Un amargo accidente se cobra una víctima inesperada llevándose su alma, ese pequeño hálito de su frágil esencia, al otro lado del espejo, donde será utilizada para otros fines. ¿Acaso creéis que la magia puede ser utilizada sin ningún precio?

Relato ganador del 2º premio en el IV Concurso de Relatos La Cueva de Smaug (2014). Asociación de Rol de la Universidad de Zaragoza.

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Caminas de vuelta a casa, disfrutando de la suave brisa que mece la ciudad al comienzo de esta nueva primavera. Recorres cada esquina de esta transitada ciudad a la que ya te has acostumbrado. Conoces cada atajo, cada baldosa agrietada en la acera, cada línea de pintura desgastada en el asfalto. Es por eso que deambulas despreocupada, sin sospechar el peligro que te acecha, sin sospechar que tu vida tiene las horas contadas.

La música de tus auriculares amortigua tus sentidos, por eso no escuchas el motor rugiendo de un vehículo tintado de negro que se aproxima por tu derecha, probablemente a bastante más velocidad del límite urbano permitido. Tampoco escuchas el grito de aviso de un anciano que camina todas las tardes con su viejo labrador, ni el ladrido asustado de éste, ni siquiera el estridente sonido de unas ruedas que se aferran desesperadamente al asfalto luchando por detenerse a tiempo.

No, no escuchas nada de eso. No ves nada de esta macabra escena que amenaza con arrebatártelo todo. Lo único que sientes es que durante un segundo tu mundo se desvanece por completo y se apaga cubierto con un manto azabache.

Dolor. Mucho dolor. Apenas despiertas entre el caos que te rodea. La realidad aparece distorsionada ante sus sentidos. Percibes ecos lejanos de una sirena y el traqueteo de un vehículo que transita deprisa. Ves rostros borrosos a tu alrededor, una cabina blanca llena de aparatos que no conoces. Tu visión se empaña por tu propio aliento, llevas una mascarilla que abarca la mitad de tu rostro. Apenas puedes moverte y cuando lo intentas, el dolor se hace tan intenso que durante un segundo ni siquiera puedes respirar.  Ningún sonido sale de tu boca. El dolor vuelve a ser insoportable. Una lágrima cae por tu mejilla. Alguien se percata de ello y sientes un líquido frío entrando por tus venas. El dolor se atenúa y vuelves a quedarte dormida.

De nuevo emerges a la realidad, a esa cruel dimensión donde te espera un terrible sufrimiento. Ahora te encuentras en una habitación llena de cables y aparatos que pitan sin cesar. Un manguito se hincha y se deshincha rítmicamente en tu brazo, midiendo tu presión arterial cada pocos minutos. Otro monitor recoge tus latidos, una delgada línea verde dibuja de forma simplificada cómo se despolariza tu corazón, trazando así tu ritmo vital. Tus constantes se hallan registradas en la misma pantalla, alertando con un chirriante pitido cuando alguna de ellas se escapa de los parámetros normales. Pero nada de esto cobra sentido para ti, sólo el dolor que te aprisiona en ese cuerpo fracturado que hasta hace poco te pertenecía. Apenas puedes respirar.

Una sombra se dibuja ante tus ojos. Una figura sin rostro. Has visto demasiadas películas como para no reconocerla. La muerte ha venido para llevarte con ella.

—Tu vida ha sido reclamada —proclama sin dejarte opción a negarte.

—¿Por quién? —El eco de tus palabras se convierte en un susurro apenas audible.

—Por el Universo. —No comprendes el significado de su respuesta, pero en realidad poco te importa el causante de tu infortunio.

—¿Por qué yo? ¿Por qué ahora?

—Porque es la hora.  

Los médicos intensivistas irrumpen en la sala. Sólo hace un par de minutos que la UCI ha recibido el aviso de que un politraumatizado ha llegado al hospital. Te miran preocupados al observar lo joven que eres. Suspiran durante un instante y a continuación se centran en actuar según el protocolo, pues saben que te encuentras en una batalla en la que el tiempo corre en tu contra.

—La saturación está cayendo —alerta una enfermera pelirroja.

El médico te explora a través de su fonendo, comprobando que, efectivamente, tu pulmón izquierdo no ventila. Hace señas a uno de los celadores y seguidamente un aparato portátil de rayos X se coloca sobre ti. Los sanitarios se posicionan detrás de las columnas mientras el aparato dispara su carga y realiza una fotografía del interior de tu cuerpo, pero tú te encuentras demasiado ocupada negociando con la muerte como para prestar atención a lo que te está pasando a tu alrededor.

—Tiene múltiples fracturas en la parrilla costal —declara uno de ellos al ver aparecer la radiografía en la pantalla. A continuación señala el pulmón izquierdo—. Tiene un neumotórax a tensión.

Mientras tanto la muerte decide ignorar tu negativa a acompañarla. No parece importarle lo mucho que le ruegues o le amenaces. Has pasado de la súplica al odio tan rápido que ni siquiera te has dado cuenta. Gritas, maldices y lloras. Te asusta morir, no quieres dejar este mundo, no quieres abandonar todo lo que has conseguido y todo lo que te queda por alcanzar. Alguien reclama tu vida, pero tú tienes derecho a negarte. ¿Por qué no ibas a tenerlo?

Uno de los médicos secciona tu piel con un bisturí intentando crear un orificio de salida. Sientes un tubo introduciéndose por tu piel intentando succionar al aire que comprime tus pulmones. Por un momento esa sensación de alivio te arranca del tétrico lugar en el que te encontrabas. Recuperas la consciencia durante unos segundos y tu pulmón se expande de nuevo sin obstáculos, haciéndote toser con cada alveolo expandido. Pero la muerte no se rinde tan fácilmente.

El latido de tu corazón, cuyo ritmo se dibuja en la pantalla, se ha vuelto anárquico. Los médicos se concentran ahora en las maniobras de reanimación mientras tú te arrastras de nuevo a ese oscuro abismo donde sólo estáis ella y tú. Donde sabes de sobra quién va a ganar la batalla.

—No te resistas —ordena con una voz no pronunciada.

Dejas atrás el dolor y te permites perderte entre tus recuerdos. Piensas en tu familia, que vive en tu ciudad natal, lejos de la capital donde te encuentras ahora por motivos de trabajo. Piensas en lo emocionados que se escuchaban cuando hablaste con ellos por teléfono la última vez, prometiéndoles que irías a visitarles pronto. Piensas en tu novio, que ahora mismo se encuentra jugando a baloncesto con sus amigos, disfrutando del poco tiempo de ocio que se permite lejos de tu lado. Piensas en esas dos entradas guardadas en el cajón de tu escritorio de ese concierto que tanto te había costado conseguir. Piensas en esa película cuyo estreno esperabas con ilusión, en todas las veces que habías bromeado con tus amigos diciendo “no puedo morir sin verla”. Ahora aquella frase resuena amarga y cruel, como una broma de mal gusto.

La muerte extiende su mano y arranca al fin tu esencia. Te conviertes en una llama púrpura encerrada en una jaula de cristal que brilla orgullosa y pura. El cuerpo que dejas se apaga con un eco silencioso.

La figura sin rostro se aleja portando el tesoro que había venido a cobrar. Se aproxima al espejo que separa ambos mundos y sin vacilación se transporta al otro lado.

separador-1Las tres lunas ya han ocupado su posición habitual en el cielo, con su rojizo brillo en esta noche de estrellas. Un joven de cabellos carmesí y mirada pertinaz espera frente a las aguas del lago sagrado. Lleva toda la vida preparándose para este momento, entrenando su cuerpo y su mente, estudiando noche tras noche para dominar todos los secretos de las artes arcanas. Ya ha recibido la bendición del Maestro de los Astros, tan sólo resta imbuirse con la mágica esencia que le permita materializar sus conocimientos.

Reza a los dioses para recibir el privilegio. Las mansas e impías aguas del lago le devuelven su reflejo. Una grieta se abre entre sus cristalinas aguas, como un espejo roto. Una mano siniestra emerge portando una jaula. La niebla envuelve su contenido. Un torbellino se desata a su alrededor y la jaula queda libre. Una intangible y fría llama púrpura envuelve el cuerpo del chico.

Su hermana pequeña se encuentra en los brazos de su madre, admirando fascinada el resplandor violeta que tintinea alrededor del apuesto joven, hasta que finalmente es absorbido por su aliento.

—¿De dónde sale la magia? —pregunta curiosa.

La mujer sonríe y mira al cielo.

—Es un regalo de los dioses.

El viento arrastra un tañido lastimero y se ríe de la ignorancia de los mortales. La gran mentira de vuestro mundo. La creencia de que la magia es un don que se os ha concedido sin ningún precio. Ignoráis el sacrificio que vuestro pequeño don conlleva al otro lado del espejo. ¿Lo aceptaríais si comprendierais el precio a pagar? Tal vez algunos sí, pero otros serían conducidos a la locura y por ende, al suicidio. Por ello se decidió ocultarlo, para salvaguardar el ciclo y protegeros de la cruel verdad que reside entre los dos mundos.

“Un regalo de los dioses”, repite de nuevo el eco burlón de la corriente.

Ambas realidades transitan desconociéndose la una a la otra. Sombra y luz de la misma existencia. Tan sólo un vínculo es capaz de conectarlas. Tan sólo una esencia es capaz de atravesar el espejo. Durante eones la habéis llamado de muchas formas. Alma, vida, magia, gracia, divinidad… La esencia que reside bajo ese título es la misma moldeada de diferente forma y comprendida por juicios diferentes. Pues el universo se rige por una verdad inamovible:

“La energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma”.

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