Historia corta de tinte romántico, ambientada en la tragedia de una pareja enamorada obligada a decirse adiós.

Microrrelato participante en el reto “Inventízate” del mes de septiembre de la red social El Libro del Escritor.
Requisitos:
a. Debe tener un inicio in medias res.
b. Debe haber un flashback.
c. El protagonista debe tener una llamada perdida.
d. Límite: 500 palabras.

Imagen: Megatruh (Deviantart)

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La puerta se desdibujaba a través de su velo de lágrimas. Sus manos temblorosas sostenían un ramo de flores blancas, símbolo de eternidad, pureza y sosiego.

Sara intentó mantener la calma, a pesar de que sentía una fuerte presión en el pecho. Respiró hondo, tratando de evaporar las lágrimas que, rebeldes, escapaban de su control. Su visión emborronada se posó entonces sobre su mano derecha, sobre el anillo de pedida. Su gema blanca brillaba como una estrella. Fue inevitable perderse en el recuerdo, viajar de nuevo a aquella noche bajo la bóveda celeste, a su promesa de amor eterno.

Bajo una manta observaban la lluvia de las Perseidas. Se retaban para ver quién vislumbraba más estrellas fugaces. Sonreían, peleaban, se besaban. Todo marchaba bien hasta que Erik rompió la magia, desvelando el secreto que le carcomía.

—Me destinan al Sur —confesó sin rodeos.

Un escalofrío helado recorrió el cuerpo de Sara.

—¿Cuánto tiempo? —acertó a decir.

—Más del que me gustaría.

Dos meteoros cruzaron el cielo mientras sus miradas tristes se encontraban. Sara tuvo miedo, más del que había sentido nunca. Aquello no eran maniobras de entrenamiento, la guerrilla era real. Real y espantosa, como la muerte.

Erik vio el miedo en los ojos de su amada, el mismo que le asolaba. Acarició su mejilla e intentó desterrarlo con palabras de amor, con esperanzas irreales, con promesas ajenas a su control. Sacó una caja de su bolsillo y le mostró su contenido. La gema centelleó bajo la luna.

—¿Me quieres?

Sara conocía de sobra la respuesta.

—Hasta que las estrellas se apaguen.

Una perseida despistada atravesó la oscuridad.

‹‹Que vuelvas a mi lado››, deseó en silencio mientras se perdía entre sus labios.

Los primeros meses fueron duros. Al principio conversaban casi a diario, luego la distancia y las obligaciones lo fueron impidiendo. Solo una cosa se mantenía: su llamada perdida. Cada noche su teléfono móvil vibraba en silencio y su pantalla se iluminaba mostrando el mismo mensaje:

‹‹Una llamada perdida››.

Su beso de buenas noches, su promesa.

Hasta que una noche dejó de vibrar…

Sara revisó los informativos, las notas de prensa, las esquelas… buscando su nombre con desespero y rezando para no encontrarlo. Llamó a todas partes, la incertidumbre la ahogaba mientras se negaba a creer lo evidente.

Su estrella se apagaba.

—Es la hora. El sacerdote espera. —La voz de su hermana la devolvió a la realidad. Apretó sus manos temblorosas, dándole aliento.

Respiró hondo y abrió la puerta. Todas las miradas se centraron en ella.

Su visión al otro lado le infundió la calma que necesitaba. Sus manos dejaron de temblar. Erik se mantenía firme y sonreía, a pesar del dolor que la bala había dejado en su cadera. Agradeció al cielo que se lo hubiese devuelto.

Atravesó la alfombra de flores al son de las notas de Mendelssohn. Sus miradas enamoradas resplandecían mientras el sacerdote hablaba.

—¿Aceptas a Erik como legítimo esposo?

‹‹Hasta que las estrellas se apaguen››, pensó.

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