¿Por qué no renunciar a los sentimientos cuando lo has perdido todo? ¿Qué hay de malo en dejar atrás el dolor y los recuerdos, si la felicidad te ha sido arrebatada para siempre?

 “Un corazón es una pesada carga”
 (Sophie. Howl’s Moving Castle)

Ganador del 2º premio en el III Concurso de Relatos La Cueva de Smaug (2013) de la Asociación de Rol de la Universidad de Zaragoza.

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“Un corazón es una pesada carga”

Así era. Un corazón podía albergar infinitos sentimientos de tristeza, agonía y soledad. Infinitas heridas que se negaban a cicatrizar y sanar por muchos años que pasaran. Infinitas responsabilidades, preocupaciones, problemas, sentimientos.

Sí. Había tomado la decisión correcta al arrancarse aquel palpitante instrumento del pecho.  Había renunciado a su dolor, a aquel pozo de desesperación que le arrastraba cada vez que se concentraba en sus recuerdos. Pero también había renunciado a todos aquellos cálidos momentos de felicidad que había vivido junto a ella.

Sin embargo, aquel mago había decidido que no quería volver a recordar. No quería volver a recordar cómo se había enamorado de aquellos ojos verdes, de aquella sonrisa que despejaba todas sus preocupaciones, de aquellos cabellos negros como el ébano que jugaban con el viento y se enredaban entre sus dedos. Recordar aquel bello rostro era como ser azotado por un látigo de rosas lleno de crueles espinas.

No quería recordar cómo su cuerpo se había apagado entre sus brazos. Cómo la nieve se había teñido con la sangre de la mujer a la que había amado con todo su espíritu. No quería recordar cómo se había interpuesto entre el filo de aquella espada de hielo que iba dirigida sólo a él, salvándole de una estocada mortal. No quería recordar cómo le había sonreído en el momento en el que acarició su rostro por última vez, mientras sus labios le brindaban un tierno beso de despedida.

Aquel fatídico día juró al cielo y al infierno que aquel imperdonable crimen no quedaría sin castigo. Durante años, dedicó su tiempo y sus esfuerzos a recorrer bosques y montañas, ciudades y pueblos, reinos olvidados y ruinas desoladas,  buscando cualquier indicio que le condujera a aquel despiadado hechicero que le había arrebatado lo único que le importaba. Finalmente se encontró cara a cara con aquel indeseable que le hizo frente bajo la única protección de su túnica de acólito y su perversa sonrisa. La rabia que le consumía le hizo invocar poderosos demonios que jamás habrían acudido a su llamada. La batalla fue intensa, pero no duró mucho. La gélida e inerte presencia del hielo poco tenía que hacer ante aquel ardiente odio que lo acorralaba. A pesar de que el mago ganó la batalla, a pesar de que pulverizó su cuerpo con el fuego más ardiente y doloroso que fue capaz de invocar, a pesar de que sus manos habían logrado la venganza que perseguía, aquel logro carecía de sentido porque nada iba a devolvérsela. Y eso mismo lo comprendió cuando las cenizas de su enemigo se mezclaron con las amargas lágrimas que caían por su rostro, venciendo todas las ataduras que había intentado poner a su paso para que el mundo no descubriera su debilidad.

Creyó que el dolor desaparecería al darle muerte, que el odio se disiparía lentamente dando paso a un suspiro de alivio por haber cumplido su misión, que aquella presión que aplastaba su pecho día tras día, haciendo que cada latido fuera un pesado esfuerzo, cedería un poco, que ella le sonreiría desde algún lugar en el cielo agradeciendo su labor. Pero nada de eso sucedió. Al contrario, se sintió más solo y perdido que nunca. Sin rumbo, a la deriva, sin ninguna recompensa esperándole al final de aquel amargo y solitario camino que se había obligado a recorrer.

Fue en ese preciso instante cuando uno de los demonios que había invocado aprovechó su debilidad para convencerle de que se arrancara el corazón del pecho y se lo entregara a él.

En ese momento de desesperación, mientras soportaba una agonía más profunda que su propia existencia, se dejó llevar por el camino fácil. Ya no tenía nada que perder y deseaba librarse de aquella pesada carga para siempre.

El demonio le arrancó su corazón ofreciéndole una estrella para ocupar el vacío.

Y así se convirtió en lo que era, un mago sin corazón. Aquella estrella pronto se convirtió en la fuente de su poder, una esfera inagotable de magia que le permitía hacer cuanto se le antojaba. Se volvió frío, egoísta, interesado, movido sólo por sus intereses, pues ¿cómo iba a preocuparse por algo si era incapaz de sentir nada?

El mago que una vez fue, quedó encerrado en el interior de aquel desterrado corazón del que había renegado, bajo una prisión de tinieblas donde aquel astuto demonio lo custodiaba día tras día.

Su aspecto cambió. Dejó crecer sus cabellos rubios y con magia añadió algunas mechas escarlata a su flequillo y a algunos de los mechones que caían junto a sus mejillas. Se colocó en su oreja izquierda un pendiente plateado con la forma de un colmillo de dragón, adornado en la punta por un pequeño rubí que caía como una gota de sangre. Empezó a vestir con túnicas tan negras como el abismo en el que había caído, bordadas con hilos dorados, tan resplandecientes como sus cabellos. Tejió sus ropas gracias a la magia con una sutil mezcla de seda y terciopelo y recorrió el mundo en busca de un castillo digno de su presencia.

Y así pasaron los años, olvidando quién fue, sin que el tiempo se atreviera a hacer mella sobre aquel bello cuerpo congelado por una estrella fugaz, abandonado a sus caprichos y a sus deseos triviales.

Pronto los rumores fueron surgiendo a su paso. Se decía que un apuesto mago aparecía en la soledad de la noche, seduciendo jóvenes doncellas para absorber los sueños y las esperanzas que albergaban aquellos risueños corazones que latían con ilusión, inmaculados, ajenos al dolor y al miedo que les acompañarían el resto de sus vidas durante sus pesadillas tras aquel desafortunado encuentro.

Sin embargo, los rumores siempre han sido una distorsionada y exagerada versión de la realidad. Rhein, aquel mago solitario, se encaprichaba de inocentes muchachas y jugaba con sus anhelantes sentimientos, sin embargo cuando se aburría de ellas, desaparecía sin dejar rastro, lo que solía dejar brecha en aquellas jóvenes que habían sido tan estúpidas de enamorarse de sus falsas promesas.

Una noche helada, sentado junto al fuego en su fortaleza de piedra, deleitándose con la melodiosa voz y el suave sonido del arpa de una de sus sirvientas, un inesperado visitante llamó a sus puertas.

¿Quién podía haber sido tan estúpido de adentrarse tanto en los páramos en una intempestiva noche como aquella?

La curiosidad hizo que fuera él mismo quien se acercara a sus puertas para desentrañar el misterio. Las puertas de madera rechinaron cuando el viento helado se coló en su interior al encontrar una abertura por la que desviarse. Una pálida figura que luchaba por mantenerse erguida le esperaba al otro lado. Se trataba de una mujer de castaños cabellos que rozaban los pelirrojos tonos del atardecer. Su cuerpo temblaba, envuelto por un simple chal de algodón que apenas daba abrigo a sus hombros y a su pecho. Sus labios amoratados iban a suplicarle pero se desplomó sin sentido a sus pies antes de que pudiera hacerlo.

Sorprendido por la situación, a Rhein no le quedó más remedio que arrastrar el cuerpo inconsciente de la joven y ordenar a sus sirvientas que le prepararan una habitación. Las doncellas corrieron a satisfacer los deseos de su amo y la llevaron escaleras arriba, hasta una de las lujosas habitaciones de los invitados. Arroparon el gélido cuerpo de la joven con mantas y le dejaron una bandeja con un cuenco lleno de sopa caliente y una infusión de hierbas para reconfortar su calor perdido cuando se despertara.

El abrigo de las paredes y las suaves mantas fueron devolviendo poco a poco el calor a su piel y su sangre volvió a recorrer aquellos estrechos vasos que se habían cerrado a causa del frío.

La chica se despertó temblando, arropada por unas cálidas mantas que no sabía de dónde habían salido, bajo la protección de unos muros que no sabía a quién pertenecían. Antes de que su desvalido cuerpo pudiera incorporarse, sus ojos verdes se desviaron hacia uno de los rincones de la habitación, donde una sombra la observaba sin moverse. Se sobresaltó al ver aquella presencia y antes de que pudiera dejar escapar un grito, la sombra se movió con sorprendente agilidad, como si volara, y cubrió sus pálidos labios con sus dedos para evitar que ningún sonido saliera de ellos.

Sus cabellos dorados cayeron sobre ella, acariciándole el rostro. El mago la recibió con una seductora sonrisa, intrigado por el proceder de su invitada y su historia.

—¿A qué debo el honor de vuestra presencia?

—A una desafortunada casualidad —respondió ella sin caer bajo el efecto de su hechizante y cautivadora mirada. Aquella cortante respuesta le desconcertó, estaba demasiado acostumbrado a que todas las doncellas cayeran sumisas al dulce y manipulador tono de su voz.

—¿Y qué puedo hacer para que esta desafortunada casualidad se convierta en un delicioso capricho del destino? —Volvió a intentarlo.

—No hay nada en este mundo que pueda devolverme lo que he perdido, por lo que el azar y sus propósitos no me interesan lo más mínimo.

El mago arqueó una ceja ante tan amarga respuesta. Estaba claro que el corazón de aquella joven no estaba poblado de sueños e ilusiones como el de las muchachas con las que solían divertirse. No, aquella mujer ocultaba un pasado lleno de dolor e infortunio.

—¿Y no hay ninguna forma que pueda ayudarte a aliviar tu sufrimiento?

Los ojos verdes de la chica habían perdido su brillo en cuanto dio comienzo la conversación. Parecía perdida en un abismo, entre pesadillas y tormentos. Ella curvó sus labios mostrando una sonrisa amarga.

—El destino parece reírse cruelmente de mí, prolongando mi agonía. He intentado quitarme la vida, pero ni siquiera eso se me permite. Me perdí entre los páramos con la intención de que el frío me condujera hacia el anhelado abrazo de la muerte, pero la mala fortuna me condujo hasta aquí para fracasar en mi propósito, otra vez.

A pesar de no ser capaz de sentir nada, aquel frío y miserable relato hizo reflexionar al mago sobre recuerdos olvidados. Afortunadamente era incapaz de recordar el dolor que le producía tal pérdida, sólo un vacío ocupaba ese sentimiento.

Esa solitaria mujer le recordaba al hombre que un día fue, sumido entre remordimientos e interminables minutos de una tortura sin fin.

—¿Cuántas veces habéis fracaso en vuestro intento?

—La primera vez fue cuando perdí a la criatura que habitaba en mi regazo y la segunda cuando descubrí que el hombre al que amaba había sido el responsable de la muerte del fruto de nuestro amor. Aquel miserable nunca me amó y se encargó de no permitir ni una inocente parte de él creciendo dentro de mí.

—Tal vez el antojo de la muerte os ha traído hasta aquí por una razón. Creo que puedo ayudaros a congelar vuestro sufrimiento.

La sacó de la cama y la condujo sosteniendo su pálida y débil mano hasta las mazmorras de su palacio. Allí, en uno de los polvorientos rincones, dibujó una espiral con unos extraños y demoníacos símbolos en su interior. Una mancha aterradora con dos sangrientos ojos rojos se materializó custodiando una caja.

El mago arrojó a la muchacha al suelo, a merced de aquella tenebrosa presencia.

—Te traigo una nueva víctima para tu valioso pacto.

El demonio gritó con un aullido infernal y se abalanzó sobre el cuerpo de la chica, que no opuso resistencia, pues no existía nada en el cielo ni en el infierno que pudiera otorgarle sentimientos peores que los que ya poseía: la soledad y la traición.

En aquel cuerpo intangible apareció una mano siniestra que se apresuró en arrancarle el corazón y depositarlo con sumo cuidado junto a su otra pertenencia. En esta ocasión decidió llenar el hueco de su pecho con una chispa del averno.

La pálida piel de la joven adquirió un nuevo color rosado y sus facciones se tornaron relajadas, al fin conseguía escapar de aquella amarga pesadilla de la que llevaba años intentando despertar.

Rhein le tendió la mano a su nueva compañera con una delicada reverencia. Fascinado por su nuevo juguete, ya no precisaba de ningún otro. Sus días de engatusar a jovencitas habían terminado, expulsaría de su castillo a cualquier criatura que tuviera algo latiendo en el interior de su pecho.

Y así decidieron alejarse del mundo, encerrados en aquel lúgubre castillo, sin ninguna compañía salvo la que ellos mismos se proporcionaban, sucumbiendo a sus caprichos en las noches frías y solitarias, entregándose sus cuerpos malditos el uno al otro, ya que no poseían ninguna otra cosa valiosa que compartir, descubriéndose con total sinceridad sin ocultar ningún secreto entre ellos, congelados en el tiempo, en una consentida condena eterna sin castigo.

Con el filo de una daga de plata ambos derramaron su sangre sobre un pergamino que colgaron a las puertas del castillo para alejar a todos los indeseables que se atrevían a molestarles.

El mensaje rezaba así:

“Un corazón no muere cuando deja de latir,

muere cuando los latidos dejan de tener sentido.”

corazon

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