quemazón paralizante que le impedía mover su cuerpo. Los pasos de sus enemigos sonaban cada vez más cerca, y fue entonces cuando descubrieron de qué se trataba la amenaza, nada más y nada menos que una perversa facción de despiadados orcos.

Nëliah, a cierta distancia de su compañero caído, no tuvo más remedio que invocar las fuerzas de sus guardianes. Se concentró en la llamada del agua y un potente escudo apareció alrededor del muchacho. Varios orbes incorpóreos orbitaban a su alrededor, limpiando aquel tóxico que damnificaba su cuerpo. Aquella sanación era lenta y no tenían demasiado tiempo. Nëliah rebuscó entre su mochila y utilizó uno de los artículos que más le había costado conseguir en el mercado de los pícaros. Lanzó aquella cáscara de sneârz a sus pies, que se quebró dejando escapar aquella esencia pegajosa a su alrededor. El cuerpo de Frey comenzó a desaparecer, oculto por aquel manto de invisibilidad que otorgaba aquel especial fruto.

—Esto te ocultará mientras el hechizo se completa. Yo los despistaré. Después volveré a por ti.

Sin esperar a que el chico pudiera negarse a aquella estrategia suicida, se agachó para tocar con la palma de su mano la adusta tierra que se extendía bajo sus pies, mientras se difuminaban por completo todas las líneas de la silueta de su compañero herido. El suelo tembló bajo su tacto, una profunda grieta se extendió a ambos lados, de pronto una lluvia de meteoritos cayó en la dirección en la que se escuchaban los pasos, mientras el amuleto terrestre de su cuello brillaba. Comenzó a correr para alejarse cuanto pudiera de aquella dirección, dejándose guiar por su instinto que nunca le había fallado.

Varios orcos cayeron aplastados por aquella repentina lluvia de rocas y granito, pero muchos otros consiguieron esquivarla y sonrieron perversamente. Aquel hechizo había revelado la posición de su víctima. Con mayor agresividad emprendieron la persecución hacia la chica, que gastó sus últimas reservas de poder en disparar flechas de fuego hacia ellos, pero sólo consiguió prender las secas y enjutas ramas de los alrededores.

Así había empezado aquella mortífera persecución que la había llevado hasta la rama de aquel árbol. Los pasos de sus enemigos se habían perdido entre la distancia. Todavía no había recuperado por completo el aliento cuando un enorme pájaro con alas de piedra y garras de metal apareció a su lado. Ahora entendía por qué los orcos se habían alejado de aquel lugar tan deprisa. Intentó lanzar su daga hacia el cuello de aquel animal, pero su filo rebotó en aquella coraza de piedra y cayó lejos de su alcance, dejándola sin protección. Justo cuando creyó que el abrazo de la muerte iba a llevársela lejos, una flecha surcó el viento clavándose en uno de los amarillentos ojos del animal, haciéndole tambalearse y gemir de dolor, batiendo ferozmente sus alas para escapar.

Nëliah se giró hacia el lugar del que provenía la flecha, una silueta conocida comenzó a tomar forma. Frey le sonreía con el arco todavía en su posición. Le tendió la mano para bajar de aquella rama.

Todavía con la sangre recorriendo agitada e inestablemente el interior de sus cuerpos levemente heridos, prosiguieron la marcha.

El capricho de la suerte o tal vez el antojo del destino condujo sus pasos hacia un misterioso agujero en la corteza de un ancestral sauce que parecía ajeno al tiempo y al dolor que azotaba aquel paisaje desolador. En su madera había talladas runas antiguas, las mismas que entintaban aquel viejo mapa que habían estado siguiendo.

—Hemos llegado a nuestro destino. Cumpliste tu promesa de guiarme hasta este lugar y aquí acaba nuestro acuerdo. Es hora de que nuestros caminos se separen. —El joven le entregó la llave que portaba al cuello y el valioso cofre que le había prometido. Se lo entregó con una sombra de tristeza en la mirada, añoraría su compañía en las profundidades de la tierra, pero aquella misión suicida le correspondía sólo a él, no era lícito arrastrar a nadie más. Lo había prometido sobre aquella inerte lápida.

Nunca supo por qué, pues la sola visión de aquel agujero le estremecía la piel, incluso le pareció escuchar la voz de las almas en pena que pagaban su tormento allí abajo, mientras su juicio le gritaba que desapareciera de allí cuanto antes; el corazón de la chica tenía otras intenciones y le suplicó que no le abandonara, que no diera media vuelta para despedirse de aquellos ojos de miel que nunca volvería a ver.

Así que recogió el obsequio sin moverse de allí, mirándole con determinación en un largo silencio donde sobraban las palabras y le tendió su cálida mano para arroparle en su decisión, ahora que comenzaba la verdadera y peligrosa aventura.

Y así, cogidos de la mano, se adentraron en la profunda oscuridad, entregándose al azar y a las tinieblas, sin saber si alguna vez volverían a ver la luz del sol.

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